viernes, 20 de marzo de 2009

El desmayo...

Hace cosa de un par de años mi vida iba sobre ruedas: empezaba el veranito, mis estudios estaban dando su fruto, tenía una lista repleta de amigos, acababa de empezar una relación con una chica y hasta llegué a comprarme un perro con ella en un arrebato de locura, quien ahora se dedica básicamente a traerme todo tipo de objetos que se encuentra en su camino (el perro, no ella jaja), es el conocido como "coco" o en sus orígenes "trescincuenta" por lo que ya os podeis imaginar.
Después de mantener mil y una conversaciones con esta chica nos dimos cuenta de algo absurdo: yo, un tipo corriente con apenas veintidós años, no me había hecho un análisis de sangre en toda mi vida como homo sapien, debido a mi gran temor por las jeringuillas, agujas o tambien conocidas como herramientas de la muerte.
Tras varios días dándole vueltas al tema, mi chica me llega a convencer de que saber cómo estas en tu interior es una cosa vital (me engañaron como a un bobo jajaj), así que deposité mi confianza en ella y le prometí acudir al hospital al día siguiente para realizarme las pruebas.
No se si os habreis hecho un análisis de sangre alguna vez, pero yo os quiero relatar mi punto de vista en cuanto al tema: primero tienes que madrugar sabiendo que un universitario siempre se acuesta a las tantas de la madrugada porque hay un horario definido donde sólo se hacen los análisis por la mañana; después, para más inri, tienes que ir en ayunas para no alterar el resultado de los análisis; más tarde llegas a una sala de espera sabiendo que al otro lado de la puerta en cualquier momento algún novicio en medicina saldrá a anunciarte que tiene permiso para atravesarte la vena con una aguja gorda para permitir un mayor fluido de la sangre y una vez allí, como si de un adicto a la heroína se tratara, te atan una goma al brazo y te dan golpecitos en la vena para hacer que resalte sobre la piel.
Yo soy tan tan listo, que el primer día que intenté cumplir mi promesa me desperté, recogí las tarjetas del seguro médico, me monté en el coche y una vez alli seguí la rutina de comerme una gominola de la bolsa eterna que ya se estaban poniendo rancias. Cuando mi novia presenció aquel instante se echó las manos a la cabeza y me dijo: eres increible, te vas a hacer unos análisis y te comes una gominola. Al darme cuenta me eché a reir y volvimos de nuevo a casa a continuar con las horas de sueño.
Nuevamente, al día siguiente hicimos otro nuevo intento, pero esta vez sin gominolas de por medio, y llegamos al hospital tan temprano que los viejitos de la zona aun seguían durmiendo. Nada más llegar me preguntan por mis razones en el hospital y sin ningún problema le explique que quería hacerme un análisis de sangre; lo primero que me replicaron fue: -¿tienes la receta del médico? -no señora, vengo por voluntad propia, -¿pero te encuentras mal? -no otra vez, pero resulta que nunca me he hecho uno de estos y quiero saber si todo va bien, -¿de verdad que quieres hacerte un análisis por voluntad propia? -así es, contesté mientras veía como aquella enfermera me miraba como si de un retrasado mental se tratase y yo miraba a mi novia pensando "¡te mato!".
Tras esta conversación sin importancia para el lector del blog, me dieron la buena noticia de que no había nadie esperando para pincharse, osea que ni si quiera tenía tiempo de mentalizarme (¡yuhuuuu!); sin más entré y como una niña de cinco años le dije a la enfermera: -señorita, le tengo pánico a las agujas, quien muy amablemente me apartó la cara y sin que me diera cuenta me contestó: -ya hemos terminado corazón. ¿Y ya está?, ¿tanto pánico para esto?, buah, si hace falta mañana mismo me hago otro.
Salí con la cabeza bien alta de aquel lugar orgullosísimo de mi mismo y en la entrada principal ví el letrero de "Urgencias". Como amí siempre me pasa algo, le propuse a mi novia ir a echarme un vistazo a unos gánglios cerca del estómago que dolían a rabiar, y ella gustosamente aceptó a acompañarme (porque no podía irse sin mí ya que yo era quien tenía el coche jaja). Una vez allí nos sentamos en la gran sala de espera repleta de gente enferma mientras yo seguía con mi algonocito en el brazo enseñándolo ogrulloso como señal de victoria.
Los minutos pasaban, el aburrimiento se apoderaba de mi y un mareo repentino pasó por mi cabeza sintiendo un calor insoportable; miré a la puerta de entrada y ví de forma muy borrosa el caminar de la gente que salía, y sin ningun temor le dije a mi chica: -me estoy mareando un poquito.
Lo siguiente que recuerdo fue estar en el suelo boca arriba con un enfermero levantandome las piernas y otros dándome ostias en la cara; al reaccionar me montaron en una silla de ruedas y me metieron en una habitación repleta de gérmenes a descansar un rato. Ya sé lo que estareis pensando: ¿cómo un tio grande, fuerte y musculoso como yo puede desmayarse con un pinchacito?, pues sí amigos míos, hasta los que vuelan más alto tienen que bajar alguna vez a tocar tierra.
En aquella confusión me había quedado incomunicado con mi niña y al no tener el móvil encima no pude preguntarle qué pasó exactamente. Cuando salí y la ví con cara asustadiza le di un abrazo fortísimo y de regreso a casa me contó que justo antes de desmayarme me ofreció un chicle, yo le dije que sí, y al intentar metermelo en la boca pensó que yo hacía el tonto porque la tenía cerrada,empecé a escurrirme por mi asiento hacia el suelo mientras ella intentaba sujetarme aparatosamente hasta llegar a darme un cogotazo con la cerámica. Se que ella lo pasó muy mal, así que desde aquí le mando un besazo y le doy las gracias como siempre lo haré por saber estar ahí para cuidarme.

domingo, 15 de marzo de 2009

Preguntas ¿sin respuestas?

Con frecuencia se me plantean dudas que aunque no existenciales me rondan la cabeza hasta hacerla estallar. Hoy ponemos sobre la mesa alguna de esas cuestiones y sugerimos algunas respuestas…

¿A qué sabe el cristal? ¿Por qué alguna gente huele a cebolla cuando suda? ¿Por qué a los zurdos les reservan la tercera fila en las clases de mi facultad mientras yo (que no veo un pijo, aún estudiando en Sevilla) me tengo que ir a la última fila? ¿Es que ser zurdo supone estar cegato? ¿Por qué nadie ayudó a Woody Allen a poner un título a “Vicky, Cristina, Barcelona”? ¿Tiene amigos Woody Allen? Y los padres, ¿de dónde vienen? ¿También la cigüeña? Si el Renault Scenic es un monovolumen, ¿el Clio es un mediovolumen? ¿y el Smart qué es? ¿Por qué teniendo tan tremendo patrimonio lingüístico, nuestras dos palabras más internacionales (fiesta y siesta) sólo varían en una letra? ¿Por qué cuando pensamos no nos suda la cabeza?

Preguntas absurdas requieren respuestas penosas...

El cristal, al no tener sabor, podemos afirmar contundentemente que sabe a agua, al igual que el plástico amarillo, los libros-guías sobre países y los dvds… También es aplicable a la famosa pregunta “¿a qué huelen las cosas que no huelen?” evidentemente, a agua. Sobre las preguntas siguientes, mejor dejo caer otras preguntas: ¿Cómo estamos tan seguros de que son las personas las que huelen a cebolla y no al revés? ¿Por qué no regalan gafas a los zurdos y que se sienten donde puedan? ¿Es que a Penélope se le ha olvidado su español? Si no es así, ¿va a ser verdad que Woody se ha quedado sin amigos?

Lo de los padres es inquietante… de cualquier modo, ¿para qué querríamos un monovolumen sin padres? ¿Usaríamos entonces ya por fin la palabra mediovolumen?

En cuanto a nuestra riqueza lingüística es fácil, los españoles somos así de vagos. Cuando tenemos que estar de pie queremos sentarnos, cuando tenemos que estar sentados queremos estar tumbados… ¡Si por ahorrarnos sudores innecesarios bajo el sol de verano nos ahorramos hasta el pensar!

Bueno, siempre nos quedará evitar quebraderos, aislarnos, comernos una papa caliente para salir del atolladero, darnos cuenta de lo mal que sienta semejante pedrada caliente en el estómago y esperar al siguiente fin de semana para pedirnos otra aun más caliente y más cargada de mayonesa...

lunes, 9 de marzo de 2009

Carta de presentación

¡Hola a tod@ los seguidores/as que siguen este exitoso blog!
Mi muy más mejor amigo ya ha hecho una breve reseña a modo de introducción sobre mi, lo cual agradezco, aunque me encuentro en mi derecho y deber de ¡Defenderme ante semejante ofensa! (recojo tu guante señor P)
Aunque es cierto (creedme, era bastante cierto) que tenía el labio como Buba gump, también es cierto que, además del labio, conseguí desarrollar otras cosas. Si, básicamente lo que es mi integridad como persona.
Tras largas horas de meditación a medio metro del espejo (para que ambos, yo y mi labio, cupiésemos), decidí que no volvería a beber más entre borracheras. Lo que viene a ser una especie de no comer entre comidas o no hacer un precalentamiento (cuando comes entre comidas ya estás llevando a cabo una "comida" y cuando estás haciendo un precalentamiento ya estás "calentando", ¡no existen semejantes fenómenos!). En conclusión, sólo habré bebido cuando me veais de resaca, lo cual es lógico; pero nunca habré bebido cuando no esté de resaca, lo cual dice algo muy positivo sobre mi, o bebo en condiciones... ¡o la puta al rio!
ainss... que maravillosos días han sido aquellos en los que básicamente toda preocupación era con quién hacías botellón, algunos de nuestros amigos eran siempre evitados, vease BIG L. Es más, achaco mi ansia por beber rápido a este personaje (GRAN personaje). Era como criarse con un herman@ obes@, o comías rápido.. ¡o la puta al río!
Aunque estos párrafos no me dejan en muy buen lugar, he de aclarar, que fueron años de convivencia con el creador de este blog... pringamos todos... ¡o la puta al rio!

El labio...

Para celebrar la incoporación de un colaborador al blog me gustaría que supierais qué tipo de persona es la que va a escribir historias, chistes o idioteces a partir de ahora.
Esta persona de sexo varón es la típica que durante el día ayuda a viejecitas a cruzar la calle y le suelta un par de monedas a los menos agraciados siempre que le es posible, o simplemente amenaza con llamar a la policía porque los perros sueltos de algunas señoras le persiguen ladrando mientras se va a correr.
Pero todo el mundo tiene un lado oculto, la verdad es que nunca sabes cómo reacciona la gente a la hora de ingerir bebidas alcohólicas, siendo ésta el tipo de persona que cambia radicalmente.
Para que os hagais una idea del tipo de lado oculto de mi colaborador os diré que una noche cualquiera saliendo de fiesta bebimos más de la cuenta (cosa que suele pasar amenudo) y los menos perjudicados tenemos que cuidar de los que más; tanto es así que en la cola de entrada de un pub de Málaga seguíamos la rutina de siempre: empujarnos como sardinas enlatadas intentando poner la mejor cara posible para que los porteros no se percaten de nuestro estado (algo imposible) y más cuando uno de nosotros se pone a pegarle mordiscos en la capucha al desconocido que estaba justo delante (¡ese es mi colaborador!jaja).
Tras un forcejeo por el cabreo más que lógico de aquel desconocido conseguimos entrar dentro del pub, pero lo que no sabíamos es que dentro acabaría apareciendo un personaje de metro y medio que decía provenir de la Cruz Verde (un barrio muy majo de Málaga como os podeis imaginar) y que sin venir a cuento le soltaría una caricia de puño cerrado en el gran labio de mi amigo que sangraría a borbotones antes de salir por patas.
Mi amigo no paraba de repetir: "¿pero qué es lo que ha pasado?" sin enterarse por la tremenda cogorza a lo largo de todo el camino a casa. Al día siguiente le conte todo lo que había pasado y después de reirse con el labio partido me dijo: quiero colaborar en tu blog para contar este tipo de historias y cagarme a gusto en los muertos de aquel enano jajaj.

viernes, 20 de febrero de 2009

El vómito...

En la cabeza de todo estudiante universitario que empieza a estudiar una carrera siempre está la misma cosa presente: la fiesta.
Resulta que despues de llevar toda tu vida encerrado en casa con los padres "estudiando" para aprobar en el colegio tiene una consecuencia lógica: el conocido "desfase universitario". Ya no tienes horarios, no existe la presión directa de los padres, a duras penas hay presión de estudios en los primeros años y la única cita a la que no falta nadie es a la fiesta.
Pues esta historia tiene lugar en la última salida de mi primer año con los compañeros de la residencia; la cosa empezó como siempre: primero unas cervezas con unas bravas en las brasas (un antro al que a todos nos han llevao engañados alguna vez y del que surgen leyendas como que se usa el cuchillo del jamón pa limpiar el filo del suelo de las puertas... menuda imaginación jajaj), después con el alcohol empezando a hacer efecto en nuestro organismo nos dirigimos a los bares donde el hecho de salir cada fin de semana ha dado lugar a camareros conocidos y consiguientes copas baratas, y por último terminar de dejarte el hígado en el "Casa Blanca" que es como se llamaba por aquella época, más conocido ahora como "el Doblon", siendo ahí de donde se sale perjudicado de forma bestial dada la gran calidad del alcohol servido en el local (puaaaj), y de ahi para la residencia a dormir (si es que no has conseguido a ninguna pájara a lo largo de toda la noche); pero en este caso ninguno de nosotros teniamos ganas de irnos a la cama, ya que al día siguiente tendríamos que despedirnos para volver a nuestras respectivas casas, con nuestros respectivos padres y nuestras respectivas costumbres aburridas.
Nos reunimos todos en los sofás comunitarios de la residencia para seguir la fiesta aunque la gente empezó a abandonar o en el mejor de los casos a quedarse dormida; fue entonces cuando se nos ocurrió la genial idea de mover el sofá con nuestro amigo medio en coma por los efectos del sueño y el alcohol, dejándolo puerta por puerta de cada habitación, llamando y esperando desde lejos ver la cara de la persona que abre la puerta y se encuentra con aquello (ajjaja).
Cuando lo repetimos varias veces, de las incontenibles risas nuestro amigo se acabó despertando, así que para seguir la fiesta sólo se nos ocurrió una última cosa: joder a aquellos que se fueron a dormir llamando a la puerta de forma agresiva y nada mas escuchar la apertura del cerrojo entrar todos del tirón gritando a la habitación. Así que fuimos a la puerta del que primero se fue a dormir de todos, que para mantener su identidad diré que se trata del "puto pank", donde entre 10 y 15 personas estaban preparadas para la gran intromisión de su actual morada; yo que estaba colocado de los primeros junto con otro compañero llamé a la habitación a puñetazos y patadas sin obtener en un principio respuesta, y nada más escuchar que la puerta se abria entramos todos gritando percatándonos de una gran sorpresa que nos acechaba: el suelo estaba cubierto de vómito y olía un pestazo inmundo y para colmo uno de nosotros tropezó con una zapatilla que giró innumerables veces encima de aquella papilla salpicando a todo aquel que estaba cerca con lo que se formó un angosto tapón entre los que tratábamos de salir y los que aun quedaban por entrar, un desastre.
Al día siguiente supimos que nuestro amigo se excusó ante sus padres con una "ingestión de comida en mal estado" jajajajajajajaj.

lunes, 2 de febrero de 2009

La primera trampa...

A lo largo de la vida de todo ser humano mediocre van surgiendo una serie de obstáculos que tenemos que superar para fortalecer nuestro sistema de defensa ante la sociedad, algunos se esfuerzan para obtener el máximo rendimiento y otros (la gran mayoría) intentan optar por la vía fácil: el engaño.
Esta es la historia de cómo una persona inteligente y muy capaz se deja influenciar por otra muy vaga y que creía que no había que esforzarse estudiando más de lo necesario para aprobar, el tipico niño imbecil que se creía más listo que los demás (es decir, yo).
Para que comprendais la historia de estos dos personajes, teneis que saber que desde un principio ambos estuvieron en la misma clase, consiguiendo grandes resultados, pero que con el paso del tiempo uno empezo a tener que esforzarse estudiando para seguir la línea de grandes notas y el otro optó por aprender el arte de copiar. Este segundo pequeñuelo consideró que no estaba lo suficientemente preparado para un examen de tecnología, y al ser este tan sencillo, pensó que un suspenso en aquella asignatura sería objeto de mofa general. Para su primera vez escribió en un papel de unos 10x10cm de tamaño las respuestas del examen con un tamaño de letra casi ilegible de lo diminuto que era, rematando el "papel de ayuda al examen" con cinta adhesiva (sin saber muy bien por qué, pensando que es lo que hacían los expertos en el campo). A la hora del la prueba, este chico se metió en el bolsillo aquel trozo de papel, y durante una larga hora de nervios, sudores y desesperación consiguió echar mano de él sin despertar sospecha alguna, lo que le fatídicamente le llevaría por el camino del arte de copiar.
Pasados unos años, el primer chico que aun estudiaba hasta reventar para cada examen veía como el otro obtenía los mismos resultados sin tener que esforzarse tanto, pero pensando que él mismo no sería capaz de copiar.
Llegado otro examen de evidente dificultad superior, el joven y legal alumno se vió acorralado entre los minutos previos a la hora de la prueba y el gran temario (lo que sin duda nos ha pasado a todos en algún momento). Después de meditarlo durante un rato, éste decide pedir consejo al chico al que había visto copiar más de una vez, para saber cómo tenia que escribir y dónde; trás varias advertencias del segundo chico que le indicaban que nunca sabes cómo vas a reaccionar en el momento de copiar, le enseño una vieja técnica de copia: "la hoja entre la carpeta y la mesa"; consiste en escribir lo más al borde posible de una hoja que simplemente tenía que ir haciendo asomar con una mano mientras se hace que se escribe con la otra.
El chico nervio entró en la clase y se sentó junto al consejero en un costado de la clase; una vez repartido el examen los nervios se apoderaron del novicio que cada vez llamaba más la atención sin poder controlarlo; pasaron unos cuantos minutos en los que se podía observar cómo la desesperación de aquel chico le llevó a echar mano de la famosa "chuleta", siendo tan torpe sacándola que tiró la carpeta al suelo con la hoja anexa y el profesor, como el resto de alumnos, presenció la escena y exclamo: "Por favor, ¿me puedes decir qué es eso que tienes ahi?", a lo que inexplicablemente el alumno respondió suspirando "oh oh..."
El castigo para el alumno no fue que le suspendieran aquel examen con un cero y una llamada a sus padres, sino que durante el resto de años que le quedaban en el colegio los crueles niños se mofarían constantemente de él repitiendo el grito de "oh oh..." durante las clases.

sábado, 24 de enero de 2009

El brasileño...

En los largos años de mi vida sólo puedo decir que tenga dos grandes pasiones que destacan sobre las demás: ver películas y comer. De ahí que durante mi primer año en la universidad asistiera tres veces por semana al cine y que sea muy habitual que asista con mis amigos a restaurantes de buffet libre.
Mi perdición fue conocer el restaurante brasileño; recuerdo que me hablaron de él como un lugar en el que si ibas una vez ya no preferirías ir a ningún otro restaurante de "come todo lo que puedas" a no ser que fuese otro brasileño que estuviese mas rico.
En este restaurante es en el único sitio en el que he puesto a prueba la capacidad de expansión de mi espacio estomacal; la mayoría de mis amigos veían lo de comer hasta reventarte como una tonteria, ¿para qué ese malestar innecesario tras un manjar? pensareis, pero mi cuerpo cuando empieza a comer es una máquina de no parar hasta tocar fondo. De mi grupo de catadores carnívoros, sólo había uno tan imbécil como yo como para retarme a ser la persona que más comiera de la mesa, con el pequeño matiz de que esta persona superaba los cien kilogramos de peso y yo a penas pasaba los sesentaycinco...
En mi vida sólo he vomitado dos veces por comer hasta reventar, y como estareis pensando, las dos fueron por haber comido con mi amigo en el maldito brasileño, aunque eso sí, siempre salía victorioso de aquel restaurante.
Centrandome en la pequeña anécdota, un día estabamos sentados cuatro amigos en el brasileño, como tantas veces hemos hecho, pero con la salvedad de que esta vez era yo quien tenía que pagar aquella cena en compensación de un favor que ahora no viene al caso, cosa que me iba a costar mínimo quince euros por cabeza.
Mientras engullíamos la comida, alguien comentó que había oido que si en un restaurante al terminar la cena pedías la hoja de reclamaciones normalmente no te cobraban la comida, pero nadie llegó a pensar que aquello tuviese alguna lógica.
Resulta que aquel día en el restaurante del monton enorme de gente que lo ocupaba, la carne que llegaba a nuestra mesa era escasa y en ocasiones estaba fría, así que comenzamos a tontear con la idea de pedir la hoja de reclamaciones. Entre risas decidimos que si en la próxima ronda no cambiaba el servicio nos quejaríamos al encargado, y así fue: llamamos la atención de la camarera más próxima a nuestra mesa para exigirle aquella hoja, y con los ojos húmedos y la piel blanco leche la chica nos pidió que la perdonásemos, que era su primer día de trabajo y que nos traería lo que nos hiciera falta; después de explicarle que el problema no tenía nada que ver con su eficiencia llamó al encargado, quien nos rogó que no la escribiesemos, prometiendo un excelente servicio en nuestra siguiente comida, así que acabamos retractándonos de la idea de escribir el papel.
Pedimos la cuenta al mismo encargado y dándonos las gracias nos entrego aquel papel donde ponía: "Cuatro cubiertos - 15€". Después de todo acabaron invitandonos a cenar a tres de nosotros, con lo que la invitación a mis tres amigos me salió lo más barata posible.
Moraleja: si quieres comida gratis sólo tienes que escupir en el plato y decir que la salsa especial del menú está en malas condiciones para tener una queja sólida.