lunes, 9 de marzo de 2009

El labio...

Para celebrar la incoporación de un colaborador al blog me gustaría que supierais qué tipo de persona es la que va a escribir historias, chistes o idioteces a partir de ahora.
Esta persona de sexo varón es la típica que durante el día ayuda a viejecitas a cruzar la calle y le suelta un par de monedas a los menos agraciados siempre que le es posible, o simplemente amenaza con llamar a la policía porque los perros sueltos de algunas señoras le persiguen ladrando mientras se va a correr.
Pero todo el mundo tiene un lado oculto, la verdad es que nunca sabes cómo reacciona la gente a la hora de ingerir bebidas alcohólicas, siendo ésta el tipo de persona que cambia radicalmente.
Para que os hagais una idea del tipo de lado oculto de mi colaborador os diré que una noche cualquiera saliendo de fiesta bebimos más de la cuenta (cosa que suele pasar amenudo) y los menos perjudicados tenemos que cuidar de los que más; tanto es así que en la cola de entrada de un pub de Málaga seguíamos la rutina de siempre: empujarnos como sardinas enlatadas intentando poner la mejor cara posible para que los porteros no se percaten de nuestro estado (algo imposible) y más cuando uno de nosotros se pone a pegarle mordiscos en la capucha al desconocido que estaba justo delante (¡ese es mi colaborador!jaja).
Tras un forcejeo por el cabreo más que lógico de aquel desconocido conseguimos entrar dentro del pub, pero lo que no sabíamos es que dentro acabaría apareciendo un personaje de metro y medio que decía provenir de la Cruz Verde (un barrio muy majo de Málaga como os podeis imaginar) y que sin venir a cuento le soltaría una caricia de puño cerrado en el gran labio de mi amigo que sangraría a borbotones antes de salir por patas.
Mi amigo no paraba de repetir: "¿pero qué es lo que ha pasado?" sin enterarse por la tremenda cogorza a lo largo de todo el camino a casa. Al día siguiente le conte todo lo que había pasado y después de reirse con el labio partido me dijo: quiero colaborar en tu blog para contar este tipo de historias y cagarme a gusto en los muertos de aquel enano jajaj.

viernes, 20 de febrero de 2009

El vómito...

En la cabeza de todo estudiante universitario que empieza a estudiar una carrera siempre está la misma cosa presente: la fiesta.
Resulta que despues de llevar toda tu vida encerrado en casa con los padres "estudiando" para aprobar en el colegio tiene una consecuencia lógica: el conocido "desfase universitario". Ya no tienes horarios, no existe la presión directa de los padres, a duras penas hay presión de estudios en los primeros años y la única cita a la que no falta nadie es a la fiesta.
Pues esta historia tiene lugar en la última salida de mi primer año con los compañeros de la residencia; la cosa empezó como siempre: primero unas cervezas con unas bravas en las brasas (un antro al que a todos nos han llevao engañados alguna vez y del que surgen leyendas como que se usa el cuchillo del jamón pa limpiar el filo del suelo de las puertas... menuda imaginación jajaj), después con el alcohol empezando a hacer efecto en nuestro organismo nos dirigimos a los bares donde el hecho de salir cada fin de semana ha dado lugar a camareros conocidos y consiguientes copas baratas, y por último terminar de dejarte el hígado en el "Casa Blanca" que es como se llamaba por aquella época, más conocido ahora como "el Doblon", siendo ahí de donde se sale perjudicado de forma bestial dada la gran calidad del alcohol servido en el local (puaaaj), y de ahi para la residencia a dormir (si es que no has conseguido a ninguna pájara a lo largo de toda la noche); pero en este caso ninguno de nosotros teniamos ganas de irnos a la cama, ya que al día siguiente tendríamos que despedirnos para volver a nuestras respectivas casas, con nuestros respectivos padres y nuestras respectivas costumbres aburridas.
Nos reunimos todos en los sofás comunitarios de la residencia para seguir la fiesta aunque la gente empezó a abandonar o en el mejor de los casos a quedarse dormida; fue entonces cuando se nos ocurrió la genial idea de mover el sofá con nuestro amigo medio en coma por los efectos del sueño y el alcohol, dejándolo puerta por puerta de cada habitación, llamando y esperando desde lejos ver la cara de la persona que abre la puerta y se encuentra con aquello (ajjaja).
Cuando lo repetimos varias veces, de las incontenibles risas nuestro amigo se acabó despertando, así que para seguir la fiesta sólo se nos ocurrió una última cosa: joder a aquellos que se fueron a dormir llamando a la puerta de forma agresiva y nada mas escuchar la apertura del cerrojo entrar todos del tirón gritando a la habitación. Así que fuimos a la puerta del que primero se fue a dormir de todos, que para mantener su identidad diré que se trata del "puto pank", donde entre 10 y 15 personas estaban preparadas para la gran intromisión de su actual morada; yo que estaba colocado de los primeros junto con otro compañero llamé a la habitación a puñetazos y patadas sin obtener en un principio respuesta, y nada más escuchar que la puerta se abria entramos todos gritando percatándonos de una gran sorpresa que nos acechaba: el suelo estaba cubierto de vómito y olía un pestazo inmundo y para colmo uno de nosotros tropezó con una zapatilla que giró innumerables veces encima de aquella papilla salpicando a todo aquel que estaba cerca con lo que se formó un angosto tapón entre los que tratábamos de salir y los que aun quedaban por entrar, un desastre.
Al día siguiente supimos que nuestro amigo se excusó ante sus padres con una "ingestión de comida en mal estado" jajajajajajajaj.

lunes, 2 de febrero de 2009

La primera trampa...

A lo largo de la vida de todo ser humano mediocre van surgiendo una serie de obstáculos que tenemos que superar para fortalecer nuestro sistema de defensa ante la sociedad, algunos se esfuerzan para obtener el máximo rendimiento y otros (la gran mayoría) intentan optar por la vía fácil: el engaño.
Esta es la historia de cómo una persona inteligente y muy capaz se deja influenciar por otra muy vaga y que creía que no había que esforzarse estudiando más de lo necesario para aprobar, el tipico niño imbecil que se creía más listo que los demás (es decir, yo).
Para que comprendais la historia de estos dos personajes, teneis que saber que desde un principio ambos estuvieron en la misma clase, consiguiendo grandes resultados, pero que con el paso del tiempo uno empezo a tener que esforzarse estudiando para seguir la línea de grandes notas y el otro optó por aprender el arte de copiar. Este segundo pequeñuelo consideró que no estaba lo suficientemente preparado para un examen de tecnología, y al ser este tan sencillo, pensó que un suspenso en aquella asignatura sería objeto de mofa general. Para su primera vez escribió en un papel de unos 10x10cm de tamaño las respuestas del examen con un tamaño de letra casi ilegible de lo diminuto que era, rematando el "papel de ayuda al examen" con cinta adhesiva (sin saber muy bien por qué, pensando que es lo que hacían los expertos en el campo). A la hora del la prueba, este chico se metió en el bolsillo aquel trozo de papel, y durante una larga hora de nervios, sudores y desesperación consiguió echar mano de él sin despertar sospecha alguna, lo que le fatídicamente le llevaría por el camino del arte de copiar.
Pasados unos años, el primer chico que aun estudiaba hasta reventar para cada examen veía como el otro obtenía los mismos resultados sin tener que esforzarse tanto, pero pensando que él mismo no sería capaz de copiar.
Llegado otro examen de evidente dificultad superior, el joven y legal alumno se vió acorralado entre los minutos previos a la hora de la prueba y el gran temario (lo que sin duda nos ha pasado a todos en algún momento). Después de meditarlo durante un rato, éste decide pedir consejo al chico al que había visto copiar más de una vez, para saber cómo tenia que escribir y dónde; trás varias advertencias del segundo chico que le indicaban que nunca sabes cómo vas a reaccionar en el momento de copiar, le enseño una vieja técnica de copia: "la hoja entre la carpeta y la mesa"; consiste en escribir lo más al borde posible de una hoja que simplemente tenía que ir haciendo asomar con una mano mientras se hace que se escribe con la otra.
El chico nervio entró en la clase y se sentó junto al consejero en un costado de la clase; una vez repartido el examen los nervios se apoderaron del novicio que cada vez llamaba más la atención sin poder controlarlo; pasaron unos cuantos minutos en los que se podía observar cómo la desesperación de aquel chico le llevó a echar mano de la famosa "chuleta", siendo tan torpe sacándola que tiró la carpeta al suelo con la hoja anexa y el profesor, como el resto de alumnos, presenció la escena y exclamo: "Por favor, ¿me puedes decir qué es eso que tienes ahi?", a lo que inexplicablemente el alumno respondió suspirando "oh oh..."
El castigo para el alumno no fue que le suspendieran aquel examen con un cero y una llamada a sus padres, sino que durante el resto de años que le quedaban en el colegio los crueles niños se mofarían constantemente de él repitiendo el grito de "oh oh..." durante las clases.

sábado, 24 de enero de 2009

El brasileño...

En los largos años de mi vida sólo puedo decir que tenga dos grandes pasiones que destacan sobre las demás: ver películas y comer. De ahí que durante mi primer año en la universidad asistiera tres veces por semana al cine y que sea muy habitual que asista con mis amigos a restaurantes de buffet libre.
Mi perdición fue conocer el restaurante brasileño; recuerdo que me hablaron de él como un lugar en el que si ibas una vez ya no preferirías ir a ningún otro restaurante de "come todo lo que puedas" a no ser que fuese otro brasileño que estuviese mas rico.
En este restaurante es en el único sitio en el que he puesto a prueba la capacidad de expansión de mi espacio estomacal; la mayoría de mis amigos veían lo de comer hasta reventarte como una tonteria, ¿para qué ese malestar innecesario tras un manjar? pensareis, pero mi cuerpo cuando empieza a comer es una máquina de no parar hasta tocar fondo. De mi grupo de catadores carnívoros, sólo había uno tan imbécil como yo como para retarme a ser la persona que más comiera de la mesa, con el pequeño matiz de que esta persona superaba los cien kilogramos de peso y yo a penas pasaba los sesentaycinco...
En mi vida sólo he vomitado dos veces por comer hasta reventar, y como estareis pensando, las dos fueron por haber comido con mi amigo en el maldito brasileño, aunque eso sí, siempre salía victorioso de aquel restaurante.
Centrandome en la pequeña anécdota, un día estabamos sentados cuatro amigos en el brasileño, como tantas veces hemos hecho, pero con la salvedad de que esta vez era yo quien tenía que pagar aquella cena en compensación de un favor que ahora no viene al caso, cosa que me iba a costar mínimo quince euros por cabeza.
Mientras engullíamos la comida, alguien comentó que había oido que si en un restaurante al terminar la cena pedías la hoja de reclamaciones normalmente no te cobraban la comida, pero nadie llegó a pensar que aquello tuviese alguna lógica.
Resulta que aquel día en el restaurante del monton enorme de gente que lo ocupaba, la carne que llegaba a nuestra mesa era escasa y en ocasiones estaba fría, así que comenzamos a tontear con la idea de pedir la hoja de reclamaciones. Entre risas decidimos que si en la próxima ronda no cambiaba el servicio nos quejaríamos al encargado, y así fue: llamamos la atención de la camarera más próxima a nuestra mesa para exigirle aquella hoja, y con los ojos húmedos y la piel blanco leche la chica nos pidió que la perdonásemos, que era su primer día de trabajo y que nos traería lo que nos hiciera falta; después de explicarle que el problema no tenía nada que ver con su eficiencia llamó al encargado, quien nos rogó que no la escribiesemos, prometiendo un excelente servicio en nuestra siguiente comida, así que acabamos retractándonos de la idea de escribir el papel.
Pedimos la cuenta al mismo encargado y dándonos las gracias nos entrego aquel papel donde ponía: "Cuatro cubiertos - 15€". Después de todo acabaron invitandonos a cenar a tres de nosotros, con lo que la invitación a mis tres amigos me salió lo más barata posible.
Moraleja: si quieres comida gratis sólo tienes que escupir en el plato y decir que la salsa especial del menú está en malas condiciones para tener una queja sólida.

lunes, 12 de enero de 2009

La pista de hielo...

En uno de los viajes que he hecho en mi vida alrededor del mundo, me fui con un grupo de personas a la costa oeste de Norte América, a Sacramento, durante un mes para aprender inglés conviviendo con una familia y dando clases por las mañanas.
En ese perriodo también realizabamos excursiones por los alrededores tales como viajes a San Francisco a visitar Alcatraz, ir a un parque de atracciones o subir al pico de una montaña a bañarte en una piscina de agua caliente.
Esto me ocurrió en este último lugar, era un sitio curioso ya que a la vez que podías bañarte en un jacuzzi o en una piscina y a menos de 20 metros patinar sobre una pista de hielo.
Para entender bien la anécdota he de decir que yo había estado patinando e incluso jugando al hockey en la federación malagueña, con lo que tenía los aires de buen patinador muy subidos (aunque en realidad en hielo no había patinado más de dos veces).
Resulta que despues de pegarnos el chapuzón en la piscina, los veinte o treinta compañeros de viaje nos dirigimos hacia la pista de hielo a colocarnos los patines y demás prendas para el frío; una vez en la pista me dí cuenta de que nadie, excepto dos o tres chavales mas pequeños que andaban por allí, tenía idea alguna de dar mas de dos pasos seguidos sin llegar a caerse, y yo, con los aires por las nubes y vacilando a todos mis amigos, empece a hacer el idiota por la pista.
De mi grupo únicamente había un chico asturiano que parecía saber defenderse en el hielo, y yo mas chulo que un ocho le reté a hacer las tipicas chorradas para ver quién se la pegaba primero.
Tras varios saltos y consiguientes caidas sin importancia, habíamos creado la espectación de todos los españoles, los cuales estaban atentos a cada parida que se nos ocurría. Mi amigo asturiano fue el siguiente en realizar un movimiento: se fue corriendo por toda la pista para coger velocidad mientras nosotros nos quedabamos esperando, y al llegar justo donde estabamos frenó en seco aunque de la forma clásica, con los pies cruzados. Al ver esa chorrada le dije a mi amigo que yo podía hacer lo mismo pero que llegando al final clavaría la franada con los dos pies en paralelo incando las cuchillas en el hielo (cosa que en hockey nos habían enseñado a hacer, pero que nunca había intentado en ese terreno), con lo que me dispuse a coger carrerilla y salí lanzado a bordear la pista.
Mientras iba cogiendo cada vez más velocidad, veía como las miradas de los presentes se fijaban en mí, y apreciando sus caras podía imaginar lo que estarían pensando todos por dentro: ¡vaya ostia se va a pegar este imbecil!; cuando quedaban unos veinte metros para llegar al punto donde se encontraban todos, recé todo lo que pude y más, y con un giro de cadera puse las cuchillas en paralelo y las inqué en el hielo de golpe...
Lo único que recuerdo a continuación fue recuperar el conocimiento estando tirado en el frío suelo mientras un barullo de gente me rodeaba y el monitor de vigilancia que en principio se encontraba en la otra punta de la pista estaba ahora arrodillado a mi lado moviendome la cabeza y preguntandome: "Are you okay?".
Por lo que me contaron luego mis amigos, tras incar las cuchillas en el hielo me fuí de bruces al suelo, y al pegar con la cabeza en el suelo me había quedado inconsciente (¡jajajja, vaya ostia!)

sábado, 3 de enero de 2009

El incidente en la obra...

Esta historia la escuché del marido de mi prima. Parece ser que en la empresa en la que él trabaja hay un personaje muy descuidado que no debe ser de los que mejor huela en el mundo por lo que me cuenta, y que además tiene la costumbre de llevar la garganta atascada, con lo que siempre anda carraspeando para intentar aliviarse, pero sin llegar a desacerse del tapón.
Resulta que otro compañero de trabajo muy simpático y bajito (un poca cosa), tenía que quedar con el molesto personaje para resolver unos problemas de una obra en la que estaban interviniendo; aquel día estaba nublado, el típico día fastidioso malagueño, y hacía mucho viento removiendo el polvoriento suelo del solar.
Estaban nuestros dos protagonistas en pie debatiendo sobre algún asunto, cuando el tipo alto y desagradable empieza a carraspear de nuevo; sin darle mas importancia el personaje bajito siguió comentando la obra dando alguna de sus opiniones para resolver el problema mientras el otro seguía y seguía revolviendo en su garganta cada vez con más entusiasmo; tanto fue el entusiasmo que le puso en aliviarse, que en uno de los esfuerzos se le escapó un escupitajo cargadito de flemas con tanta mala suerte, que con la racha de viento y a la vez estar el tipo bajito hablando, éste fue a parar directamente a la boca del segundo, el cual se lo tragó antes de darse cuenta del incidente.
Tras este desafortunado hecho, los dos protagonistas siguieron con la conversación como si nada hubiera ocurrido; el desafortunado tragador llamó horas más tarde a quien me contó esta historia entre palabras de angustia, definiendo el sabor del esputo como: "una bolita de alcanfor". (JajAJjjAJjaJAjaja!)

viernes, 2 de enero de 2009

El esquimal malagueño...

La historia que os voy a contar a continucación es una de las miles de anécdotas que han tenido ocasión en nuestro grupo de amigos en Málaga.
Cuando eramos algo más enanos, hace siete u ocho años, empezamos a hacer escapadas a Sierra Nevada para practicar snowboarding.
Al ser aun unos pequeñajos, y debido a que al mejor vehículo que aspirábamos entre todo el grupo era a una zip refrigerada por agua (más bien conocida como "zí refriherao por agua" entre los kinkis) teníamos que asistir a estas excursiones mediante la organización de una empresa de viajes llamada "Querkus".
Lo bueno y malo que tenía ir a la sierra de esta forma era que no teníamos que preocuparnos por nada, ya que ellos nos llevaban, nos prestaban el equipo, atendían cualquier problema y nos traían de vuelta, sin embargo la zona donde debíamos esperar para salir y para nuestra recogida a la vuelta era demasiado... conflictiva por decirlo así, y al salir el autobus a las siete o siete y media, teníamos que despertarnos antes de las seis para prepararnos y acudir al punto acordado.
Lo más molesto de ir a la sierra siempre es el equipo tan pesado con el que tienes que cargar en todo momento: botas de nieve, pantalones impermeables, camiseta térmica, sudadera de abrigo, chaquetón protector, guantes de nieve, bufanda o braga para el cuello, gafas de snowboard, gorro de lana y por último la mochila con bebida, comida y ropa seca, en fin, que tras caminar con todo el equipo dos pasos ya estabas sudando.
La cuestión es que durante la semana, en clase o por las tardes, fuimos organizando una de estas escapadas a las que se apuntaba bastante gente, no sólo uno o dos. Aquel día debíamos ser más de la cuenta, y no se cual fue el motivo por el que lo hicimos, pero al llegar el día previo a la excursión, cancelamos la salida para posponerla al siguiente fin de semana.
La cosa es que en mi grupo, como imagino que pasará en la mayoría, se trazan o cancelan los planes de la misma forma: el que lo decide llama a uno, este al siguiente y así hasta que todos están al tanto de la noticia (o por lo menos eso creíamos aquella vez). Resulta que por algún motivo todos creiamos haber llamado a quien nos tocaba, dejando a uno de nosotros al margen de la cancelación.
Para quien no lo sepa, en Málaga es muy normal que no haga apenas frío hasta muy entrado el invierno, cosa que no se daba en nuestra historia (es decir, hacía un calor de cojones). A las seis y media de la mañana del supuesto día de salida suena el timbre en la casa de uno de los que cancelaron el viaje; su madre, asustada por la hora, se acercó al telefonillo y preguntó de qué se trataba: el chaval al que no le habían avisado había ido andando algo más de un kilometro con el equipo puesto a pleno sol hasta llegar a donde siempre quedabamos para salir hacia el autobús, había despertado a toda la familia de mi otro amigo todo para escuchar un "¡pero tío que coño haces, si al final ninguno va a ir a la sierra!".
Y con las mismas con las que vino y con el cuerpo más sudado que un luchador de sumo, este pobre hombre tuvo que subir esta vez cuesta arriba la enorme cuesta kilométrica que le llevaba a su casa. (¡Que grande eres!)