lunes, 12 de enero de 2009

La pista de hielo...

En uno de los viajes que he hecho en mi vida alrededor del mundo, me fui con un grupo de personas a la costa oeste de Norte América, a Sacramento, durante un mes para aprender inglés conviviendo con una familia y dando clases por las mañanas.
En ese perriodo también realizabamos excursiones por los alrededores tales como viajes a San Francisco a visitar Alcatraz, ir a un parque de atracciones o subir al pico de una montaña a bañarte en una piscina de agua caliente.
Esto me ocurrió en este último lugar, era un sitio curioso ya que a la vez que podías bañarte en un jacuzzi o en una piscina y a menos de 20 metros patinar sobre una pista de hielo.
Para entender bien la anécdota he de decir que yo había estado patinando e incluso jugando al hockey en la federación malagueña, con lo que tenía los aires de buen patinador muy subidos (aunque en realidad en hielo no había patinado más de dos veces).
Resulta que despues de pegarnos el chapuzón en la piscina, los veinte o treinta compañeros de viaje nos dirigimos hacia la pista de hielo a colocarnos los patines y demás prendas para el frío; una vez en la pista me dí cuenta de que nadie, excepto dos o tres chavales mas pequeños que andaban por allí, tenía idea alguna de dar mas de dos pasos seguidos sin llegar a caerse, y yo, con los aires por las nubes y vacilando a todos mis amigos, empece a hacer el idiota por la pista.
De mi grupo únicamente había un chico asturiano que parecía saber defenderse en el hielo, y yo mas chulo que un ocho le reté a hacer las tipicas chorradas para ver quién se la pegaba primero.
Tras varios saltos y consiguientes caidas sin importancia, habíamos creado la espectación de todos los españoles, los cuales estaban atentos a cada parida que se nos ocurría. Mi amigo asturiano fue el siguiente en realizar un movimiento: se fue corriendo por toda la pista para coger velocidad mientras nosotros nos quedabamos esperando, y al llegar justo donde estabamos frenó en seco aunque de la forma clásica, con los pies cruzados. Al ver esa chorrada le dije a mi amigo que yo podía hacer lo mismo pero que llegando al final clavaría la franada con los dos pies en paralelo incando las cuchillas en el hielo (cosa que en hockey nos habían enseñado a hacer, pero que nunca había intentado en ese terreno), con lo que me dispuse a coger carrerilla y salí lanzado a bordear la pista.
Mientras iba cogiendo cada vez más velocidad, veía como las miradas de los presentes se fijaban en mí, y apreciando sus caras podía imaginar lo que estarían pensando todos por dentro: ¡vaya ostia se va a pegar este imbecil!; cuando quedaban unos veinte metros para llegar al punto donde se encontraban todos, recé todo lo que pude y más, y con un giro de cadera puse las cuchillas en paralelo y las inqué en el hielo de golpe...
Lo único que recuerdo a continuación fue recuperar el conocimiento estando tirado en el frío suelo mientras un barullo de gente me rodeaba y el monitor de vigilancia que en principio se encontraba en la otra punta de la pista estaba ahora arrodillado a mi lado moviendome la cabeza y preguntandome: "Are you okay?".
Por lo que me contaron luego mis amigos, tras incar las cuchillas en el hielo me fuí de bruces al suelo, y al pegar con la cabeza en el suelo me había quedado inconsciente (¡jajajja, vaya ostia!)

sábado, 3 de enero de 2009

El incidente en la obra...

Esta historia la escuché del marido de mi prima. Parece ser que en la empresa en la que él trabaja hay un personaje muy descuidado que no debe ser de los que mejor huela en el mundo por lo que me cuenta, y que además tiene la costumbre de llevar la garganta atascada, con lo que siempre anda carraspeando para intentar aliviarse, pero sin llegar a desacerse del tapón.
Resulta que otro compañero de trabajo muy simpático y bajito (un poca cosa), tenía que quedar con el molesto personaje para resolver unos problemas de una obra en la que estaban interviniendo; aquel día estaba nublado, el típico día fastidioso malagueño, y hacía mucho viento removiendo el polvoriento suelo del solar.
Estaban nuestros dos protagonistas en pie debatiendo sobre algún asunto, cuando el tipo alto y desagradable empieza a carraspear de nuevo; sin darle mas importancia el personaje bajito siguió comentando la obra dando alguna de sus opiniones para resolver el problema mientras el otro seguía y seguía revolviendo en su garganta cada vez con más entusiasmo; tanto fue el entusiasmo que le puso en aliviarse, que en uno de los esfuerzos se le escapó un escupitajo cargadito de flemas con tanta mala suerte, que con la racha de viento y a la vez estar el tipo bajito hablando, éste fue a parar directamente a la boca del segundo, el cual se lo tragó antes de darse cuenta del incidente.
Tras este desafortunado hecho, los dos protagonistas siguieron con la conversación como si nada hubiera ocurrido; el desafortunado tragador llamó horas más tarde a quien me contó esta historia entre palabras de angustia, definiendo el sabor del esputo como: "una bolita de alcanfor". (JajAJjjAJjaJAjaja!)

viernes, 2 de enero de 2009

El esquimal malagueño...

La historia que os voy a contar a continucación es una de las miles de anécdotas que han tenido ocasión en nuestro grupo de amigos en Málaga.
Cuando eramos algo más enanos, hace siete u ocho años, empezamos a hacer escapadas a Sierra Nevada para practicar snowboarding.
Al ser aun unos pequeñajos, y debido a que al mejor vehículo que aspirábamos entre todo el grupo era a una zip refrigerada por agua (más bien conocida como "zí refriherao por agua" entre los kinkis) teníamos que asistir a estas excursiones mediante la organización de una empresa de viajes llamada "Querkus".
Lo bueno y malo que tenía ir a la sierra de esta forma era que no teníamos que preocuparnos por nada, ya que ellos nos llevaban, nos prestaban el equipo, atendían cualquier problema y nos traían de vuelta, sin embargo la zona donde debíamos esperar para salir y para nuestra recogida a la vuelta era demasiado... conflictiva por decirlo así, y al salir el autobus a las siete o siete y media, teníamos que despertarnos antes de las seis para prepararnos y acudir al punto acordado.
Lo más molesto de ir a la sierra siempre es el equipo tan pesado con el que tienes que cargar en todo momento: botas de nieve, pantalones impermeables, camiseta térmica, sudadera de abrigo, chaquetón protector, guantes de nieve, bufanda o braga para el cuello, gafas de snowboard, gorro de lana y por último la mochila con bebida, comida y ropa seca, en fin, que tras caminar con todo el equipo dos pasos ya estabas sudando.
La cuestión es que durante la semana, en clase o por las tardes, fuimos organizando una de estas escapadas a las que se apuntaba bastante gente, no sólo uno o dos. Aquel día debíamos ser más de la cuenta, y no se cual fue el motivo por el que lo hicimos, pero al llegar el día previo a la excursión, cancelamos la salida para posponerla al siguiente fin de semana.
La cosa es que en mi grupo, como imagino que pasará en la mayoría, se trazan o cancelan los planes de la misma forma: el que lo decide llama a uno, este al siguiente y así hasta que todos están al tanto de la noticia (o por lo menos eso creíamos aquella vez). Resulta que por algún motivo todos creiamos haber llamado a quien nos tocaba, dejando a uno de nosotros al margen de la cancelación.
Para quien no lo sepa, en Málaga es muy normal que no haga apenas frío hasta muy entrado el invierno, cosa que no se daba en nuestra historia (es decir, hacía un calor de cojones). A las seis y media de la mañana del supuesto día de salida suena el timbre en la casa de uno de los que cancelaron el viaje; su madre, asustada por la hora, se acercó al telefonillo y preguntó de qué se trataba: el chaval al que no le habían avisado había ido andando algo más de un kilometro con el equipo puesto a pleno sol hasta llegar a donde siempre quedabamos para salir hacia el autobús, había despertado a toda la familia de mi otro amigo todo para escuchar un "¡pero tío que coño haces, si al final ninguno va a ir a la sierra!".
Y con las mismas con las que vino y con el cuerpo más sudado que un luchador de sumo, este pobre hombre tuvo que subir esta vez cuesta arriba la enorme cuesta kilométrica que le llevaba a su casa. (¡Que grande eres!)

sábado, 27 de diciembre de 2008

El explosivo...

Esta vez no tengo pensado relatar una historia cómica, sino más bien una anécdota por la que toda España tuvo que pasar el día del 11-M y que más adelante siguió con varias consecuencias.
En el año 2004 se vivía una intensidad social provocada por amenazas terroristas que atemorizaban al ciudadano tras haber presenciado el terrible atentado del 11-S en el 2001.
La mañana del 11 de marzo me dispuse a asistir a la universidad como hacía casi cada mañana, rutina de cinco minutos mas en cama, bajar tarde a desayunar y entrar tardísimo en clase; aquella mañana no creo que se me olvide nunca de la memoria: el día como otro cualquiera transcurría lentamente entre bostezos y cabezadas cuando entró por la puerta un bedel gritando el nombre de uno de mis compañeros; todos despertamos con la intromisión de aquel personaje tras escuchar que una madre estaba llamando muy preocupada a su hijo sin poder localizarlo.
En este momento se nos informó de lo que estaba pasando en Atocha: un tremendo atentado acabaría con la vida de numerosas personas inocentes de entre su mayoría jóvenes estudiantes. Todos llamamos rápidamente a nuestros conocidos en Madrid y comprendimos la agonía que había estado sufriendo aquella madre al llamar a su hijo el cual solía coger el cercanías o el autobus para ir a la universidad, con la suerte de que aquel día había tanta gente esperando para el tren que escogió la otra alternativa. (Ya se que todo el mundo conoce a alguien que aquella mañana no fue a clase y gracias a ello sigue vivo, pero en este caso el alumno era cercano a mí y me impactó la noticia).
Tras este atentado se sudedieron varios avisos de bomba en multitud de localidades españolas, de entre las cuales se encontraba mi universidad, sacándonos a todos de clase y residencias bajo dicha amenaza la cual resulto ser un farol.
Pero he aquí el grueso de la anécdota: las próximas vacaciones después del brutal atentado todos teníamos que pasar por atocha para volver a nuestras casas; en mi caso sólo quedaban billetes a primera hora el día de regreso, día en el que daban comienzo dichas vacaciones con la operación salida. Recuerdo que al llegar antes de las ocho de la mañana a atocha (primera vez en que asistía a la estación tras el atentado) me quede paralizado al ver el gran número de velas que la gente había depositado en recuerdo a sus seres queridos; fue tal la sensación de tristeza y comprensión por parte de los familiares afectados que era imposible evitar dejar escapar una lágrima por la mejilla mientras me imaginaba en aquella situación.
En ese día todo iba muy normal, los mismos desconocidos a diestra y sienstra, las mismas azafatas con bandejas de caramelos, los mismos cascos estropeados para ver una película antigua, etc.; al estar cansado por el madrugón dediqué la mayoría del viaje a acariciar la ventana con el lado de mi cara, y al llegar mis padres me dieron la terrible y fortuita noticia: ¡el tren en el que me había desplazado había pasado por encima de un artefacto explosivo que no había sido detonado!, cancelándose todas las salidas de trenes tras este.
Al escuchar la noticia me quedé de piedra, podíamos haber sido los pasajeros de aquel tren los siguientes en pasar a la historia como víctimas del terrorismo, pero gracias a que los malechores no tuvieron tiempo de terminar de armar la bomba hoy en día puedo seguir con mi familia y mis seres queridos.
Un abrazo y un recuerdo para todos aquellos que hacen de mi vida única, gracias.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

El accidente...

¡Hola de nuevo! Ya se que últimamente no he cumplido mi habitual rutina de escribir al menos una historia a la semana, así que a modo de compensación, os voy a contar una anecdota de las que vale la pena leer.
Esto creo que tuvo lugar hace un par de veranos; mis amigos y yo nunca hemos tenido un sitio para "juntarnos" en Málaga (que es como coloquialmente se conoce al acto de reunión en esta ciudad) y buscábamos algún lugar para tomarlo como zona en la que pasar el día vagueando; esta historia ocurrió en uno de esos lugares en período de prueba.
Una noche nos encontrabamos mis amigos y yo en este lugar cercano a la plaza de toros hablando de tonterias como solemos hacer y recuerdo que estabamos sentados en un banco cuando escuchamos un tremendo golpe cercano a nosotros; al girarnos nos cercioramos de que había ocurrido un accidente bastante grave donde un coche se llevó por delante a una moto con dos ocupantes, tras lo que éste sin pensarselo dos veces se dió a la fuga al haber sido el causante del accidente mientras nosotros nos dábamos cuenta de que se trataba de un matrimonio de avanzada edad.
Como todos estaréis pensando (cosa que nosotros tambien hicimos) aquellos hijos de mala madre por decirlo de alguna forma deberían llevarse su merecido; al acercanos más al lugar vimos que ninguno de los pasajeros de la motocicleta había salido gravemente perjudicado, y una vez llegar la policía nos dimos cuenta de lo mejor de esta historia: resulta que tan fuerte y aparatoso debió ser el choque, que en el impacto frontal del coche con la moto, éste perdió la matricula delantera, dejándola abandonada en mitad de la carretera, y era ahora el agente de policía el que la llevaba en la mano.
Me hubiese gustado saber qué fue de aquellos infractores, que seguramente se llevarían su merecido, pero hoy en día me contento con pensar en la cara que se les tuvo que quedar a tales señores al llegar a casa pensando haber salido impunes y darse cuenta de que no tenían la matrícula delantera del vehículo (¡¡H&st$@ P%t@!!)

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El cubo de basura...

Como supongo que a todos nos habrá pasado, para hacerse respetar en cualquier grupo siendo un pequeñajo se debían pasar una serie de pruebas estúpidas con las que normalmente los "mayores" del grupito se lo pasaban genial.
Con la edad de aproximadamente quince años, en mi barrio ya había crecido una nueva generación de chavales que luchaban por intentar pasar el rato con nosotros los "mayores"; para que pudieran estar con nosotros les pedíamos que hicieran cualquier tipo de chorradas, desde ir a comprarnos un chicle a un quiosco alejado hasta gastar bromas a los ciudadanos para nuestro disfrute.
Este es el caso en el que le pedimos a uno de estos jóvenes promesas de delincuencia que si quería recuperar su pelota debía realizar la siguiente prueba: tenía que introducirse en un pequeño cubo de basura de prácticamente su tamaño y esperar a que pasase un peatón por la acera donde éste se encontraba, y cuando esto ocurriese, salir del mismo levantando de un tirón la tapa y pegando un grito para asustar al pobre peatón.
Recuerdo que sólo hubo tres intentos más que suficientes para lograr que aquello se convirtiese en algo inolvidable: en el primero de los intentos le tocó el papel de víctima a una pobre ancianita que pasaba por allí a la salida de la iglesia; al pasar la anciana cercana al cubo el chaval de dentro salió de golpe, pero con tan mala suerte que la anciana ya había pasado de largo y gracias a su sordera ni se inmutó; en la segunda vimos que debíamos avisarle en el momento perfecto de la salida del cubo, con lo que nos inventamos una seña, un silbido que le hiciera entender al chico que era la hora de salir disparado; con esto le tocó el turno esta vez a un hombre de mediana edad normal y corriente que iba paseando hacia su casa que al pasar exactamente a un par de metros del cubo escuchó un silbido y a la vez presenció cómo un renacuajo salía derepente del cubo de basura gritando con tanto entusiasmo que inclinó el mismo de tal forma que todo su apoyo se fijó en las ruedas traseras, pegándose la ostia del siglo; pero lo mejor aún estaba por llegar: en el tercer intento vimos cómo un macarra del barrio se acercaba a la zona donde se encontraba el cubo con una bolsa de basura, directo hacia él; esta vez no tuvimos que hacer ninguna señal ya que tras estar esperando un rato en el interior de aquella caja de plástico maloliente, el hecho de abrir la tapadera hizo que nuestro pequeño superhéroe se levantase gritando: ¡aaaaaaaaaahhhhh!; el macarra se llevó tal susto que instintivamente le pegó un manotazo con la mano abierta en la mejilla derecha del chaval. Nosotros que habíamos observado la escena desde el interior de unos matorrales rompimos a carcajadas a la vez que salíamos corriendo de alli.
Después de este incidente al pobre chaval se le conoce como: "el ostia sorpresa".

viernes, 5 de diciembre de 2008

El aparejo en esquina belga...

Cordiales saludos aburridos seguidores. Esta vez os voy a hablar de un tema que por experiencia toda la gente cercana a mí puede reconocer que se me da muy bien, la "intromisión involuntaria inocente" o más comunmente conocida como "metedura de pata".
En mi primer año de universidad, en aquella época en la que pensabas que aún quedaban muchos años más por delante y que no te tenías por qué agobiar por cualquier asignatura, porque ya la aprobaría al año siquiente (mentira cochina, que llevo repitiendo alguna cinco añitos), se nos presentó al profesor de una de estas asignaturas: "Johnny English" (le llamaremos así para guardar su privacidad y evitar posibles denuncias que me llevarían a tener que escribir el blog con mi posible compañero de celda "Juani el Fleki" o "El Cachulo").
Este profesor parecía muy buen tío, de esos que cuando vés te inspira confianza y piensas: "esta asignatura me la saco con la gorra", pero como suele pasar ésto es sólo la primera impresión, a partir de ahi todo son complicaciones y examenes complicados.
Mi historia tiene lugar en el examen de Septiembre de ese año; llevaba toda una semana encerrado estudiandome la asignatura y me sabia el temario ya al pie de la letra, tanto que hasta el mismo día anterior al examen me fui al cine para celebrarlo.
Al llegar al examen nos dimos cuenta de lo que realmente es un examen de recuperación en Septiembre: una tapadera para aprobar a aquellos que tuvieron que suspender en Junio, ya que la complejidad del examen en comparación con el tiempo es exagerada; aun así, había hecho el examen lo mejor posible, aunque tenía un cabreo enorme por alguna de las preguntas del mismo y al salir de clase, mis compañeros y yo seguimos la rutina de ir a maldecir al profesor a cualquier parte, entrando en el servicio y orinando a la vez que gritabamos: "vaya mierda de examen, asi no aprueba ni dios", con tanta rabia que hasta acabé pegándole patadas a la pared mientras decía: "me cago en el puto aparejo belga y en el puto profesor, quien cojones iba a saber esa pregunta" (usando mi más educado lenguaje), cuando me di cuenta de que justo estaba entrando el profesor por la puerta, mirándome con cara sonriente y saludándome... imagináos que cara de idiota se me pudo quedar.
Como era de esperar, por más que recé para que aquel profesor no supiera mi nombre, mi examen estaba razonablemente suspenso, con lo que os aconsejo que si alguna vez salís de algún lugar cabreados con alguien, no insulteis al pobre hombre, símplemente pinchadle las ruedas del coche.