martes, 30 de junio de 2009

La litera...

Para los que han estado siguiendo las historias de mi blog recordaran que una vez hablé sobre el juego del "mamut" en un campamento realizado por el colegio.
Ese campamento estaba organizado en dos grandes bloques, el edificio de los chicos y el edificio de las chicas; a su vez, cada edificio estaba dividido en habitaciones, siendo estas las que nos unian a nuestros compañeros en todos los tipos de actividades diarias o nocturnas.
Las reglas básicas de este campamento eran los puntos; a lo largo de la estancia alli se irían concediendo puntos por buen comportamiento, limpieza y orden en las habitaciones, participación en las absurdas actividades propuestas y poco más.
Y en este momento os preguntareis: ¿y qué es lo que se obtiene al final de la excursión?, pues una mierda de premios inútiles estilo "mención de honor como campeón del campamento" (el que se inventó este tipo de bonificaciones debía de tener algun tipo de retraso, porque no conozco a nadie a quien le hiciera ilusión).
Como cabía esperar, ninguno de mi grupo hizo méritos para conseguir avanzar en esta lista de puntos, lo que nos convertía en el grupo más penoso de la historia del campamento, tanto que nuestra lista de puntos se quedo a cero mientras otros compañeros del colegio se esforzaban en mantener sus cuartos impolutos (¡bien por ellos!, seguro que ahora estarán super orgullosos de si mismos jaja).
Entrando ya en materia, esta historia relata un accidente peculiar, que en un principio quedó en una tonteria, pero podría haber pasado a males mayores.
Resulta que en mi habitación estabamos ocho personas repartidos en cuatro literas, siendo un servidor poseedor de la cama inferior de una de ellas. Para divertirnos aun más se nos ocurrió pegar las literas unas con otras, sin dejar espacios entre ellas y así poder sentarnos todos para comentar anécdotas del campamento como el gran pedo que soltó uno de nosotros el primer día que un profesor entró en la habitación para despertarnos.
Una de las noches en las literas, los dueños de las camas superiores decidieron divertirse de una forma diferente: acojonando a aquellos que ocupabamos las camas inferiores, dando saltos y moviendo aquel entramado de madera chirriante asegurado con cinta aislante.
Fue tal mi congoja por aquellos estruendos que sin pensarmelo me quité de enmedio, sentandome en la cama justo a mi siniestra, lo que hizo que su dueño intenara encarecidamente echarme de ella hasta que por fin se convenció de lo contrario: mi litera se partió literalmente por la mitad, y la cama de arriba se convirtió en la cama de abajo, dejandonos a todos boquiabiertos.
El chico que saltaba encima de mí se quedó paralizado pensando que yo aún seguía alli dentro, y si no llega a ser por mi cabezonería, miedo o ángel de la guarda, así habría sido.

sábado, 13 de junio de 2009

El mal de la bicicleta

Es curiosa la suerte que nos depara el destino; a unos nos hace fuertes, ágiles y competentes mientras que otros somos víctimas de la corrupción callejera o simples objetos manejados como títeres por el azar.
El siguiente relato tratará de hacer comprender no cuán peligrosas son las calles por las que vivimos, sino de cómo a una simple persona se le castiga repetidas veces para que aprenda que lo que intenta no es lo que está escrito para él.
Sobre el año 1993 me mudé a un nuevo barrio más tranquilo, donde sigo residiendo en veranos y navidades y fue allí el sitio en el que entre anécdotas cómicas y otras desastrosas me crié.
En ese barrio conocí a los que fueron mis amigos durante más de diez años, a los que veía día sí y día no, y como cabe esperar, siempre pasan mil historias que podría ponerme a relatar, pero me voy a centrar hoy sólamente en uno de esos amigos.
Cuando conocí a este chico era simplemente uno más de la pandilla; como a todos nos pasaba, cada uno teníamos una debilidad objeto de mofa por el grupo, pero sin llegar a tratar el tema con malicia; en su caso todo el mundo apreciaba que el pobre chaval estaba un poco sobrado de kilos (no mucho, pero había que sacarle alguna pega).
Este personaje, a parte de ser un poco mayor que los demás en edad y tamaño, era un amante del deporte, en concreto de la bicicleta; le podías preguntar por cualquier ciclista y cualquier etapa y se lo sabía todo al pie de la letra (aunque igual se lo inventaba y nosotros nunca lo comprobabamos jaja).
Es curioso como lo que más te gusta puede ser lo que no estés preparado para seguir; en su caso se trataba del ciclismo. En el primer año que residí en aquella zona cercana a la playa nos encontrabamos mi hermana, mi amigo "el entrado en carnes" y yo en la puerta de mi casa como cualquier dia pasando la tarde ensuciando las aceras con las cáscaras de pipas y las bicicletas tiradas en la calle. A lo largo de la tarde se acercó un viandante muy simpático que se sentó a hablar con nosotros; poco a poco nos fuimos dando cuenta de que aquel tipo tan simpático tenía algo sospechoso, y a medida que nos hablaba de su vida se nos aclaraban más las dudas de que no era trigo limpio.
Fue entonces cuando llegó el momento en que le pidió la bicicleta a mi amigo (al ser la más nueva y buena), quien tras negarse más de diez vecez acabo cediendo por pesadez; como era de esperar, vimos como aquel chaval subió por completo la cuesta de mi calle pero en vez de darse la vuelta y bajarla desapareció mientras tomaba la cruva.
Desconsolado por su pérdida, este chico le contó a sus padres lo ocurrido, y era tal la tristeza que desprendía que no tardaron más de un mes en comprarle otra.
Esta segunda bicicleta último modelo con cambios automáticos y freno de disco era la envidia de todo aquel que la veía; tan llamativa era que una noche alguien que se había fijado en ella entró en su casa y como si de un caramelo en la boca de un niño se tratase, desapareció.
Este pobre gafe no podía dar crédito de sus dos grandes pérdidas, cada vez más era objeto de burla en la pandilla, y esperando el entendimiento de sus padres pidió una tercera bicicleta por su cumpleaños.
La tercera bicicleta era más normalita, esperando no sobresaltar entre las demás, aunque igual de frágil; tanto era así que un día como otro cualquiera con más de diez bicicletas tiradas en la acera y ocupando parte de la calle, un coche que iba con demasiada prisa pasó sin contemplaciones por encima de una de ellas mientras todos estabamos despistados jugando con un balón.
Cuando nos acercamos corriendo a ver qué había pasado exactamente vimos que la bicicleta, ahora con forma de escultura artística, pertenecía de nuevo a nuestro gafado compañero; inevitáblemente todos nos echamos al suelo llorando de risa.
Es increible la cabezonería del ser humano, que después de demostrarte repetidas veces que algo no está hecho para uno mismo en vez de menguar ese deseo y darnos por vencidos hace que crezca y que nos obsesionemos hasta conseguirlo.
Supimos de este amigo que sus padres le dieron una última oportunidad cuando llegaron las fechas de pascua de ese mismo año. Todos esperabamos que por una vez el pobre tuviera algo más de suerte, y que aquella bicicleta llegase algun día a quedarse oxidada por el desuso, pero sin embargo esos no eran los planes del cómico destino; una tarde sentados en la calle como otra cualquiera mis amigos y yo reusamos el asistir a una excursion a la montaña con las bicicletas, a la que asistieron sólo la mitad de nosotros.
En esa excursion siempre se seguía la misma rutina: subida infernal hasta el pico más alto seguido de una bajada empinada y rapidísima por un estrecho camino de piedras creado por antiguos cortafuegos. Nunca le había pasado nada serio a ninguno de nosotros en aquella escapada hasta que esa misma tarde vimos llegar a lo que venía siendo una persona sin cara, solo arañazos y sangre abundante en la boca (el gafe) quien sin llegar a pararse del todo en dirección a su casa nos dijo: mi ultima bicicleta se quedo en el monte hecha una mierda tras la ostia que me he pegado, ¡que le den por culo al ciclismo!

jueves, 23 de abril de 2009

Rafting en California...

Hace cosa de un par de días soñé que estaba caminando por una ciudad que no había visto en mi vida, y era tal la magnitud de su belleza que me desperté pidiendo un lápiz a gritos para poder dibujarla. Se que os estareis preguntando "¿y que relación puede tener eso con hacer rafting fuera de España?", pues sinceramente no tiene ninguna, pero simplemente era un pequeño aperitivo para que os vayais haciendo a la idea de qué tipo de persona es la que se sitúa detrás de cada relato.
Como ya he comentado en la historia de los negratas, fui a California un verano a aprender inglés en una familia que me acogía durante un mes entero.
El siguiente día a nuestra llegada habían preparado una barbacoa en una increible casa americana que tenía prácticamente todo lo que a un adolescente se le pueda pasar por la cabeza comprar para su jardín: cancha de baloncesto, cama elástica, mesa de ping pong, piscina con cascada, máquinas recreativas..., en fín, una lista repleta de pasatiempos que ayudarían a que nos conocieramos los unos con los otros.
Cuando llegue a aquella casa, esperaba que estuvieran allí todos mis nuevos compañeros de viaje españoles, y en especial el único que realmente conocía de Málaga; como no ví más que dos coches en la entrada pensé que fuí de los primeros en llegar, hasta que me encontré con mi amigo en el enorme jardín pero con una curiosidad: el tío se encontraba vestido con una camiseta de propaganda, unos pantalones de pijama y unas zapatillas.
Mi primera reacción fue la de pensar "que tío mas grande que se viene aquí super cómodo a conocer a la gente, que dios", hasta que caí en la cuenta de que le había tocado vivir en aquella mansión.
Por suerte para mí, mi familia de acogida y la suya se llevaban bien, así que de vez en cuando nos escapábamos a realizar actividades juntos tales como ir a la bolera, centros comerciales, hacer waterboard (como surf pero enganchado a una lancha motora) o lo más divertido a lo que pudimos ir a hacer: rafting.
Para quien no esté familiarizado con este deporte quiero explicaros por encima en que consiste: se trata de una pequeña balsa en la que se encuentran seis personas sentadas (tres en cada lado) como principales remos y una séptima con mucha más experiencia que hacía de timón y guía, y el único objetivo es bajar la totalidad del río en el mejor estado físico posible.
Una vez allí nos colocaron por tamaño a ambos lados de la balsa para compensar las fuerzas, y mi amigo y yo nos encontrabamos sentados en segunda fila, uno a cada lado, con nuestras respectivas madres delante y nuetras dos hermanas detrás; la guía era una chica jóven que parecía que sabía lo que hacía, y hecho esto nos pusimos en marcha.
Al principio para cogerle el truco a remar de forma unitaria nos encontrabamos en una planicie del río, pensando por un momento que todo iba a ser así y que aquello iba a ser el mayor sufrimiento no por esfuerzo, sino por aburrimiento. Cuando empezamos a atravesar pequeñas bajaditas con piedras a los lados y la cosa iba cogiendo velocidad nos empezamos a emocionar con aquel deporte.
Tras unos treinta minutos remando, tirándonos al agua para refrescarnos y bajando rampitas pequeñas llegamos a un recóndito espacio lleno de balsas como la nuestra que se encontraban haciendo círculos evitando seguir adelante.
Resulta que en el camino habían dos sorpresas: dos bajadas tan profundas que se debían hacer tan sólo de una en una balsa, con los pasajeros sentados en el suelo en posición fetal y los remos en vertical para no hacerlos chocar con las grandes rocas de los lados. Eso sí que tenía emoción, y la pura realidad es que a todos se nos notaban dos grandes pelotas en la garganta subidas desde la entrepierna (incluso a las mujeres), pero si habíamos ido hasta allí no era para dar un rodeo y bajar el trecho a pie sosteniendo la balsa como hacían la mitad de los grupos; una vez examinada la bajada con detenimiento, nos dispusimos a ello y tomamos rumbo al estrecho recoveco por el que había que atravesar las rocas cogiendo la mayor velocidad que nuestros brazos alcanzaban.
Estando en la sinuosa bajada sentíamos cómo golpeábamos lateralmente las rocas a una velocidad de vértigo, y tras unos veinte segundos agónicos llenos de pura adrenalina llegar a tocar de nuevo el estado de planicie acuática hizo que de la emoción todos nos levantásemos para celebrar nuestro triunfo gritando con alegría.
El mal trago había pasado, todos nos sentíamos como unos auténticos héroes triunfantes, pero no habían pasado ni diez minutos más cuando llegamos a una nueva retención de balsas con la consiguiente bajada aún más peligrosa que la anterior...
Era tan importante la pendiente y tan complicado el recorrido de bajada que tuvimos que estudiar muy a fondo la manera de aproximarnos a ella. Una vez preparados y con alrededor de doscientas personas observando desde sus balsas o estando en tierra firme fuimos directos hacia el peligro y con decisión pensando "¡esta gente se va a enterar de que casta estan hechos los españoles!".
Entramos frenéticamente en aquel tobogán de piedra, siendo tanto el frenesí que nos fuimos directos contra la roca más grande del camino, frenándonos en seco y haciendo que los pasajeros traseros chocasen con nosotros y nosotros con los delanteros hasta estampar literalmente la cara contra la fría piedra. Lo siguiente que recuerdo es a nuestra monitora con una fractura a la altura de la rodilla intentando agarrarme para no seguir golpeándome con las rocas de la cascada... Cuando mi amigo y yo nos dimos cuenta del ridículo que habíamos hecho ante tanta espectación y estando con el cuerpo magullado y dolorido aunque intacto, nos echamos a reir como posesos a la vez que escuchabamos a la gente alrededor diciendo "is not funny!" jajaja.

lunes, 6 de abril de 2009

Viaje a Tarifa...

Dice un tal Murphy que cuando algo sale mal no te hundas, porque siempre puede ir a peor. A pesar de ser este personaje el causante de todas las desgracias que nos ocurren en nuestra rutina diaria, en esta frase tan profunda creo que se merece una ovación del público al conseguir animarnos incluso cuando pensamos que no podemos estar más jodidos, y es que siempre siempre siempre se puede ir a peor (y si eres de los que piensas que has tocado fondo como yo solía hacer consuelate pensando que todo lo que venga sólo sera para mejorar las cosas).
Esta es la historia de un viaje a las playas de Tarifa, donde todos rondábamos los dieciocho años en mi grupo de amigos, implicando esto las ganas de juerga por ser mayores de edad y la euforia de aquellos que habían conseguido sacarse el carnet de conducir.
Yo no fui de los primeros en conseguirlo (para que sacar el carnet y que te toque conducir un día de borrachera cuando ya tienes amigos que pringuen ¿no? jeje), y de mis amigos que ya lo tenían destacaban dos: uno con un coche bastante viejo e inseguro y con demasiada potencia (un Mazda) y otro con un nuevo y recien conseguido Toyota Corolla impecable, reluciente.
El conductor del nuevo coche también era novicio en esto de tener carnet, y como era de esperar, conducía como una viejecita esperando tener un accidente en cada esquina.
Llegado el espantoso calor de verano a la zona de la costa, decidimos darnos un capricho y viajar a Tarifa, una zona inmensa de playas y buen ambiente juvenil; sólo había un pequeño inconveniente: teníamos que convencer al conductor novel para que accediese a llevar su propio coche, ya que no cabíamos todos en el Mazda, llevando éste tan sólo tres días con el vehículo en su poder y estando sus padres de viaje en el extranjero, con lo que se les debería ocultar lo de viajar.
Tras muchas discusiones y palabrerías, este conductor decidió que llevaría su coche siempre y cuando fuera otra persona la que lo condujese, con lo que se ofreció su propia novia que tenía algo más de experiencia con el carnet.
Durante todo el viaje, los ocupantes del Mazda que nos encontrabamos situados justo detrás del Toyota, íbamos riendo y gastando bromas con la cara que podían poner los padres de nuestro amigo si su coche llegaba con algún arañazo en su primera semana. Cuando nos estabamos acercando a nuestro destino, nos dimos cuenta de que era tal la proximidad a la costa africana que hasta se podían sintonizar sus radios, y así fuimos unos minutos con la música árabe a toda ostia bailando y haciendo el imbecil dentro del coche mientras supe que en el coche delantero sólo se escuchaba: "vete más despacio", "cuidado con el coche delantero".
No más de veinte minutos después nos encontrabamos parados en una recta de poca velocidad con nuestros dos vehículos estampados entre sí; resulta que en aquella recta, el turismo que iba por delante de nuestro primer coche había frenado en seco tras realizar una maniobra prohibida de giro, haciendo frenar también por completo al Toyota y lo mismo con el Mazda.
La pega fue que el impresionante Toyota, con su nuevo sistema de frenado ABS había conseguido parar sin ningún peligro tras unos quince metros, evitando el contacto frontal con el coche más proximo, pero sin embargo el Mazda sin ABS, ni AIR-BAG, ni pastillas de freno en condiciones, fue directo contra el coche de nuestro amigo aun habiendo mantenido una alta distancia de seguridad; a los ocupantes de este último coche nos dió tiempo a repetir más de tres veces "no frena, nos la pegamos" mientras veíamos al coche deslizarse por la gravilla del asfalto.
Tras comprobar que todos nos encontrabamos en perfectas condiciones físicas, y sin estar orgulloso por ello, otro amigo y yo comenzamos a reir a carcajadas pensando en los padres del conductor novato (por lo visto se llama "risa post-traumática), cuando aún se encontraban los dos coches tan unidos entre ellos que no se sabía dónde empezaba uno y acababa el otro (sólo imaginaos la cara que pondríais si os ocurre esto en vuestra primera semana con carnet y coche jaja).
Todos observabamos espectantes el momento de fragmentación de aquel amasijo de hierro como si de la operación de separación entre dos hermanas siameses se tratase.
Cuando se produjo el movimiento del coche delantero todos nos quedamos boquiabiertos: la parte delantera del Mazda más que a un capó se parecía a un acordeón y sin embargo la parte trasera del Toyota estaba...¡impecable!, tan sólo tenía un pequeño rasguño imposible de percibir a más de un metro de distancia.
Como también dice Murphy, si algo puede salir mal, saldrá mal, pero en este caso me alegro de que así fuera, ya que de aquel accidente sacamos la conclusión de que podíamos confirmar que el Toyota Corolla era el coche más seguro del mundo, y más importante aún: si llegamos a tener un accidente serio con el Mazda seguramente esta historia no os habría llegado escrita mediante un blog, sino por medio de periódicos o necrológicas, ya que yo, como todos los ocupantes del vehículo, habríamos perecido inútilmente en el choque y de una anécdota graciosa pasaríamos a una catástrofe.

sábado, 4 de abril de 2009

American Niggers...

En mi primer viaje al continente de norte américa me cercioré de numerosos aspectos de la vida sobre el mundo en general y sobre mí mismo en particular.
La primera lección que me dió la vida es que si viajas por primera vez a un país donde sólo te pueden hablar en un idioma "estudiado durante años" sin ningún tipo de ayuda externa estas muy jodido.
En mi caso viajábamos un grupo de entre veinte y treinta chavales, todos sobre unos catorce o quince años de edad, con el fin de convivir un mes entero con una familia de acogida la cual no tenía ni el mínimo ápice de conocimiento del lenguaje castellano.
Cuando llegas definitivamente al lugar de recogida tras largas horas de aviones y autobuses (Málaga-Madrid, Madrid-Philadelphia, Philadelphia-Sacramento), con la mejor cara posible teniéndola desencajada por el viaje, tienes que decidir qué hacer al conocer a la familia: estrechar la mano (demasiado frío), abrazar (demasiado pegajoso) o dar dos besos (de esto no tenían ni puta idea), y tras pensarlo varias veces te decides a esperar su reacción, con lo que el saludo se queda en una escena de cuatro personas de pie que se conocen de forma ridícula sin ningún contacto físico, tan sólo un leve levantamiento de la cabeza amablemente y varios segundos la mar de incómodos.
De lo primero que te das cuenta al comenzar el trato con la familia es de que no tienes ni la más mínima idea de qué cojones te estarán intentando decir, con lo que sólo tienes en mente a toda la familia de tu profesor de inglés reunida; para más inri, yo tuve la gran suerte de que me tocó una "madre" gangosa, es decir, si ya es dificil hablar con un gangoso en castellano, imagináoslo en inglés y por primera vez (¡ña ña ñaña ña!), algo imposible .
Al llegar a casa haces uso de algunas de tus frases preparadas para quitarte de enmedio: "i'm so tired, i'm going to sleep", y así poder asimilar la nueva estancia.
Cuando pasan los días te das cuenta de que le vas cogiendo el truquillo a eso de la comunicación; igual al principio es más mímica que inglés, pero satisface por igual el poder entenderse.
Podría contar un montón de anécdotas del viaje a Sacramento, así que simplemente relataré la primera que se me ha venido en mente. En este viaje la cosa funcionaba así: por las mañanas acudíamos a "clases" con los demás compañeros españoles (entre comillas debido a que allí sólo hacíamos el paripé), después de almorzar siempre tenían organizado un pequeño viaje o actividad y de tarde-noche volvíamos a casa para estar con la familia.
Esta historia tiene lugar a la vuelta de uno de esos viajes para realizar actividades (creo recordar que se trataba de jugar al minigolf, pero a quién le importa ¿no? jaja), en la que tres chicos españoles y yo nos encontrabamos en un coche conducido por un americano (bastante palurdo el pobre joven).
Como era habitual poníamos la música que se nos antojaba, y siempre le decíamos al conductor que la subiera más y más hasta reirnos de ver cómo sufrían de lo alta que estaba; en esa misma tarde, con la música a toda ostia y parados en un semáforo nos quedamos perplejos cuando escuchamos un ruido más molesto aún que el nuetro propio que se acerca por nuestro costado hasta quedarse pegado a menos de un metro: era el típico coche de negratas superfumados que llevaban puesto hiphop americano distorsionado por el alto volumen, quienes se nos quedan mirando en plan desafiante.
En el asiento del copiloto se encontraba el más chulito de nosotros, un chaval que hacía boxeo, el cual apretó el botón de bajar la ventanilla del coche a la vez que nos preguntaba irónicamente: ¿qué pasará si bajo la ventanilla?; la primera reacción de los negratas fue la de preguntarle abiertamente "have you got a problem?" (¿tienes algún problema?), y acojonado aunque sonriendo volvió a accionar el mecanismo de la ventana pero esta vez para subirla.
El conductor pardillo que sabía mejor que nadie dónde nos estabamos metiendo pisó el acelerador a fondo nada más cambiar al verde el semáforo para dejar al "niggercar" detrás y llegar lo antes posible a la iglesia donde dábamos clase (en efecto, dabamos clase en una iglesia, que triste); la pena fue que el carrazo de los morenos tenía infinitamente más potencia que el nuestro, así que fueron detrás nuestra el resto del camino hasta llegar al aparcamiento, donde bloquearon la salida de nuestro coche con el suyo nada más estacionar, a la vez que salían un monton de gente desde dentro de aquel vehículo maldito con demasiados kilos de músculos y poca cara de amigos.
Fue el momento en que todos nosotros nos convertimos al catolicismo de forma directa rogándole a Dios por una salida sin llegar a verter nuestra sangre en el suelo de aquella capilla; acojonados, desde el interior del coche, vimos como nuestras plegarias salvaron la vida del conductor pardillo que intentaba persuadir a la pandilla de salvajes, consiguiendo que estos siguieran su propio camino después de estar amenazándonos unos angustiosos instantes.
A la semana siguiente nos enteramos que se trataba de una banda armada de afroamericanos relacionada con casos de extorsión, robos e incluso casos de homicídios sin resolver, que junto con el francotirador loco que andaba suelto por aquella época en Sacramento, hicieron de nuestro viaje un entretenido y agradable paseo por la ciudad, sabiendo que desde aquel día todos los ocupantes de nuestro vehículos habíamos vuelto a nacer.

viernes, 20 de marzo de 2009

El desmayo...

Hace cosa de un par de años mi vida iba sobre ruedas: empezaba el veranito, mis estudios estaban dando su fruto, tenía una lista repleta de amigos, acababa de empezar una relación con una chica y hasta llegué a comprarme un perro con ella en un arrebato de locura, quien ahora se dedica básicamente a traerme todo tipo de objetos que se encuentra en su camino (el perro, no ella jaja), es el conocido como "coco" o en sus orígenes "trescincuenta" por lo que ya os podeis imaginar.
Después de mantener mil y una conversaciones con esta chica nos dimos cuenta de algo absurdo: yo, un tipo corriente con apenas veintidós años, no me había hecho un análisis de sangre en toda mi vida como homo sapien, debido a mi gran temor por las jeringuillas, agujas o tambien conocidas como herramientas de la muerte.
Tras varios días dándole vueltas al tema, mi chica me llega a convencer de que saber cómo estas en tu interior es una cosa vital (me engañaron como a un bobo jajaj), así que deposité mi confianza en ella y le prometí acudir al hospital al día siguiente para realizarme las pruebas.
No se si os habreis hecho un análisis de sangre alguna vez, pero yo os quiero relatar mi punto de vista en cuanto al tema: primero tienes que madrugar sabiendo que un universitario siempre se acuesta a las tantas de la madrugada porque hay un horario definido donde sólo se hacen los análisis por la mañana; después, para más inri, tienes que ir en ayunas para no alterar el resultado de los análisis; más tarde llegas a una sala de espera sabiendo que al otro lado de la puerta en cualquier momento algún novicio en medicina saldrá a anunciarte que tiene permiso para atravesarte la vena con una aguja gorda para permitir un mayor fluido de la sangre y una vez allí, como si de un adicto a la heroína se tratara, te atan una goma al brazo y te dan golpecitos en la vena para hacer que resalte sobre la piel.
Yo soy tan tan listo, que el primer día que intenté cumplir mi promesa me desperté, recogí las tarjetas del seguro médico, me monté en el coche y una vez alli seguí la rutina de comerme una gominola de la bolsa eterna que ya se estaban poniendo rancias. Cuando mi novia presenció aquel instante se echó las manos a la cabeza y me dijo: eres increible, te vas a hacer unos análisis y te comes una gominola. Al darme cuenta me eché a reir y volvimos de nuevo a casa a continuar con las horas de sueño.
Nuevamente, al día siguiente hicimos otro nuevo intento, pero esta vez sin gominolas de por medio, y llegamos al hospital tan temprano que los viejitos de la zona aun seguían durmiendo. Nada más llegar me preguntan por mis razones en el hospital y sin ningún problema le explique que quería hacerme un análisis de sangre; lo primero que me replicaron fue: -¿tienes la receta del médico? -no señora, vengo por voluntad propia, -¿pero te encuentras mal? -no otra vez, pero resulta que nunca me he hecho uno de estos y quiero saber si todo va bien, -¿de verdad que quieres hacerte un análisis por voluntad propia? -así es, contesté mientras veía como aquella enfermera me miraba como si de un retrasado mental se tratase y yo miraba a mi novia pensando "¡te mato!".
Tras esta conversación sin importancia para el lector del blog, me dieron la buena noticia de que no había nadie esperando para pincharse, osea que ni si quiera tenía tiempo de mentalizarme (¡yuhuuuu!); sin más entré y como una niña de cinco años le dije a la enfermera: -señorita, le tengo pánico a las agujas, quien muy amablemente me apartó la cara y sin que me diera cuenta me contestó: -ya hemos terminado corazón. ¿Y ya está?, ¿tanto pánico para esto?, buah, si hace falta mañana mismo me hago otro.
Salí con la cabeza bien alta de aquel lugar orgullosísimo de mi mismo y en la entrada principal ví el letrero de "Urgencias". Como amí siempre me pasa algo, le propuse a mi novia ir a echarme un vistazo a unos gánglios cerca del estómago que dolían a rabiar, y ella gustosamente aceptó a acompañarme (porque no podía irse sin mí ya que yo era quien tenía el coche jaja). Una vez allí nos sentamos en la gran sala de espera repleta de gente enferma mientras yo seguía con mi algonocito en el brazo enseñándolo ogrulloso como señal de victoria.
Los minutos pasaban, el aburrimiento se apoderaba de mi y un mareo repentino pasó por mi cabeza sintiendo un calor insoportable; miré a la puerta de entrada y ví de forma muy borrosa el caminar de la gente que salía, y sin ningun temor le dije a mi chica: -me estoy mareando un poquito.
Lo siguiente que recuerdo fue estar en el suelo boca arriba con un enfermero levantandome las piernas y otros dándome ostias en la cara; al reaccionar me montaron en una silla de ruedas y me metieron en una habitación repleta de gérmenes a descansar un rato. Ya sé lo que estareis pensando: ¿cómo un tio grande, fuerte y musculoso como yo puede desmayarse con un pinchacito?, pues sí amigos míos, hasta los que vuelan más alto tienen que bajar alguna vez a tocar tierra.
En aquella confusión me había quedado incomunicado con mi niña y al no tener el móvil encima no pude preguntarle qué pasó exactamente. Cuando salí y la ví con cara asustadiza le di un abrazo fortísimo y de regreso a casa me contó que justo antes de desmayarme me ofreció un chicle, yo le dije que sí, y al intentar metermelo en la boca pensó que yo hacía el tonto porque la tenía cerrada,empecé a escurrirme por mi asiento hacia el suelo mientras ella intentaba sujetarme aparatosamente hasta llegar a darme un cogotazo con la cerámica. Se que ella lo pasó muy mal, así que desde aquí le mando un besazo y le doy las gracias como siempre lo haré por saber estar ahí para cuidarme.

domingo, 15 de marzo de 2009

Preguntas ¿sin respuestas?

Con frecuencia se me plantean dudas que aunque no existenciales me rondan la cabeza hasta hacerla estallar. Hoy ponemos sobre la mesa alguna de esas cuestiones y sugerimos algunas respuestas…

¿A qué sabe el cristal? ¿Por qué alguna gente huele a cebolla cuando suda? ¿Por qué a los zurdos les reservan la tercera fila en las clases de mi facultad mientras yo (que no veo un pijo, aún estudiando en Sevilla) me tengo que ir a la última fila? ¿Es que ser zurdo supone estar cegato? ¿Por qué nadie ayudó a Woody Allen a poner un título a “Vicky, Cristina, Barcelona”? ¿Tiene amigos Woody Allen? Y los padres, ¿de dónde vienen? ¿También la cigüeña? Si el Renault Scenic es un monovolumen, ¿el Clio es un mediovolumen? ¿y el Smart qué es? ¿Por qué teniendo tan tremendo patrimonio lingüístico, nuestras dos palabras más internacionales (fiesta y siesta) sólo varían en una letra? ¿Por qué cuando pensamos no nos suda la cabeza?

Preguntas absurdas requieren respuestas penosas...

El cristal, al no tener sabor, podemos afirmar contundentemente que sabe a agua, al igual que el plástico amarillo, los libros-guías sobre países y los dvds… También es aplicable a la famosa pregunta “¿a qué huelen las cosas que no huelen?” evidentemente, a agua. Sobre las preguntas siguientes, mejor dejo caer otras preguntas: ¿Cómo estamos tan seguros de que son las personas las que huelen a cebolla y no al revés? ¿Por qué no regalan gafas a los zurdos y que se sienten donde puedan? ¿Es que a Penélope se le ha olvidado su español? Si no es así, ¿va a ser verdad que Woody se ha quedado sin amigos?

Lo de los padres es inquietante… de cualquier modo, ¿para qué querríamos un monovolumen sin padres? ¿Usaríamos entonces ya por fin la palabra mediovolumen?

En cuanto a nuestra riqueza lingüística es fácil, los españoles somos así de vagos. Cuando tenemos que estar de pie queremos sentarnos, cuando tenemos que estar sentados queremos estar tumbados… ¡Si por ahorrarnos sudores innecesarios bajo el sol de verano nos ahorramos hasta el pensar!

Bueno, siempre nos quedará evitar quebraderos, aislarnos, comernos una papa caliente para salir del atolladero, darnos cuenta de lo mal que sienta semejante pedrada caliente en el estómago y esperar al siguiente fin de semana para pedirnos otra aun más caliente y más cargada de mayonesa...