miércoles, 28 de octubre de 2009

El Islote...

¿Qué es el miedo?,al tratarse de una sensación nadie sería capaz de describirlo con exactitud, pero lo que es aún más importante, ¿por qué cuando tenemos miedo somos capaces de realizar hazañas imposibles en el día a día del ser humano?.
Esta historia relata uno de esos actos sobrehumanos realizado por un servidor, no siendo éste el único por el que he pasado en mi vida.
Cuando vuelvo al pasado y trato de recordar como era mi vida entre los doce y los diecisiete años de edad sólo recuerdo travesuras y tiempo pasado en la calle, pero el mayor recuerdo superado por todos es el de intentar ser atracados repetidamente cada vez que salíamos del barrio.
Entre esta multitud de actos deleznables contra mi persona me gustaría destacar uno altamente relacionado con el tema de este relato: el miedo; estábamos dos amigos y yo en una feria en el centro de Málaga (no en la feria principal), donde había una diversidad de atracciones y entretenimiento juvenil. Al salir concretamente de los coches de choque nos cruzamos con el típoco grupito malagueño de gentuza, de entre los cuales uno se me acerco como un perro a una chuleta cuando escuchó el tintineo de las monedas que yo llevaba encima. Éste realizó el ritual clásico del atracador empezando por cigarrito, luego eurito y más adelante o la cartera o te doy un "gayuflón" carapán (jerga delincuente malagueña). En cuanto pudimos, a la salida de la feria, mis amigos y yo salimos corriendo atravesando el gran parkin en dirección a la salida del mismo, pero era tal la presión que yo tenía encima que trás veinte metros ya había dejado atrás a mis dos compañeros a la vez que me percataba que la lacra social seguía corriendo detrás mía; en el momento en que recordé que a la salida de la feria había un vigilante de seguridad dí un rodeo enorme y me puse de nuevo a salvo bajo su vigilancia. (ni el mismisimo Usain Bolt me habría superado en esos cien metros).
Después de esta breve reseña, os voy a intentar transimitir de la mejor forma posible el mayor miedo que he llegado a sentir en mi vida.
Curiosamente, nos encontrábamos los mismos personajes de la anécdota citada pero esta vez en un islote cercano a la orilla del mar, justo en los Baños del Carmen. A todo crío de esa edad le da por hacer cualquier cosa estúpida que se le pasa por la cabeza, desde tirolina con una cuerda y un arnés hasta bucear en las profundidades de alta mar.
A este islote acostumbrábamos ir a pasar el rato en los calurosos días de verano, unas veces para pescar, otras para bucear y nadar, o incluso todo a la vez (sí, alguna vez nos hemos enredado en el anzuelo de algún compañero).
En fín, este era un pedrusco de unos trés metros de diámetro y que sobresalía del agua más o menos metro y medio. Como ya he dicho, entre los tres amigos sólo poseíamos un equipo de buzo, con lo que nos turnábamos para investigar los alrededores de aquel peñasco.
Después de esperar a pescar algo desesperadamente y sin suerte, y recordando una y otra vez las palabras de mi padre en mi cabeza: "hijo, cuida bien de mi caña de pescar que sólo tengo una y son muy caras" lancé hacia atrás el anzuelo para coger impulso sin darme cuenta de que se había encallado en la piedra, con lo que al intentar soltarlo hacia delante con las mismas ganas que un niño tiene de levantarse el día de los reyes magos, la magníca y única caña de pescar se partió por la mitad como si del mar rojo con Moisés se tratase; entonces decidí que era mi turno para bucear.
Una vez con el equipo de buceo me lancé al agua aún con la imagen de la caña por la mitad; ahi se encontraban las mismas piedrecitas, conchas, algas y recovecos de siempre, con lo que decidí alejarme un poco más para relajarme visualizando material nuevo.
Tras quince o veinte minutos en el agua, y a unos treinta metros del islote maligno escucho voces de angustia por parte de mis amigos; saco la cabeza del agua y miro hacia ellos y escucho: ¡está detrás de tí! Cuando giré la cabeza hacia alta mar visualicé una especie de aleta no a mucha distancia de mi situación, y sin pensarmelo dos veces nadé apresuradamente hacia el pedrusco para intentar salvar mi propia vida.
Fueron los treinta metros más angustiosos de mi vida, y os puedo decir que en lo único que pensaba era: no me va a dar tiempo a llegar y el islote es demasiado alto para subirlo por delante, estoy acabado.
Al llegar a él, y sin saber bien cómo, mi cuerpo reaccionó como una maquina perfecta de escalar y trepé a la cima en cuestion de uno o dos segundos, teniendo encima aún el equipo de buceo, es decir, gafas, tubo, neopreno y aletas en los piés, lo que para nada fue un impedimento en mi ascenso.
Una vez arriba mis amigos se estaban descojonando en mi cara; resulta que aquella "aleta" que yo visualicé cerca mía no era nada más y nada menos que el tubo negro de un buceador profesional.
Después del mal trago y entre risas mis amigos no se podían creer mi forma de llegar a la cima de aquella piedra aislada en el mar, con lo que una y otra vez intentaron repetir el mismo proceso auqnue de manera ineficiente.
¡Que viva el poder del acojone!

lunes, 19 de octubre de 2009

El Mueble de Cocina...

Una vez más, me postro ante ustedes para regalarle otra historia divertida de mi vida de la que pude haber salido mal parado, pero que por la suma de varios factores se impidió un desastre total.
Estaba otra vez en esa époga gilipollas de la vida donde todos nos creemos inmortales e invulnerables y no hacemos otra cosa que probar nuestra suerte una y otra vez con acciones estúpidas tales como "a ver quién salta desde el sitio mas alto", "a ver quién es capaz de bajar una cuesta más rapido" o incluso "a ver quién se atreve a burlar a aquel pobre guardia de seguridad cuyas habilidades motrices dejaban mucho que desear".
Pero todos hemos sido niños alguna vez, y el que lo niegue os aseguro que está mintiendo (excepto ese calvo de la lotería, al que recuerdo extrañamente igual desde que tenía uso de razón), y aunque nuestros padres nos hayan intentado dar una educación ejemplar siempre conseguimos tergiversar sus enseñanzas para un fin malvado.
Esta es la historia de cómo por más que desde pequeños nos digan: no hagas esto que te vas a caer, nosotros vamos y lo hacemos, y por consiguiente, nos damos la hostia.
Volvíamos mis amigos y yo de hacer alguna locura callejera, la verdad no recuerdo cuál exactamente, pero sería algo como lanzar piñitas desde algun tejado a los viandantes, marear al viejo del kiosko con algún chicle de marca inexistente o dar vueltas por el supermercado cada uno por un pasillo toqueteando todo y volviendo loco al vigilante. Entramos en mi casa para reponer fuerzas y fuimos directos a la cocina a merendar como si de los niños huérfanos de la India se tratase, tras pasar junto a mi madre la cual se encontraba pegada al telefono fijo discutiendo con algún vendedor por llamarle una y otra vez.
Una vez en la cocina mis dos amigos famélicos fueron directos a por las galletas y las magdalenas mientras que yo me encargaba de encontrar la leche. Una vez con el maldito cartón cerrado como un demonio buscaba los vasos de cristal a la vez que me cercioré de que ahora se encontraban en lo más alto del mueble de la cocina, siendo este el mayor de mis problemas al ser un servidor el mayor retaco posible.
Pero para esto el gran creador del ser humano nos brindó con una potentísima herramienta: el cerebro, aquella masa gris que te hace pensar en cosas inútiles tales como "si me subo aquí fijo que llego allí".
Pues eso hice, me armé de valor y con toda mi decisión puse un pié en el saliente de media altura de aquel armario con puertas de cristal, y cuando ya subía el otro pie creyéndome mi gran victoria sobre aquella situación, me di cuenta de que no era un mueble de gran altura, sino que desde el principio de los tiempos de aquella máquina de matar no era una única pieza sino dos, una colocada encima de otra.
Mi cuerpo quedó flotando en el aire como el efecto "slowmotion" de una película a la vez que caía de espaldas al suelo seguido por un enorme y aparatoso mueble de madera y vidrio de aproximadamente tres o cuatro veces mi peso corporal de aquel momento.
Justo antes del momento "matrix" por casualidad me aferré con tantas ganas al mueble que una de las puertas consiguió abrirse, lo que permitió el desprendimiento de toda una vajilla de platos, vasos, cubiertos y demás utensilios cerámicos o de cristal cayesen directamente encima de mi cara, pecho, brazos y piernas.
Mi madre que se encontraba justo sentada a medio metro de la escena protagonista soltó el telefono de un grito y se temió lo peor al verme debajo de la montaña de madera, a la vez que intentaba levantarla con la ayuda de mis dos amigos.
Milagrosamente, aquel acto reflejo de abrir la puerta a parte de arrojarme la vajilla al completo de sopetón, sirvió para frenar la caida del mueble contra mi cuerpo, actuando de tope como si un puntal de obra se tratase. Lo creais o no, después de aquella caida mi cuerpo no sufrió un sólo rasguño y una vez más puedo decir que vivo para contarlo. ¡Gracias extraño hombre calvo de la lotería que me da suerte!