sábado, 27 de diciembre de 2008

El explosivo...

Esta vez no tengo pensado relatar una historia cómica, sino más bien una anécdota por la que toda España tuvo que pasar el día del 11-M y que más adelante siguió con varias consecuencias.
En el año 2004 se vivía una intensidad social provocada por amenazas terroristas que atemorizaban al ciudadano tras haber presenciado el terrible atentado del 11-S en el 2001.
La mañana del 11 de marzo me dispuse a asistir a la universidad como hacía casi cada mañana, rutina de cinco minutos mas en cama, bajar tarde a desayunar y entrar tardísimo en clase; aquella mañana no creo que se me olvide nunca de la memoria: el día como otro cualquiera transcurría lentamente entre bostezos y cabezadas cuando entró por la puerta un bedel gritando el nombre de uno de mis compañeros; todos despertamos con la intromisión de aquel personaje tras escuchar que una madre estaba llamando muy preocupada a su hijo sin poder localizarlo.
En este momento se nos informó de lo que estaba pasando en Atocha: un tremendo atentado acabaría con la vida de numerosas personas inocentes de entre su mayoría jóvenes estudiantes. Todos llamamos rápidamente a nuestros conocidos en Madrid y comprendimos la agonía que había estado sufriendo aquella madre al llamar a su hijo el cual solía coger el cercanías o el autobus para ir a la universidad, con la suerte de que aquel día había tanta gente esperando para el tren que escogió la otra alternativa. (Ya se que todo el mundo conoce a alguien que aquella mañana no fue a clase y gracias a ello sigue vivo, pero en este caso el alumno era cercano a mí y me impactó la noticia).
Tras este atentado se sudedieron varios avisos de bomba en multitud de localidades españolas, de entre las cuales se encontraba mi universidad, sacándonos a todos de clase y residencias bajo dicha amenaza la cual resulto ser un farol.
Pero he aquí el grueso de la anécdota: las próximas vacaciones después del brutal atentado todos teníamos que pasar por atocha para volver a nuestras casas; en mi caso sólo quedaban billetes a primera hora el día de regreso, día en el que daban comienzo dichas vacaciones con la operación salida. Recuerdo que al llegar antes de las ocho de la mañana a atocha (primera vez en que asistía a la estación tras el atentado) me quede paralizado al ver el gran número de velas que la gente había depositado en recuerdo a sus seres queridos; fue tal la sensación de tristeza y comprensión por parte de los familiares afectados que era imposible evitar dejar escapar una lágrima por la mejilla mientras me imaginaba en aquella situación.
En ese día todo iba muy normal, los mismos desconocidos a diestra y sienstra, las mismas azafatas con bandejas de caramelos, los mismos cascos estropeados para ver una película antigua, etc.; al estar cansado por el madrugón dediqué la mayoría del viaje a acariciar la ventana con el lado de mi cara, y al llegar mis padres me dieron la terrible y fortuita noticia: ¡el tren en el que me había desplazado había pasado por encima de un artefacto explosivo que no había sido detonado!, cancelándose todas las salidas de trenes tras este.
Al escuchar la noticia me quedé de piedra, podíamos haber sido los pasajeros de aquel tren los siguientes en pasar a la historia como víctimas del terrorismo, pero gracias a que los malechores no tuvieron tiempo de terminar de armar la bomba hoy en día puedo seguir con mi familia y mis seres queridos.
Un abrazo y un recuerdo para todos aquellos que hacen de mi vida única, gracias.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

El accidente...

¡Hola de nuevo! Ya se que últimamente no he cumplido mi habitual rutina de escribir al menos una historia a la semana, así que a modo de compensación, os voy a contar una anecdota de las que vale la pena leer.
Esto creo que tuvo lugar hace un par de veranos; mis amigos y yo nunca hemos tenido un sitio para "juntarnos" en Málaga (que es como coloquialmente se conoce al acto de reunión en esta ciudad) y buscábamos algún lugar para tomarlo como zona en la que pasar el día vagueando; esta historia ocurrió en uno de esos lugares en período de prueba.
Una noche nos encontrabamos mis amigos y yo en este lugar cercano a la plaza de toros hablando de tonterias como solemos hacer y recuerdo que estabamos sentados en un banco cuando escuchamos un tremendo golpe cercano a nosotros; al girarnos nos cercioramos de que había ocurrido un accidente bastante grave donde un coche se llevó por delante a una moto con dos ocupantes, tras lo que éste sin pensarselo dos veces se dió a la fuga al haber sido el causante del accidente mientras nosotros nos dábamos cuenta de que se trataba de un matrimonio de avanzada edad.
Como todos estaréis pensando (cosa que nosotros tambien hicimos) aquellos hijos de mala madre por decirlo de alguna forma deberían llevarse su merecido; al acercanos más al lugar vimos que ninguno de los pasajeros de la motocicleta había salido gravemente perjudicado, y una vez llegar la policía nos dimos cuenta de lo mejor de esta historia: resulta que tan fuerte y aparatoso debió ser el choque, que en el impacto frontal del coche con la moto, éste perdió la matricula delantera, dejándola abandonada en mitad de la carretera, y era ahora el agente de policía el que la llevaba en la mano.
Me hubiese gustado saber qué fue de aquellos infractores, que seguramente se llevarían su merecido, pero hoy en día me contento con pensar en la cara que se les tuvo que quedar a tales señores al llegar a casa pensando haber salido impunes y darse cuenta de que no tenían la matrícula delantera del vehículo (¡¡H&st$@ P%t@!!)

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El cubo de basura...

Como supongo que a todos nos habrá pasado, para hacerse respetar en cualquier grupo siendo un pequeñajo se debían pasar una serie de pruebas estúpidas con las que normalmente los "mayores" del grupito se lo pasaban genial.
Con la edad de aproximadamente quince años, en mi barrio ya había crecido una nueva generación de chavales que luchaban por intentar pasar el rato con nosotros los "mayores"; para que pudieran estar con nosotros les pedíamos que hicieran cualquier tipo de chorradas, desde ir a comprarnos un chicle a un quiosco alejado hasta gastar bromas a los ciudadanos para nuestro disfrute.
Este es el caso en el que le pedimos a uno de estos jóvenes promesas de delincuencia que si quería recuperar su pelota debía realizar la siguiente prueba: tenía que introducirse en un pequeño cubo de basura de prácticamente su tamaño y esperar a que pasase un peatón por la acera donde éste se encontraba, y cuando esto ocurriese, salir del mismo levantando de un tirón la tapa y pegando un grito para asustar al pobre peatón.
Recuerdo que sólo hubo tres intentos más que suficientes para lograr que aquello se convirtiese en algo inolvidable: en el primero de los intentos le tocó el papel de víctima a una pobre ancianita que pasaba por allí a la salida de la iglesia; al pasar la anciana cercana al cubo el chaval de dentro salió de golpe, pero con tan mala suerte que la anciana ya había pasado de largo y gracias a su sordera ni se inmutó; en la segunda vimos que debíamos avisarle en el momento perfecto de la salida del cubo, con lo que nos inventamos una seña, un silbido que le hiciera entender al chico que era la hora de salir disparado; con esto le tocó el turno esta vez a un hombre de mediana edad normal y corriente que iba paseando hacia su casa que al pasar exactamente a un par de metros del cubo escuchó un silbido y a la vez presenció cómo un renacuajo salía derepente del cubo de basura gritando con tanto entusiasmo que inclinó el mismo de tal forma que todo su apoyo se fijó en las ruedas traseras, pegándose la ostia del siglo; pero lo mejor aún estaba por llegar: en el tercer intento vimos cómo un macarra del barrio se acercaba a la zona donde se encontraba el cubo con una bolsa de basura, directo hacia él; esta vez no tuvimos que hacer ninguna señal ya que tras estar esperando un rato en el interior de aquella caja de plástico maloliente, el hecho de abrir la tapadera hizo que nuestro pequeño superhéroe se levantase gritando: ¡aaaaaaaaaahhhhh!; el macarra se llevó tal susto que instintivamente le pegó un manotazo con la mano abierta en la mejilla derecha del chaval. Nosotros que habíamos observado la escena desde el interior de unos matorrales rompimos a carcajadas a la vez que salíamos corriendo de alli.
Después de este incidente al pobre chaval se le conoce como: "el ostia sorpresa".

viernes, 5 de diciembre de 2008

El aparejo en esquina belga...

Cordiales saludos aburridos seguidores. Esta vez os voy a hablar de un tema que por experiencia toda la gente cercana a mí puede reconocer que se me da muy bien, la "intromisión involuntaria inocente" o más comunmente conocida como "metedura de pata".
En mi primer año de universidad, en aquella época en la que pensabas que aún quedaban muchos años más por delante y que no te tenías por qué agobiar por cualquier asignatura, porque ya la aprobaría al año siquiente (mentira cochina, que llevo repitiendo alguna cinco añitos), se nos presentó al profesor de una de estas asignaturas: "Johnny English" (le llamaremos así para guardar su privacidad y evitar posibles denuncias que me llevarían a tener que escribir el blog con mi posible compañero de celda "Juani el Fleki" o "El Cachulo").
Este profesor parecía muy buen tío, de esos que cuando vés te inspira confianza y piensas: "esta asignatura me la saco con la gorra", pero como suele pasar ésto es sólo la primera impresión, a partir de ahi todo son complicaciones y examenes complicados.
Mi historia tiene lugar en el examen de Septiembre de ese año; llevaba toda una semana encerrado estudiandome la asignatura y me sabia el temario ya al pie de la letra, tanto que hasta el mismo día anterior al examen me fui al cine para celebrarlo.
Al llegar al examen nos dimos cuenta de lo que realmente es un examen de recuperación en Septiembre: una tapadera para aprobar a aquellos que tuvieron que suspender en Junio, ya que la complejidad del examen en comparación con el tiempo es exagerada; aun así, había hecho el examen lo mejor posible, aunque tenía un cabreo enorme por alguna de las preguntas del mismo y al salir de clase, mis compañeros y yo seguimos la rutina de ir a maldecir al profesor a cualquier parte, entrando en el servicio y orinando a la vez que gritabamos: "vaya mierda de examen, asi no aprueba ni dios", con tanta rabia que hasta acabé pegándole patadas a la pared mientras decía: "me cago en el puto aparejo belga y en el puto profesor, quien cojones iba a saber esa pregunta" (usando mi más educado lenguaje), cuando me di cuenta de que justo estaba entrando el profesor por la puerta, mirándome con cara sonriente y saludándome... imagináos que cara de idiota se me pudo quedar.
Como era de esperar, por más que recé para que aquel profesor no supiera mi nombre, mi examen estaba razonablemente suspenso, con lo que os aconsejo que si alguna vez salís de algún lugar cabreados con alguien, no insulteis al pobre hombre, símplemente pinchadle las ruedas del coche.

viernes, 28 de noviembre de 2008

La pelota saltarina...

En mis felices años de infancia han ido entrando y saliendo por ella toda clase de personajes como viejas malumoradas, vecinos estupidos o locos y dueños de tiendas a las que solía acudir a comprar entre otros.
Esta historia está relacionada con uno de estos personajes, una pelota saltarina y una vuelta ciclista.
En este caso se trataba de una tienda a la que no recuerdo que nadie fuera o vaya a comprar en algún momento; es una tienda con tan mala pinta que hasta el día de hoy tienen colgados en la pared posters de propaganda de "phoskitos" donde regalaban unas varas luminosas para colocar en el pelo, cuello o muñecas (os acordais, ¿verdad?). Esta tienda la llevaban un tipo muy bajito (conocido coloquialmente como "el enano") y creemos que su mujer, hermana o bicho familiar.
Más de un encontronazo habíamos tenido con aquel tipo: alguna vez se nos había caido sin querer un petardo con la mecha encendida o una bombita fétida en el interior de su tienda, o algún que otro saludo amable desde larga distancia del tipo "¡enano cabrón!".
Un día como otro cualquiera nos anunciaron en los periódicos que la vuelta ciclista española tenía una etapa en Málaga ciudad y aquel recorrido pasaba por la vía general de mi barrio, donde conectaba mi calle y en cuya esquina se encontraba la famosa tienda de productos de calidad dudosa.
Este mismo día salimos a la calle y como era evidente encontramos la carretera general cortada y vallada, así que andabamos haciendo el imbécil mientras esperabamos a los ciclistas, en lo que encontré una pelotita de goma atascada en la rueda de un coche.
Aquella pelota tenía el tamaño de una pelota de golf, y botaba de manera exagerada; mis amigos y yo nos encontrabamos de pie en medio de la calle haciendola botar lo máximo posible para intentar darle una patada al aire en su caída; aquello era un juego absurdo, la pelota iba demasiado rápido y nadie conseguía darle, era puro azar, pero después de algunos intentos logré patear a aquella maldita pelota gritando: "¡tomá!".
La pelota salió disparada, con tan mala suerte, que entró directamente en la minúscula tienda del enano, siendo todos testigos de cómo caían las cosas del mostrador y hasta viéndola golpear contra la "mujer" que se encontraba sentada tranquilamente en una silla.
Como era de esperar, todos mis amigos salieron corriendo descojonados dejandome allí sólo, y antes de darme cuenta tenía en el cuello las manos de aquel diminuto personaje; tras el forcegeo consiguió llevarme hasta la puerta de mi casa, de donde justo salía mi padre, y que al ver la escena, no dudó en correr detrás del hobbit humano hasta cogerlo y gritarle: "¡a mi hijo no lo toca nadie!"
Nunca había visto a mi padre tan enfadado, y aunque el castigo por aquello fue severo, mereció la pena sólo por ver al enano corriendo cuesta abajo.
Hoy en día este hombre no me saluda, no se por qué.

domingo, 23 de noviembre de 2008

El examen...

¿Quién no recuerda esos maravillosos años de colegio en los que sabías que cualquier repercusión a tus actos amorales iba a ser mínima?
Esta historia tiene lugar sobre el año 2000 donde los días de colegio se hacían eternos y la única diversión era la de esperar que cualquier día en clase pasase algo inesperado: el cabreo de un profesor, la ida de cabeza de algún alumno o simplemente una prueba de alarma de incendios, algo que rompiese con la rutina del día a día.
Bien, entrando ahora en materia, nos situamos en uno de esos días de calor y sudor, día en el que llegada la hora de comer te obligan a ingerir alguna especie de fabada litoral castiza que le revolvería el estomago al mismísimo Chuck Norris.
Después de comer intentábamos estudiar el examen de las 15:00 (y recalco lo de estudiar y no repasar) en una grada con el sol pegando fuerte en nuestras cabezas. Aquel día nos tocaba un examen de francés bastante sencillo; entramos en clase y ocupamos nuestros asientos mientras me daba cuenta de que la fabada empezaba a hacer efecto en mi vientre e intentaba animarme pensando que en menos de una hora podría escaparme al aseo.
Comenzó el examen y entre pregunta y pregunta intentaba retorcerme al máximo para no tener que compartir el resto de la clase mi angustia; los minutos se hacían eternos y las preguntas cada vez más dificiles a la vez que mi barriga me estaba exigiendo un respiro.
Una vez terminado y entregado el examen volví a sentarme en mi pupitre para esperar los pocos minutos que quedaban para el intercambio de clases, pero con tanto agetreo el gas intestinal de mi interior encontró una escapada escuchandose un tremendo estruendo contra mi silla; de repente, todas las almas de aquella sala dejaron de escribir por un segundo y centraron su atención sobre mí con caras atónitas; al encontrarme entre la espada y la pared hice lo que cualquier persona en mi situación habría hecho: echarle el muerto a otro; así que mientras era el centro de atención de la clase me dirigí hacia mi compañero más próximo y a la vez que lo señalaba grite: "¡pero que asco de tio!", lo que hizo que todas las miradas ahora se centrasen en él y que la profesora le exigiera que se fuera al servicio a desahogarse.
Creyendome exento de toda burla y humillación, escuché con ilusión el timbre que anunciaba el descanso y discreta pero apresuradamente me dirigí al servicio más cercando; al llegar observé el pobre estado de la taza en la que me tenía que sentar (recordandome al protagonista de Trainspotting) y cerre la puerta con cerrojo para tener absoluta privacidad pero éste sonó de forma exagerada, cosa a la que no le di importancia alguna debido a mi indisposición; intenté limpiar el váter como pude y lo próximo que se escuchó desde el interior de aquel inodoro recordaba al festival de las fallas de valencia en su máximo esplendor.
Al terminar tiré de la cadena aliviadamente, subí mis pantalones anchos por debajo de la cintura y me dispuse a abrir el cerrojo de la puerta: este giraba pero no desbloqueaba la puerta, ahora comprendía el sonido al cerrarse, se había desencajado y era inútil tratar de moverlo. Sin pernsarmelo dos veces escalé aquella puerta de mala manera esperando no encontrar ninguna persona más en el baño pero entre el festival fallesco y el aparatoso incidente del cerrojo la atención sobre mi puerta era única.
Conseguí salir de aquel aseo maldito entre las risas de los demás alumnos con mi bien merecida humillación. Aquella puerta no consiguió ser abierta el resto del curso.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Cervecita...

Esta es una curiosa historia en la que me econtraba con un amigo y su primo en casa de un irritante y peculiar personaje en una de esas aburridas tardes de futbol donde se beben cervezas para intentar animar el ambiente.
Las horas previas al partido de nuestro equipo iban pasando y el alcohol iba haciendo efecto poco a poco en nuestro organismo, hasta el punto en que cada uno andaba por su lado en la casa.
Mi amigo y yo, que seguíamos tirados en el sofá, presenciamos un golazo en la televisión, el cual nos dió la victoria en aquel partido, y con la euforia del momento decidimos celebrarlo de forma única.
Al principio sólo nos reíamos de imaginarnos lo que nos disponíamos a hacer, primero yo me negué, luego el pensó que no debíamos hacerlo pero al final caímos en la cuenta de que podría ser una historia que recordaríamos toda nuestra vida, y de hecho, así fue...
El personaje irritante se había dejado la cerveza a medias en la mesa del salón y con tremendas carjadas entramos en el baño alternandonos para hacer nuestra pequeña aportación a esta cerveza (no hay nada más divertido que "mear" en un vaso sabiendo su paradero). En fin, una vez realizado el trabajo, con la cerveza ligeramente rellenada y el estomago dolorido por el descojono, nos encontrabamos exactamente en la misma posición en la que nuestro personaje nos había dejado; sin pensarselo y tampoco prestando atención a nuestras risas, este peculiar homosapien le dió un tremendo trago a su vaso, nos miró y observo: "esta cerveza se me ha quedado calentorra". Como podeis imaginar mi amigo y yo que intentabamos aguantar el tipo no podíamos más cuando su primo (que durante la historia estuvo en el balcón de la casa haciendo dios sabe qué) tomó la iniciativa y anunció: dejame que yo me termine esa cerveza que me quede sin la mía y amí no me importa bebermela caliente.
Despues de presenciar aquel panorama y ver como el primo se bebía hasta la última gota, ninguno de nosotros dos estuvimos orgullosos de lo ocurrido... pero como ya estaba previsto, es una historia que la recordaremos entre risas durante toda nuestra vida.

lunes, 17 de noviembre de 2008

El mamut...

Hoy me apetece contar la historia de un juego de mi infancia el cual algunos conocerán y al que jugabamos siempre en la excursiones del colegio tipo albergues o granjaescuelas.
El juego en sí se conoce como "El Mamut", y consiste básicamente en hacer grupos entre los presentes con un lider en cada uno y conseguir el máximo número de garbanzos en una zona campestre y sin ningún tipo de iluminación antes del toque de queda. A parte de los grupos se introducen dos personajes en el juego: el mamut y la luna; la luna es una mujer vestida completamente de blanco que va repartiendo garbanzos a todo grupo que consiga conmoverla con alguna poesía, y el mamut es un personaje del que se dice que es un brutal asesino solitario de la zona, ciego, amorfo y vestido completamente de negro y con una capa, que se dedica a quitar garbanzos a quien encuentre en su camino. Hay otra forma de conseguir garbanzos, se trata de encontrarse con otro grupo y sorprenderlo encendiendo una linterna hacia él a la vez que se grita la palabra "grupo".
Pues bien, nos encontramos en el año 1999 aproximadamente, año en el que hicimos una de estas excursiones con el colegio y por consiguiente organizamos el juego del mamut. Una vez listos los grupos se toca el silbato de salida y todos corremos a coger posiciones; Mi amigo Javier y yo ibamos a la cabeza de nuestro equipo, elegimos rumbo al norte y caminabamos lentamente por una calle con cautela; despues de no mas de diez pasos, advierto una mancha en la oscuridad bajo unos rosales y se lo comento a mi compañero, quien me replica haciendose el machote, que sólo es una sombra y que siguiesemos caminando... cuando pasamos junto a estos rosales el brinco que pegamos fue de escándalo al escuchar el enorme rugido de aquella "sombra" mientras nos dabamos cuenta de que se trataba del personaje del mamut, con lo que salimos corriendo y gritando como niñas en la dirección opuesta, cuesta abajo; al pensar que este personaje nos seguiría decidimos volver a la misma carretera del principio pero esta vez atajando por una colina, así que decidimos subir apresuradamente entre la maleza pero al llegar de nuevo a la carretera una fila de pinos nos impedían la vista de ésta, con lo que asomamos la cabeza para confirmar que estabamos a salvo cuando vemos que la figura del mamut nos estaba esperando justo tras los pinos... esta vez el grito fue mas bien parecido a cuando te sorprende un graciosillo pensando que estás sólo en casa con la consiguiente cara de imbecil; después de aquello todo fue una locura, todos bajábamos la colina pero cada uno a su modo: mientras yo corría intentando no partirme los tobillos mis compañeron me adelantaban tropezándose y dando volteretas involuntarias hasta llegar a la carretera de abajo, donde quien aun estaba en pie se tropezó con las piedras del suelo que delimitaban esta colina y se fue de bruces al suelo. Doloridos y desperdigados por el suelo tuvimos el tercer encuentro con el mamut, pero para evitarlo de una vez decidimos quedarnos quietos esperando que la ceguera del personaje le impidiera descubrirnos; después de estar a punto de pisar a uno de mis compañeros al estar literalmente tirado en medio de la carretera y oir a otro quejarse por haber perdido una zapatilla, conseguimos la tranquilidad por primera vez en el juego aun estando magullados.
El tiempo siguió pasando en el juego y fuimos consiguiendo y perdiendo garbanzos a través de la luna y los grupos rivales hasta que quedaban no más de cinco minutos para el toque de queda; fue entonces cuando tuvimos el último encuentro con el personaje del mamut: era exactamente el mismo lugar de nuestro primer encuentro con él, junto a los rosales, pero éramos ahora nosotros quien se escondía en los rosales; mientras escuchaba a la gente rechistar por haberse clavado espinas, esperabamos que el malvado personaje pasase por delante nuestra sin advertirnos... lo cual fue inútil: este se había parado justo frente a nosotros y empezaba a olisquear en todas direcciones para encontrarnos; paso tras paso se fue acercando a nuestro escondite con ese fuerte aspirar hasta colocar su rostro frente a los nuestros, no más de veinte centímetros de distancia... lo que con el agobio hizo que a alguien de nuestro grupo se le escapase un pedo que se pudo escuchar en todo el recinto. A carcajadas salimos corriendo de allí y nos fuimos directos al punto de encuentro para finalizar el juego, que aunque ni si quiera quedamos de los primeros, siempre recordare como uno de los momentos más excitantes entre risas y congoja.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Una de polis...

Ésta es una anécdota que para llegar a entenderla realmente, tengo que haceos saber ciertas peculiaridades: con la llegada a la universidad un alto porcentaje de los jóvenes se dedican a sacarse el carnet en el primer o segundo año de carrera, normalmente durante el verano, cosa que yo hice y de la que estoy orgulloso. Pues bien, llevaba 2 años estudiando en Madrid con carnet de coche, pero como la mayoria de nosotros, sólo era un pedazo de carton rosa que nos servía para conducir vehículos ajenos, ya que por mucho que insistí e insistí en mi necesidad de tener uno, mis esfuerzos fueron en vano. Fue entonces cuando me mude de la residencia en la que estuve dos años a un piso en el pueblo por primera vez, excusa perfecta por la cual conseguiria agenciarme con el coche de mi madre. Fue un verano divertido el previo a mi nuevo curso como estudiante, pero sin embargo desconocía lo que transcurriría en el maldito mes siguiente de Septiembre...A finales de Agosto, como todo buen estudiante, acudí a realizar los examenes de las asignaturas pendientes (en mi caso la mayoría), emocionado por llevar mi propio coche por primera vez al pueblo: "ahora las nenas iban a flipar" pensaba yo inocentemente.Al llegar a mi nuevo hogar me encontre con un mar de coches aparcados frente a mi casa: "¿pero qué pasa aquí?" me pregunte, resultando ser un vivienda próxima a la explanada donde se realiza anualmente la feria, con lo que tuve que aparcar en mi propio vado permanente al no exisistir un sitio libre en todas las manzanas de alrededor.A la mañana siguiente, la primera noticia de mi coche: "Multa por estacionamiento, 90€", vaya hombre... qué mala suerte pensareis.Sin darle más importancia a la noticia, pagué la multa rápidamente reduciendo así su valor.En esa misma semana, mientras me dirigía a comer al Burger King como rara vez hace un estudiante, un loco se salta un "ceda el paso" y me golpea en el lateral: "¿Pero como me puede estar pasando esto amí?" suspiraba; al bajar del coche mi amigo del coque lateral me comunica que no es el dueño del coche y que no tiene papeles, pero como los daños fueron mínimos simplemente lo deje pasar...En menos de una semana y con el resquemón de no estar teniendo cuidado con el coche, me dispongo a comprar la dieta básica al supermercado, y sin venir a cuento, escucho una especie de silbido que parecía proceder de fuera del automovil; al abrir la ventanilla comprobé que con algún cristal se me había rajado el neumático: "¡me voy a cag$#% en la p#t* con el p&t$ coche!" tuve que gritar mientras salía del coche y aparatosamente cambiaba una rueda por primera vez en mi vida.A la tercera semana de mi llegada a Madrid y con un cabreo considerable por los acontecimientos anteriores, suena mi telefono móvil con la peor de las llamadas posibles: "Niño, ¿te parece normal que nos llegue una carta con una multa por exceso de velocidad? Como vuelva a llegar otra te olvidas del coche, el carnet y todo lo que se nos pueda ocurrir ¿me entiendes?" protestaba mi padre mientras me explicaba que un radar había saltado en mi viaje al pueblo al ir a 153km/h... Después de esto ya todo parecía de risa, no habian pasado ni 3 semanas y ya había tenido 4 problemas con el coche... era lamentable, aunque no lo peor que aun estaba por llegar...En mi cuarta semana de conductor, había terminado una de mis clases de universitario (a las que siempre nunca falta un responsable estudiante como yo) cuando uno de mis compañeros comento: "Por fín me van a devolver el carnet de conducir; el año pasado me pararon cuando íba borrachisimo". Pues ya os podeis imaginar como acaba esta historia... esa misma noche se celebraba una fiesta en casa de mis amigos en la que el ingerir alcohol era casi exigido por el tipico ambiente varonil característico de españa, y al salir de aquella fiesta mi cuerpo ya no respondía: mi casa se encontraba sólo a un par de calles de allí, podía irme a dormir y acabar con aquella pesadilla con un cálido sueño en menos de 10 minutos... pero cuando la mala suerte la toma con uno, no hay quien se escape; ni si quiera había terminado la primera avenida cuando veo tras de mí una luz de discoteca que parecía seguirme: la policía local. Tuve que realizar forzosamente un test del alcoholemia el cual sobrepasé al ser aun novel con el carnet y me llevaron detenido a la comisaría cercana.Despues de toda esta paradoja, pensé que igual no era el momento de tener un coche propio en Madrid, y aunque también fue forzosamente, sentí la necesidad de desprenderme de tan preciado objeto: una multa por exceso de velocidad, una multa de aparcamiento, un golpe lateral sin sentido, una rueda pinchada y 8 meses de retirada del permiso con sus consecuentes antecedentes penales... todo un fiera del asfalto.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Mi primer relato...


Para dar comienzo a este blog de anécdotas, quiero empezar por un episodio personal bastante vergonzoso y sin duda el preferido por todos mis conocidos.
Sería el año 1991 o 92 aproximadamente, año del cual tengo vagos recuerdos de todo aquello debido a ser un moco de 6 o 7 años.
De pequeño me crié en una barriada malagueña llamada "Esperanto", un barrio normal próximo a barrios un poco conflictivos, lo que hacía que tuviera algun que otro problemilla en el colegio público al que acudía "Colegio San José de Calasanz".
En este colegio pasé los mejores años académicos de mi vida (ya sé que suena a tópico) donde sería el chico favorito de la profesora con todas sus consecuencias: alagos familiares y rechazo de la mayoría de los compañeros de clase de E.G.B.
Una vez situados en mi entorno de aquella época ya estais preparados para entender el grueso de la anécdota.
Como en todos los colegios, una vez al año se celebraba una fiesta de disfraces en la que todos ibamos a clase vestidos de personajes variados (entre mis preferidos "spiderman" y "pirata"), y así pasabamos un buen rato corriendo, riendo y fastidiando a las niñas.
Una mañana mi querida madre me despertó para darme la buena noticia: "¡Hoy toca fiesta de disfraces en tu colegio!", con lo que despertando de un salto con la emoción nos pusimos manos a la obra con mi disfraz: un alegre y risueño payaso.
Como cabe esperar, fui contentísimo de la mano de mi madre hasta la puerta del colegio como cualquier otro día, con la misma rutina de llegar 10 minutos después de que tocase el timbre y se llevase a todos los alumnos a clase. Me despedí de mi madre y caminé por el solitario patio en dirección a mi clase, arrastrando los anchos pantalones de payaso y rascandome la nariz por el escozor de la pintura.
Al llegar a clase fue cuando me di cuenta de que a partir de ahí cambiaría mi vida: tras llamar a la puerta y entrar, me percato de que ni un solo niño se había disfrazado para asistir a clase, ¡mi madre se había adelantado un día a la fiesta del colegio!... Imaginad el panorama: el empollón de clase que llega cuando todos estan sentados y atentos vestido nada mas y nada menos que de payaso un día cualquiera.
Lo único que recuerdo fueron las tremendisimas y comprensibles risas de mis compañeros de clase.
Ha pasado tanto tiempo que nadie de mi familia es capaz de recordarlo, ellos dicen que fue un sueño y que mi madre nunca se equivocaría en algo así, pero al que le pasa algo así creedme que no lo olvida.