¿Qué es el miedo?,al tratarse de una sensación nadie sería capaz de describirlo con exactitud, pero lo que es aún más importante, ¿por qué cuando tenemos miedo somos capaces de realizar hazañas imposibles en el día a día del ser humano?.Esta historia relata uno de esos actos sobrehumanos realizado por un servidor, no siendo éste el único por el que he pasado en mi vida.
Cuando vuelvo al pasado y trato de recordar como era mi vida entre los doce y los diecisiete años de edad sólo recuerdo travesuras y tiempo pasado en la calle, pero el mayor recuerdo superado por todos es el de intentar ser atracados repetidamente cada vez que salíamos del barrio.
Entre esta multitud de actos deleznables contra mi persona me gustaría destacar uno altamente relacionado con el tema de este relato: el miedo; estábamos dos amigos y yo en una feria en el centro de Málaga (no en la feria principal), donde había una diversidad de atracciones y entretenimiento juvenil. Al salir concretamente de los coches de choque nos cruzamos con el típoco grupito malagueño de gentuza, de entre los cuales uno se me acerco como un perro a una chuleta cuando escuchó el tintineo de las monedas que yo llevaba encima. Éste realizó el ritual clásico del atracador empezando por cigarrito, luego eurito y más adelante o la cartera o te doy un "gayuflón" carapán (jerga delincuente malagueña). En cuanto pudimos, a la salida de la feria, mis amigos y yo salimos corriendo atravesando el gran parkin en dirección a la salida del mismo, pero era tal la presión que yo tenía encima que trás veinte metros ya había dejado atrás a mis dos compañeros a la vez que me percataba que la lacra social seguía corriendo detrás mía; en el momento en que recordé que a la salida de la feria había un vigilante de seguridad dí un rodeo enorme y me puse de nuevo a salvo bajo su vigilancia. (ni el mismisimo Usain Bolt me habría superado en esos cien metros).
Después de esta breve reseña, os voy a intentar transimitir de la mejor forma posible el mayor miedo que he llegado a sentir en mi vida.
Curiosamente, nos encontrábamos los mismos personajes de la anécdota citada pero esta vez en un islote cercano a la orilla del mar, justo en los Baños del Carmen. A todo crío de esa edad le da por hacer cualquier cosa estúpida que se le pasa por la cabeza, desde tirolina con una cuerda y un arnés hasta bucear en las profundidades de alta mar.
A este islote acostumbrábamos ir a pasar el rato en los calurosos días de verano, unas veces para pescar, otras para bucear y nadar, o incluso todo a la vez (sí, alguna vez nos hemos enredado en el anzuelo de algún compañero).
En fín, este era un pedrusco de unos trés metros de diámetro y que sobresalía del agua más o menos metro y medio. Como ya he dicho, entre los tres amigos sólo poseíamos un equipo de buzo, con lo que nos turnábamos para investigar los alrededores de aquel peñasco.
Después de esperar a pescar algo desesperadamente y sin suerte, y recordando una y otra vez las palabras de mi padre en mi cabeza: "hijo, cuida bien de mi caña de pescar que sólo tengo una y son muy caras" lancé hacia atrás el anzuelo para coger impulso sin darme cuenta de que se había encallado en la piedra, con lo que al intentar soltarlo hacia delante con las mismas ganas que un niño tiene de levantarse el día de los reyes magos, la magníca y única caña de pescar se partió por la mitad como si del mar rojo con Moisés se tratase; entonces decidí que era mi turno para bucear.
Una vez con el equipo de buceo me lancé al agua aún con la imagen de la caña por la mitad; ahi se encontraban las mismas piedrecitas, conchas, algas y recovecos de siempre, con lo que decidí alejarme un poco más para relajarme visualizando material nuevo.
Tras quince o veinte minutos en el agua, y a unos treinta metros del islote maligno escucho voces de angustia por parte de mis amigos; saco la cabeza del agua y miro hacia ellos y escucho: ¡está detrás de tí! Cuando giré la cabeza hacia alta mar visualicé una especie de aleta no a mucha distancia de mi situación, y sin pensarmelo dos veces nadé apresuradamente hacia el pedrusco para intentar salvar mi propia vida.
Fueron los treinta metros más angustiosos de mi vida, y os puedo decir que en lo único que pensaba era: no me va a dar tiempo a llegar y el islote es demasiado alto para subirlo por delante, estoy acabado.
Al llegar a él, y sin saber bien cómo, mi cuerpo reaccionó como una maquina perfecta de escalar y trepé a la cima en cuestion de uno o dos segundos, teniendo encima aún el equipo de buceo, es decir, gafas, tubo, neopreno y aletas en los piés, lo que para nada fue un impedimento en mi ascenso.
Una vez arriba mis amigos se estaban descojonando en mi cara; resulta que aquella "aleta" que yo visualicé cerca mía no era nada más y nada menos que el tubo negro de un buceador profesional.
Después del mal trago y entre risas mis amigos no se podían creer mi forma de llegar a la cima de aquella piedra aislada en el mar, con lo que una y otra vez intentaron repetir el mismo proceso auqnue de manera ineficiente.
¡Que viva el poder del acojone!
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