miércoles, 28 de octubre de 2009

El Islote...

¿Qué es el miedo?,al tratarse de una sensación nadie sería capaz de describirlo con exactitud, pero lo que es aún más importante, ¿por qué cuando tenemos miedo somos capaces de realizar hazañas imposibles en el día a día del ser humano?.
Esta historia relata uno de esos actos sobrehumanos realizado por un servidor, no siendo éste el único por el que he pasado en mi vida.
Cuando vuelvo al pasado y trato de recordar como era mi vida entre los doce y los diecisiete años de edad sólo recuerdo travesuras y tiempo pasado en la calle, pero el mayor recuerdo superado por todos es el de intentar ser atracados repetidamente cada vez que salíamos del barrio.
Entre esta multitud de actos deleznables contra mi persona me gustaría destacar uno altamente relacionado con el tema de este relato: el miedo; estábamos dos amigos y yo en una feria en el centro de Málaga (no en la feria principal), donde había una diversidad de atracciones y entretenimiento juvenil. Al salir concretamente de los coches de choque nos cruzamos con el típoco grupito malagueño de gentuza, de entre los cuales uno se me acerco como un perro a una chuleta cuando escuchó el tintineo de las monedas que yo llevaba encima. Éste realizó el ritual clásico del atracador empezando por cigarrito, luego eurito y más adelante o la cartera o te doy un "gayuflón" carapán (jerga delincuente malagueña). En cuanto pudimos, a la salida de la feria, mis amigos y yo salimos corriendo atravesando el gran parkin en dirección a la salida del mismo, pero era tal la presión que yo tenía encima que trás veinte metros ya había dejado atrás a mis dos compañeros a la vez que me percataba que la lacra social seguía corriendo detrás mía; en el momento en que recordé que a la salida de la feria había un vigilante de seguridad dí un rodeo enorme y me puse de nuevo a salvo bajo su vigilancia. (ni el mismisimo Usain Bolt me habría superado en esos cien metros).
Después de esta breve reseña, os voy a intentar transimitir de la mejor forma posible el mayor miedo que he llegado a sentir en mi vida.
Curiosamente, nos encontrábamos los mismos personajes de la anécdota citada pero esta vez en un islote cercano a la orilla del mar, justo en los Baños del Carmen. A todo crío de esa edad le da por hacer cualquier cosa estúpida que se le pasa por la cabeza, desde tirolina con una cuerda y un arnés hasta bucear en las profundidades de alta mar.
A este islote acostumbrábamos ir a pasar el rato en los calurosos días de verano, unas veces para pescar, otras para bucear y nadar, o incluso todo a la vez (sí, alguna vez nos hemos enredado en el anzuelo de algún compañero).
En fín, este era un pedrusco de unos trés metros de diámetro y que sobresalía del agua más o menos metro y medio. Como ya he dicho, entre los tres amigos sólo poseíamos un equipo de buzo, con lo que nos turnábamos para investigar los alrededores de aquel peñasco.
Después de esperar a pescar algo desesperadamente y sin suerte, y recordando una y otra vez las palabras de mi padre en mi cabeza: "hijo, cuida bien de mi caña de pescar que sólo tengo una y son muy caras" lancé hacia atrás el anzuelo para coger impulso sin darme cuenta de que se había encallado en la piedra, con lo que al intentar soltarlo hacia delante con las mismas ganas que un niño tiene de levantarse el día de los reyes magos, la magníca y única caña de pescar se partió por la mitad como si del mar rojo con Moisés se tratase; entonces decidí que era mi turno para bucear.
Una vez con el equipo de buceo me lancé al agua aún con la imagen de la caña por la mitad; ahi se encontraban las mismas piedrecitas, conchas, algas y recovecos de siempre, con lo que decidí alejarme un poco más para relajarme visualizando material nuevo.
Tras quince o veinte minutos en el agua, y a unos treinta metros del islote maligno escucho voces de angustia por parte de mis amigos; saco la cabeza del agua y miro hacia ellos y escucho: ¡está detrás de tí! Cuando giré la cabeza hacia alta mar visualicé una especie de aleta no a mucha distancia de mi situación, y sin pensarmelo dos veces nadé apresuradamente hacia el pedrusco para intentar salvar mi propia vida.
Fueron los treinta metros más angustiosos de mi vida, y os puedo decir que en lo único que pensaba era: no me va a dar tiempo a llegar y el islote es demasiado alto para subirlo por delante, estoy acabado.
Al llegar a él, y sin saber bien cómo, mi cuerpo reaccionó como una maquina perfecta de escalar y trepé a la cima en cuestion de uno o dos segundos, teniendo encima aún el equipo de buceo, es decir, gafas, tubo, neopreno y aletas en los piés, lo que para nada fue un impedimento en mi ascenso.
Una vez arriba mis amigos se estaban descojonando en mi cara; resulta que aquella "aleta" que yo visualicé cerca mía no era nada más y nada menos que el tubo negro de un buceador profesional.
Después del mal trago y entre risas mis amigos no se podían creer mi forma de llegar a la cima de aquella piedra aislada en el mar, con lo que una y otra vez intentaron repetir el mismo proceso auqnue de manera ineficiente.
¡Que viva el poder del acojone!

lunes, 19 de octubre de 2009

El Mueble de Cocina...

Una vez más, me postro ante ustedes para regalarle otra historia divertida de mi vida de la que pude haber salido mal parado, pero que por la suma de varios factores se impidió un desastre total.
Estaba otra vez en esa époga gilipollas de la vida donde todos nos creemos inmortales e invulnerables y no hacemos otra cosa que probar nuestra suerte una y otra vez con acciones estúpidas tales como "a ver quién salta desde el sitio mas alto", "a ver quién es capaz de bajar una cuesta más rapido" o incluso "a ver quién se atreve a burlar a aquel pobre guardia de seguridad cuyas habilidades motrices dejaban mucho que desear".
Pero todos hemos sido niños alguna vez, y el que lo niegue os aseguro que está mintiendo (excepto ese calvo de la lotería, al que recuerdo extrañamente igual desde que tenía uso de razón), y aunque nuestros padres nos hayan intentado dar una educación ejemplar siempre conseguimos tergiversar sus enseñanzas para un fin malvado.
Esta es la historia de cómo por más que desde pequeños nos digan: no hagas esto que te vas a caer, nosotros vamos y lo hacemos, y por consiguiente, nos damos la hostia.
Volvíamos mis amigos y yo de hacer alguna locura callejera, la verdad no recuerdo cuál exactamente, pero sería algo como lanzar piñitas desde algun tejado a los viandantes, marear al viejo del kiosko con algún chicle de marca inexistente o dar vueltas por el supermercado cada uno por un pasillo toqueteando todo y volviendo loco al vigilante. Entramos en mi casa para reponer fuerzas y fuimos directos a la cocina a merendar como si de los niños huérfanos de la India se tratase, tras pasar junto a mi madre la cual se encontraba pegada al telefono fijo discutiendo con algún vendedor por llamarle una y otra vez.
Una vez en la cocina mis dos amigos famélicos fueron directos a por las galletas y las magdalenas mientras que yo me encargaba de encontrar la leche. Una vez con el maldito cartón cerrado como un demonio buscaba los vasos de cristal a la vez que me cercioré de que ahora se encontraban en lo más alto del mueble de la cocina, siendo este el mayor de mis problemas al ser un servidor el mayor retaco posible.
Pero para esto el gran creador del ser humano nos brindó con una potentísima herramienta: el cerebro, aquella masa gris que te hace pensar en cosas inútiles tales como "si me subo aquí fijo que llego allí".
Pues eso hice, me armé de valor y con toda mi decisión puse un pié en el saliente de media altura de aquel armario con puertas de cristal, y cuando ya subía el otro pie creyéndome mi gran victoria sobre aquella situación, me di cuenta de que no era un mueble de gran altura, sino que desde el principio de los tiempos de aquella máquina de matar no era una única pieza sino dos, una colocada encima de otra.
Mi cuerpo quedó flotando en el aire como el efecto "slowmotion" de una película a la vez que caía de espaldas al suelo seguido por un enorme y aparatoso mueble de madera y vidrio de aproximadamente tres o cuatro veces mi peso corporal de aquel momento.
Justo antes del momento "matrix" por casualidad me aferré con tantas ganas al mueble que una de las puertas consiguió abrirse, lo que permitió el desprendimiento de toda una vajilla de platos, vasos, cubiertos y demás utensilios cerámicos o de cristal cayesen directamente encima de mi cara, pecho, brazos y piernas.
Mi madre que se encontraba justo sentada a medio metro de la escena protagonista soltó el telefono de un grito y se temió lo peor al verme debajo de la montaña de madera, a la vez que intentaba levantarla con la ayuda de mis dos amigos.
Milagrosamente, aquel acto reflejo de abrir la puerta a parte de arrojarme la vajilla al completo de sopetón, sirvió para frenar la caida del mueble contra mi cuerpo, actuando de tope como si un puntal de obra se tratase. Lo creais o no, después de aquella caida mi cuerpo no sufrió un sólo rasguño y una vez más puedo decir que vivo para contarlo. ¡Gracias extraño hombre calvo de la lotería que me da suerte!

martes, 30 de junio de 2009

La litera...

Para los que han estado siguiendo las historias de mi blog recordaran que una vez hablé sobre el juego del "mamut" en un campamento realizado por el colegio.
Ese campamento estaba organizado en dos grandes bloques, el edificio de los chicos y el edificio de las chicas; a su vez, cada edificio estaba dividido en habitaciones, siendo estas las que nos unian a nuestros compañeros en todos los tipos de actividades diarias o nocturnas.
Las reglas básicas de este campamento eran los puntos; a lo largo de la estancia alli se irían concediendo puntos por buen comportamiento, limpieza y orden en las habitaciones, participación en las absurdas actividades propuestas y poco más.
Y en este momento os preguntareis: ¿y qué es lo que se obtiene al final de la excursión?, pues una mierda de premios inútiles estilo "mención de honor como campeón del campamento" (el que se inventó este tipo de bonificaciones debía de tener algun tipo de retraso, porque no conozco a nadie a quien le hiciera ilusión).
Como cabía esperar, ninguno de mi grupo hizo méritos para conseguir avanzar en esta lista de puntos, lo que nos convertía en el grupo más penoso de la historia del campamento, tanto que nuestra lista de puntos se quedo a cero mientras otros compañeros del colegio se esforzaban en mantener sus cuartos impolutos (¡bien por ellos!, seguro que ahora estarán super orgullosos de si mismos jaja).
Entrando ya en materia, esta historia relata un accidente peculiar, que en un principio quedó en una tonteria, pero podría haber pasado a males mayores.
Resulta que en mi habitación estabamos ocho personas repartidos en cuatro literas, siendo un servidor poseedor de la cama inferior de una de ellas. Para divertirnos aun más se nos ocurrió pegar las literas unas con otras, sin dejar espacios entre ellas y así poder sentarnos todos para comentar anécdotas del campamento como el gran pedo que soltó uno de nosotros el primer día que un profesor entró en la habitación para despertarnos.
Una de las noches en las literas, los dueños de las camas superiores decidieron divertirse de una forma diferente: acojonando a aquellos que ocupabamos las camas inferiores, dando saltos y moviendo aquel entramado de madera chirriante asegurado con cinta aislante.
Fue tal mi congoja por aquellos estruendos que sin pensarmelo me quité de enmedio, sentandome en la cama justo a mi siniestra, lo que hizo que su dueño intenara encarecidamente echarme de ella hasta que por fin se convenció de lo contrario: mi litera se partió literalmente por la mitad, y la cama de arriba se convirtió en la cama de abajo, dejandonos a todos boquiabiertos.
El chico que saltaba encima de mí se quedó paralizado pensando que yo aún seguía alli dentro, y si no llega a ser por mi cabezonería, miedo o ángel de la guarda, así habría sido.

sábado, 13 de junio de 2009

El mal de la bicicleta

Es curiosa la suerte que nos depara el destino; a unos nos hace fuertes, ágiles y competentes mientras que otros somos víctimas de la corrupción callejera o simples objetos manejados como títeres por el azar.
El siguiente relato tratará de hacer comprender no cuán peligrosas son las calles por las que vivimos, sino de cómo a una simple persona se le castiga repetidas veces para que aprenda que lo que intenta no es lo que está escrito para él.
Sobre el año 1993 me mudé a un nuevo barrio más tranquilo, donde sigo residiendo en veranos y navidades y fue allí el sitio en el que entre anécdotas cómicas y otras desastrosas me crié.
En ese barrio conocí a los que fueron mis amigos durante más de diez años, a los que veía día sí y día no, y como cabe esperar, siempre pasan mil historias que podría ponerme a relatar, pero me voy a centrar hoy sólamente en uno de esos amigos.
Cuando conocí a este chico era simplemente uno más de la pandilla; como a todos nos pasaba, cada uno teníamos una debilidad objeto de mofa por el grupo, pero sin llegar a tratar el tema con malicia; en su caso todo el mundo apreciaba que el pobre chaval estaba un poco sobrado de kilos (no mucho, pero había que sacarle alguna pega).
Este personaje, a parte de ser un poco mayor que los demás en edad y tamaño, era un amante del deporte, en concreto de la bicicleta; le podías preguntar por cualquier ciclista y cualquier etapa y se lo sabía todo al pie de la letra (aunque igual se lo inventaba y nosotros nunca lo comprobabamos jaja).
Es curioso como lo que más te gusta puede ser lo que no estés preparado para seguir; en su caso se trataba del ciclismo. En el primer año que residí en aquella zona cercana a la playa nos encontrabamos mi hermana, mi amigo "el entrado en carnes" y yo en la puerta de mi casa como cualquier dia pasando la tarde ensuciando las aceras con las cáscaras de pipas y las bicicletas tiradas en la calle. A lo largo de la tarde se acercó un viandante muy simpático que se sentó a hablar con nosotros; poco a poco nos fuimos dando cuenta de que aquel tipo tan simpático tenía algo sospechoso, y a medida que nos hablaba de su vida se nos aclaraban más las dudas de que no era trigo limpio.
Fue entonces cuando llegó el momento en que le pidió la bicicleta a mi amigo (al ser la más nueva y buena), quien tras negarse más de diez vecez acabo cediendo por pesadez; como era de esperar, vimos como aquel chaval subió por completo la cuesta de mi calle pero en vez de darse la vuelta y bajarla desapareció mientras tomaba la cruva.
Desconsolado por su pérdida, este chico le contó a sus padres lo ocurrido, y era tal la tristeza que desprendía que no tardaron más de un mes en comprarle otra.
Esta segunda bicicleta último modelo con cambios automáticos y freno de disco era la envidia de todo aquel que la veía; tan llamativa era que una noche alguien que se había fijado en ella entró en su casa y como si de un caramelo en la boca de un niño se tratase, desapareció.
Este pobre gafe no podía dar crédito de sus dos grandes pérdidas, cada vez más era objeto de burla en la pandilla, y esperando el entendimiento de sus padres pidió una tercera bicicleta por su cumpleaños.
La tercera bicicleta era más normalita, esperando no sobresaltar entre las demás, aunque igual de frágil; tanto era así que un día como otro cualquiera con más de diez bicicletas tiradas en la acera y ocupando parte de la calle, un coche que iba con demasiada prisa pasó sin contemplaciones por encima de una de ellas mientras todos estabamos despistados jugando con un balón.
Cuando nos acercamos corriendo a ver qué había pasado exactamente vimos que la bicicleta, ahora con forma de escultura artística, pertenecía de nuevo a nuestro gafado compañero; inevitáblemente todos nos echamos al suelo llorando de risa.
Es increible la cabezonería del ser humano, que después de demostrarte repetidas veces que algo no está hecho para uno mismo en vez de menguar ese deseo y darnos por vencidos hace que crezca y que nos obsesionemos hasta conseguirlo.
Supimos de este amigo que sus padres le dieron una última oportunidad cuando llegaron las fechas de pascua de ese mismo año. Todos esperabamos que por una vez el pobre tuviera algo más de suerte, y que aquella bicicleta llegase algun día a quedarse oxidada por el desuso, pero sin embargo esos no eran los planes del cómico destino; una tarde sentados en la calle como otra cualquiera mis amigos y yo reusamos el asistir a una excursion a la montaña con las bicicletas, a la que asistieron sólo la mitad de nosotros.
En esa excursion siempre se seguía la misma rutina: subida infernal hasta el pico más alto seguido de una bajada empinada y rapidísima por un estrecho camino de piedras creado por antiguos cortafuegos. Nunca le había pasado nada serio a ninguno de nosotros en aquella escapada hasta que esa misma tarde vimos llegar a lo que venía siendo una persona sin cara, solo arañazos y sangre abundante en la boca (el gafe) quien sin llegar a pararse del todo en dirección a su casa nos dijo: mi ultima bicicleta se quedo en el monte hecha una mierda tras la ostia que me he pegado, ¡que le den por culo al ciclismo!

jueves, 23 de abril de 2009

Rafting en California...

Hace cosa de un par de días soñé que estaba caminando por una ciudad que no había visto en mi vida, y era tal la magnitud de su belleza que me desperté pidiendo un lápiz a gritos para poder dibujarla. Se que os estareis preguntando "¿y que relación puede tener eso con hacer rafting fuera de España?", pues sinceramente no tiene ninguna, pero simplemente era un pequeño aperitivo para que os vayais haciendo a la idea de qué tipo de persona es la que se sitúa detrás de cada relato.
Como ya he comentado en la historia de los negratas, fui a California un verano a aprender inglés en una familia que me acogía durante un mes entero.
El siguiente día a nuestra llegada habían preparado una barbacoa en una increible casa americana que tenía prácticamente todo lo que a un adolescente se le pueda pasar por la cabeza comprar para su jardín: cancha de baloncesto, cama elástica, mesa de ping pong, piscina con cascada, máquinas recreativas..., en fín, una lista repleta de pasatiempos que ayudarían a que nos conocieramos los unos con los otros.
Cuando llegue a aquella casa, esperaba que estuvieran allí todos mis nuevos compañeros de viaje españoles, y en especial el único que realmente conocía de Málaga; como no ví más que dos coches en la entrada pensé que fuí de los primeros en llegar, hasta que me encontré con mi amigo en el enorme jardín pero con una curiosidad: el tío se encontraba vestido con una camiseta de propaganda, unos pantalones de pijama y unas zapatillas.
Mi primera reacción fue la de pensar "que tío mas grande que se viene aquí super cómodo a conocer a la gente, que dios", hasta que caí en la cuenta de que le había tocado vivir en aquella mansión.
Por suerte para mí, mi familia de acogida y la suya se llevaban bien, así que de vez en cuando nos escapábamos a realizar actividades juntos tales como ir a la bolera, centros comerciales, hacer waterboard (como surf pero enganchado a una lancha motora) o lo más divertido a lo que pudimos ir a hacer: rafting.
Para quien no esté familiarizado con este deporte quiero explicaros por encima en que consiste: se trata de una pequeña balsa en la que se encuentran seis personas sentadas (tres en cada lado) como principales remos y una séptima con mucha más experiencia que hacía de timón y guía, y el único objetivo es bajar la totalidad del río en el mejor estado físico posible.
Una vez allí nos colocaron por tamaño a ambos lados de la balsa para compensar las fuerzas, y mi amigo y yo nos encontrabamos sentados en segunda fila, uno a cada lado, con nuestras respectivas madres delante y nuetras dos hermanas detrás; la guía era una chica jóven que parecía que sabía lo que hacía, y hecho esto nos pusimos en marcha.
Al principio para cogerle el truco a remar de forma unitaria nos encontrabamos en una planicie del río, pensando por un momento que todo iba a ser así y que aquello iba a ser el mayor sufrimiento no por esfuerzo, sino por aburrimiento. Cuando empezamos a atravesar pequeñas bajaditas con piedras a los lados y la cosa iba cogiendo velocidad nos empezamos a emocionar con aquel deporte.
Tras unos treinta minutos remando, tirándonos al agua para refrescarnos y bajando rampitas pequeñas llegamos a un recóndito espacio lleno de balsas como la nuestra que se encontraban haciendo círculos evitando seguir adelante.
Resulta que en el camino habían dos sorpresas: dos bajadas tan profundas que se debían hacer tan sólo de una en una balsa, con los pasajeros sentados en el suelo en posición fetal y los remos en vertical para no hacerlos chocar con las grandes rocas de los lados. Eso sí que tenía emoción, y la pura realidad es que a todos se nos notaban dos grandes pelotas en la garganta subidas desde la entrepierna (incluso a las mujeres), pero si habíamos ido hasta allí no era para dar un rodeo y bajar el trecho a pie sosteniendo la balsa como hacían la mitad de los grupos; una vez examinada la bajada con detenimiento, nos dispusimos a ello y tomamos rumbo al estrecho recoveco por el que había que atravesar las rocas cogiendo la mayor velocidad que nuestros brazos alcanzaban.
Estando en la sinuosa bajada sentíamos cómo golpeábamos lateralmente las rocas a una velocidad de vértigo, y tras unos veinte segundos agónicos llenos de pura adrenalina llegar a tocar de nuevo el estado de planicie acuática hizo que de la emoción todos nos levantásemos para celebrar nuestro triunfo gritando con alegría.
El mal trago había pasado, todos nos sentíamos como unos auténticos héroes triunfantes, pero no habían pasado ni diez minutos más cuando llegamos a una nueva retención de balsas con la consiguiente bajada aún más peligrosa que la anterior...
Era tan importante la pendiente y tan complicado el recorrido de bajada que tuvimos que estudiar muy a fondo la manera de aproximarnos a ella. Una vez preparados y con alrededor de doscientas personas observando desde sus balsas o estando en tierra firme fuimos directos hacia el peligro y con decisión pensando "¡esta gente se va a enterar de que casta estan hechos los españoles!".
Entramos frenéticamente en aquel tobogán de piedra, siendo tanto el frenesí que nos fuimos directos contra la roca más grande del camino, frenándonos en seco y haciendo que los pasajeros traseros chocasen con nosotros y nosotros con los delanteros hasta estampar literalmente la cara contra la fría piedra. Lo siguiente que recuerdo es a nuestra monitora con una fractura a la altura de la rodilla intentando agarrarme para no seguir golpeándome con las rocas de la cascada... Cuando mi amigo y yo nos dimos cuenta del ridículo que habíamos hecho ante tanta espectación y estando con el cuerpo magullado y dolorido aunque intacto, nos echamos a reir como posesos a la vez que escuchabamos a la gente alrededor diciendo "is not funny!" jajaja.

lunes, 6 de abril de 2009

Viaje a Tarifa...

Dice un tal Murphy que cuando algo sale mal no te hundas, porque siempre puede ir a peor. A pesar de ser este personaje el causante de todas las desgracias que nos ocurren en nuestra rutina diaria, en esta frase tan profunda creo que se merece una ovación del público al conseguir animarnos incluso cuando pensamos que no podemos estar más jodidos, y es que siempre siempre siempre se puede ir a peor (y si eres de los que piensas que has tocado fondo como yo solía hacer consuelate pensando que todo lo que venga sólo sera para mejorar las cosas).
Esta es la historia de un viaje a las playas de Tarifa, donde todos rondábamos los dieciocho años en mi grupo de amigos, implicando esto las ganas de juerga por ser mayores de edad y la euforia de aquellos que habían conseguido sacarse el carnet de conducir.
Yo no fui de los primeros en conseguirlo (para que sacar el carnet y que te toque conducir un día de borrachera cuando ya tienes amigos que pringuen ¿no? jeje), y de mis amigos que ya lo tenían destacaban dos: uno con un coche bastante viejo e inseguro y con demasiada potencia (un Mazda) y otro con un nuevo y recien conseguido Toyota Corolla impecable, reluciente.
El conductor del nuevo coche también era novicio en esto de tener carnet, y como era de esperar, conducía como una viejecita esperando tener un accidente en cada esquina.
Llegado el espantoso calor de verano a la zona de la costa, decidimos darnos un capricho y viajar a Tarifa, una zona inmensa de playas y buen ambiente juvenil; sólo había un pequeño inconveniente: teníamos que convencer al conductor novel para que accediese a llevar su propio coche, ya que no cabíamos todos en el Mazda, llevando éste tan sólo tres días con el vehículo en su poder y estando sus padres de viaje en el extranjero, con lo que se les debería ocultar lo de viajar.
Tras muchas discusiones y palabrerías, este conductor decidió que llevaría su coche siempre y cuando fuera otra persona la que lo condujese, con lo que se ofreció su propia novia que tenía algo más de experiencia con el carnet.
Durante todo el viaje, los ocupantes del Mazda que nos encontrabamos situados justo detrás del Toyota, íbamos riendo y gastando bromas con la cara que podían poner los padres de nuestro amigo si su coche llegaba con algún arañazo en su primera semana. Cuando nos estabamos acercando a nuestro destino, nos dimos cuenta de que era tal la proximidad a la costa africana que hasta se podían sintonizar sus radios, y así fuimos unos minutos con la música árabe a toda ostia bailando y haciendo el imbecil dentro del coche mientras supe que en el coche delantero sólo se escuchaba: "vete más despacio", "cuidado con el coche delantero".
No más de veinte minutos después nos encontrabamos parados en una recta de poca velocidad con nuestros dos vehículos estampados entre sí; resulta que en aquella recta, el turismo que iba por delante de nuestro primer coche había frenado en seco tras realizar una maniobra prohibida de giro, haciendo frenar también por completo al Toyota y lo mismo con el Mazda.
La pega fue que el impresionante Toyota, con su nuevo sistema de frenado ABS había conseguido parar sin ningún peligro tras unos quince metros, evitando el contacto frontal con el coche más proximo, pero sin embargo el Mazda sin ABS, ni AIR-BAG, ni pastillas de freno en condiciones, fue directo contra el coche de nuestro amigo aun habiendo mantenido una alta distancia de seguridad; a los ocupantes de este último coche nos dió tiempo a repetir más de tres veces "no frena, nos la pegamos" mientras veíamos al coche deslizarse por la gravilla del asfalto.
Tras comprobar que todos nos encontrabamos en perfectas condiciones físicas, y sin estar orgulloso por ello, otro amigo y yo comenzamos a reir a carcajadas pensando en los padres del conductor novato (por lo visto se llama "risa post-traumática), cuando aún se encontraban los dos coches tan unidos entre ellos que no se sabía dónde empezaba uno y acababa el otro (sólo imaginaos la cara que pondríais si os ocurre esto en vuestra primera semana con carnet y coche jaja).
Todos observabamos espectantes el momento de fragmentación de aquel amasijo de hierro como si de la operación de separación entre dos hermanas siameses se tratase.
Cuando se produjo el movimiento del coche delantero todos nos quedamos boquiabiertos: la parte delantera del Mazda más que a un capó se parecía a un acordeón y sin embargo la parte trasera del Toyota estaba...¡impecable!, tan sólo tenía un pequeño rasguño imposible de percibir a más de un metro de distancia.
Como también dice Murphy, si algo puede salir mal, saldrá mal, pero en este caso me alegro de que así fuera, ya que de aquel accidente sacamos la conclusión de que podíamos confirmar que el Toyota Corolla era el coche más seguro del mundo, y más importante aún: si llegamos a tener un accidente serio con el Mazda seguramente esta historia no os habría llegado escrita mediante un blog, sino por medio de periódicos o necrológicas, ya que yo, como todos los ocupantes del vehículo, habríamos perecido inútilmente en el choque y de una anécdota graciosa pasaríamos a una catástrofe.

sábado, 4 de abril de 2009

American Niggers...

En mi primer viaje al continente de norte américa me cercioré de numerosos aspectos de la vida sobre el mundo en general y sobre mí mismo en particular.
La primera lección que me dió la vida es que si viajas por primera vez a un país donde sólo te pueden hablar en un idioma "estudiado durante años" sin ningún tipo de ayuda externa estas muy jodido.
En mi caso viajábamos un grupo de entre veinte y treinta chavales, todos sobre unos catorce o quince años de edad, con el fin de convivir un mes entero con una familia de acogida la cual no tenía ni el mínimo ápice de conocimiento del lenguaje castellano.
Cuando llegas definitivamente al lugar de recogida tras largas horas de aviones y autobuses (Málaga-Madrid, Madrid-Philadelphia, Philadelphia-Sacramento), con la mejor cara posible teniéndola desencajada por el viaje, tienes que decidir qué hacer al conocer a la familia: estrechar la mano (demasiado frío), abrazar (demasiado pegajoso) o dar dos besos (de esto no tenían ni puta idea), y tras pensarlo varias veces te decides a esperar su reacción, con lo que el saludo se queda en una escena de cuatro personas de pie que se conocen de forma ridícula sin ningún contacto físico, tan sólo un leve levantamiento de la cabeza amablemente y varios segundos la mar de incómodos.
De lo primero que te das cuenta al comenzar el trato con la familia es de que no tienes ni la más mínima idea de qué cojones te estarán intentando decir, con lo que sólo tienes en mente a toda la familia de tu profesor de inglés reunida; para más inri, yo tuve la gran suerte de que me tocó una "madre" gangosa, es decir, si ya es dificil hablar con un gangoso en castellano, imagináoslo en inglés y por primera vez (¡ña ña ñaña ña!), algo imposible .
Al llegar a casa haces uso de algunas de tus frases preparadas para quitarte de enmedio: "i'm so tired, i'm going to sleep", y así poder asimilar la nueva estancia.
Cuando pasan los días te das cuenta de que le vas cogiendo el truquillo a eso de la comunicación; igual al principio es más mímica que inglés, pero satisface por igual el poder entenderse.
Podría contar un montón de anécdotas del viaje a Sacramento, así que simplemente relataré la primera que se me ha venido en mente. En este viaje la cosa funcionaba así: por las mañanas acudíamos a "clases" con los demás compañeros españoles (entre comillas debido a que allí sólo hacíamos el paripé), después de almorzar siempre tenían organizado un pequeño viaje o actividad y de tarde-noche volvíamos a casa para estar con la familia.
Esta historia tiene lugar a la vuelta de uno de esos viajes para realizar actividades (creo recordar que se trataba de jugar al minigolf, pero a quién le importa ¿no? jaja), en la que tres chicos españoles y yo nos encontrabamos en un coche conducido por un americano (bastante palurdo el pobre joven).
Como era habitual poníamos la música que se nos antojaba, y siempre le decíamos al conductor que la subiera más y más hasta reirnos de ver cómo sufrían de lo alta que estaba; en esa misma tarde, con la música a toda ostia y parados en un semáforo nos quedamos perplejos cuando escuchamos un ruido más molesto aún que el nuetro propio que se acerca por nuestro costado hasta quedarse pegado a menos de un metro: era el típico coche de negratas superfumados que llevaban puesto hiphop americano distorsionado por el alto volumen, quienes se nos quedan mirando en plan desafiante.
En el asiento del copiloto se encontraba el más chulito de nosotros, un chaval que hacía boxeo, el cual apretó el botón de bajar la ventanilla del coche a la vez que nos preguntaba irónicamente: ¿qué pasará si bajo la ventanilla?; la primera reacción de los negratas fue la de preguntarle abiertamente "have you got a problem?" (¿tienes algún problema?), y acojonado aunque sonriendo volvió a accionar el mecanismo de la ventana pero esta vez para subirla.
El conductor pardillo que sabía mejor que nadie dónde nos estabamos metiendo pisó el acelerador a fondo nada más cambiar al verde el semáforo para dejar al "niggercar" detrás y llegar lo antes posible a la iglesia donde dábamos clase (en efecto, dabamos clase en una iglesia, que triste); la pena fue que el carrazo de los morenos tenía infinitamente más potencia que el nuestro, así que fueron detrás nuestra el resto del camino hasta llegar al aparcamiento, donde bloquearon la salida de nuestro coche con el suyo nada más estacionar, a la vez que salían un monton de gente desde dentro de aquel vehículo maldito con demasiados kilos de músculos y poca cara de amigos.
Fue el momento en que todos nosotros nos convertimos al catolicismo de forma directa rogándole a Dios por una salida sin llegar a verter nuestra sangre en el suelo de aquella capilla; acojonados, desde el interior del coche, vimos como nuestras plegarias salvaron la vida del conductor pardillo que intentaba persuadir a la pandilla de salvajes, consiguiendo que estos siguieran su propio camino después de estar amenazándonos unos angustiosos instantes.
A la semana siguiente nos enteramos que se trataba de una banda armada de afroamericanos relacionada con casos de extorsión, robos e incluso casos de homicídios sin resolver, que junto con el francotirador loco que andaba suelto por aquella época en Sacramento, hicieron de nuestro viaje un entretenido y agradable paseo por la ciudad, sabiendo que desde aquel día todos los ocupantes de nuestro vehículos habíamos vuelto a nacer.