miércoles, 28 de octubre de 2009

El Islote...

¿Qué es el miedo?,al tratarse de una sensación nadie sería capaz de describirlo con exactitud, pero lo que es aún más importante, ¿por qué cuando tenemos miedo somos capaces de realizar hazañas imposibles en el día a día del ser humano?.
Esta historia relata uno de esos actos sobrehumanos realizado por un servidor, no siendo éste el único por el que he pasado en mi vida.
Cuando vuelvo al pasado y trato de recordar como era mi vida entre los doce y los diecisiete años de edad sólo recuerdo travesuras y tiempo pasado en la calle, pero el mayor recuerdo superado por todos es el de intentar ser atracados repetidamente cada vez que salíamos del barrio.
Entre esta multitud de actos deleznables contra mi persona me gustaría destacar uno altamente relacionado con el tema de este relato: el miedo; estábamos dos amigos y yo en una feria en el centro de Málaga (no en la feria principal), donde había una diversidad de atracciones y entretenimiento juvenil. Al salir concretamente de los coches de choque nos cruzamos con el típoco grupito malagueño de gentuza, de entre los cuales uno se me acerco como un perro a una chuleta cuando escuchó el tintineo de las monedas que yo llevaba encima. Éste realizó el ritual clásico del atracador empezando por cigarrito, luego eurito y más adelante o la cartera o te doy un "gayuflón" carapán (jerga delincuente malagueña). En cuanto pudimos, a la salida de la feria, mis amigos y yo salimos corriendo atravesando el gran parkin en dirección a la salida del mismo, pero era tal la presión que yo tenía encima que trás veinte metros ya había dejado atrás a mis dos compañeros a la vez que me percataba que la lacra social seguía corriendo detrás mía; en el momento en que recordé que a la salida de la feria había un vigilante de seguridad dí un rodeo enorme y me puse de nuevo a salvo bajo su vigilancia. (ni el mismisimo Usain Bolt me habría superado en esos cien metros).
Después de esta breve reseña, os voy a intentar transimitir de la mejor forma posible el mayor miedo que he llegado a sentir en mi vida.
Curiosamente, nos encontrábamos los mismos personajes de la anécdota citada pero esta vez en un islote cercano a la orilla del mar, justo en los Baños del Carmen. A todo crío de esa edad le da por hacer cualquier cosa estúpida que se le pasa por la cabeza, desde tirolina con una cuerda y un arnés hasta bucear en las profundidades de alta mar.
A este islote acostumbrábamos ir a pasar el rato en los calurosos días de verano, unas veces para pescar, otras para bucear y nadar, o incluso todo a la vez (sí, alguna vez nos hemos enredado en el anzuelo de algún compañero).
En fín, este era un pedrusco de unos trés metros de diámetro y que sobresalía del agua más o menos metro y medio. Como ya he dicho, entre los tres amigos sólo poseíamos un equipo de buzo, con lo que nos turnábamos para investigar los alrededores de aquel peñasco.
Después de esperar a pescar algo desesperadamente y sin suerte, y recordando una y otra vez las palabras de mi padre en mi cabeza: "hijo, cuida bien de mi caña de pescar que sólo tengo una y son muy caras" lancé hacia atrás el anzuelo para coger impulso sin darme cuenta de que se había encallado en la piedra, con lo que al intentar soltarlo hacia delante con las mismas ganas que un niño tiene de levantarse el día de los reyes magos, la magníca y única caña de pescar se partió por la mitad como si del mar rojo con Moisés se tratase; entonces decidí que era mi turno para bucear.
Una vez con el equipo de buceo me lancé al agua aún con la imagen de la caña por la mitad; ahi se encontraban las mismas piedrecitas, conchas, algas y recovecos de siempre, con lo que decidí alejarme un poco más para relajarme visualizando material nuevo.
Tras quince o veinte minutos en el agua, y a unos treinta metros del islote maligno escucho voces de angustia por parte de mis amigos; saco la cabeza del agua y miro hacia ellos y escucho: ¡está detrás de tí! Cuando giré la cabeza hacia alta mar visualicé una especie de aleta no a mucha distancia de mi situación, y sin pensarmelo dos veces nadé apresuradamente hacia el pedrusco para intentar salvar mi propia vida.
Fueron los treinta metros más angustiosos de mi vida, y os puedo decir que en lo único que pensaba era: no me va a dar tiempo a llegar y el islote es demasiado alto para subirlo por delante, estoy acabado.
Al llegar a él, y sin saber bien cómo, mi cuerpo reaccionó como una maquina perfecta de escalar y trepé a la cima en cuestion de uno o dos segundos, teniendo encima aún el equipo de buceo, es decir, gafas, tubo, neopreno y aletas en los piés, lo que para nada fue un impedimento en mi ascenso.
Una vez arriba mis amigos se estaban descojonando en mi cara; resulta que aquella "aleta" que yo visualicé cerca mía no era nada más y nada menos que el tubo negro de un buceador profesional.
Después del mal trago y entre risas mis amigos no se podían creer mi forma de llegar a la cima de aquella piedra aislada en el mar, con lo que una y otra vez intentaron repetir el mismo proceso auqnue de manera ineficiente.
¡Que viva el poder del acojone!

lunes, 19 de octubre de 2009

El Mueble de Cocina...

Una vez más, me postro ante ustedes para regalarle otra historia divertida de mi vida de la que pude haber salido mal parado, pero que por la suma de varios factores se impidió un desastre total.
Estaba otra vez en esa époga gilipollas de la vida donde todos nos creemos inmortales e invulnerables y no hacemos otra cosa que probar nuestra suerte una y otra vez con acciones estúpidas tales como "a ver quién salta desde el sitio mas alto", "a ver quién es capaz de bajar una cuesta más rapido" o incluso "a ver quién se atreve a burlar a aquel pobre guardia de seguridad cuyas habilidades motrices dejaban mucho que desear".
Pero todos hemos sido niños alguna vez, y el que lo niegue os aseguro que está mintiendo (excepto ese calvo de la lotería, al que recuerdo extrañamente igual desde que tenía uso de razón), y aunque nuestros padres nos hayan intentado dar una educación ejemplar siempre conseguimos tergiversar sus enseñanzas para un fin malvado.
Esta es la historia de cómo por más que desde pequeños nos digan: no hagas esto que te vas a caer, nosotros vamos y lo hacemos, y por consiguiente, nos damos la hostia.
Volvíamos mis amigos y yo de hacer alguna locura callejera, la verdad no recuerdo cuál exactamente, pero sería algo como lanzar piñitas desde algun tejado a los viandantes, marear al viejo del kiosko con algún chicle de marca inexistente o dar vueltas por el supermercado cada uno por un pasillo toqueteando todo y volviendo loco al vigilante. Entramos en mi casa para reponer fuerzas y fuimos directos a la cocina a merendar como si de los niños huérfanos de la India se tratase, tras pasar junto a mi madre la cual se encontraba pegada al telefono fijo discutiendo con algún vendedor por llamarle una y otra vez.
Una vez en la cocina mis dos amigos famélicos fueron directos a por las galletas y las magdalenas mientras que yo me encargaba de encontrar la leche. Una vez con el maldito cartón cerrado como un demonio buscaba los vasos de cristal a la vez que me cercioré de que ahora se encontraban en lo más alto del mueble de la cocina, siendo este el mayor de mis problemas al ser un servidor el mayor retaco posible.
Pero para esto el gran creador del ser humano nos brindó con una potentísima herramienta: el cerebro, aquella masa gris que te hace pensar en cosas inútiles tales como "si me subo aquí fijo que llego allí".
Pues eso hice, me armé de valor y con toda mi decisión puse un pié en el saliente de media altura de aquel armario con puertas de cristal, y cuando ya subía el otro pie creyéndome mi gran victoria sobre aquella situación, me di cuenta de que no era un mueble de gran altura, sino que desde el principio de los tiempos de aquella máquina de matar no era una única pieza sino dos, una colocada encima de otra.
Mi cuerpo quedó flotando en el aire como el efecto "slowmotion" de una película a la vez que caía de espaldas al suelo seguido por un enorme y aparatoso mueble de madera y vidrio de aproximadamente tres o cuatro veces mi peso corporal de aquel momento.
Justo antes del momento "matrix" por casualidad me aferré con tantas ganas al mueble que una de las puertas consiguió abrirse, lo que permitió el desprendimiento de toda una vajilla de platos, vasos, cubiertos y demás utensilios cerámicos o de cristal cayesen directamente encima de mi cara, pecho, brazos y piernas.
Mi madre que se encontraba justo sentada a medio metro de la escena protagonista soltó el telefono de un grito y se temió lo peor al verme debajo de la montaña de madera, a la vez que intentaba levantarla con la ayuda de mis dos amigos.
Milagrosamente, aquel acto reflejo de abrir la puerta a parte de arrojarme la vajilla al completo de sopetón, sirvió para frenar la caida del mueble contra mi cuerpo, actuando de tope como si un puntal de obra se tratase. Lo creais o no, después de aquella caida mi cuerpo no sufrió un sólo rasguño y una vez más puedo decir que vivo para contarlo. ¡Gracias extraño hombre calvo de la lotería que me da suerte!

martes, 30 de junio de 2009

La litera...

Para los que han estado siguiendo las historias de mi blog recordaran que una vez hablé sobre el juego del "mamut" en un campamento realizado por el colegio.
Ese campamento estaba organizado en dos grandes bloques, el edificio de los chicos y el edificio de las chicas; a su vez, cada edificio estaba dividido en habitaciones, siendo estas las que nos unian a nuestros compañeros en todos los tipos de actividades diarias o nocturnas.
Las reglas básicas de este campamento eran los puntos; a lo largo de la estancia alli se irían concediendo puntos por buen comportamiento, limpieza y orden en las habitaciones, participación en las absurdas actividades propuestas y poco más.
Y en este momento os preguntareis: ¿y qué es lo que se obtiene al final de la excursión?, pues una mierda de premios inútiles estilo "mención de honor como campeón del campamento" (el que se inventó este tipo de bonificaciones debía de tener algun tipo de retraso, porque no conozco a nadie a quien le hiciera ilusión).
Como cabía esperar, ninguno de mi grupo hizo méritos para conseguir avanzar en esta lista de puntos, lo que nos convertía en el grupo más penoso de la historia del campamento, tanto que nuestra lista de puntos se quedo a cero mientras otros compañeros del colegio se esforzaban en mantener sus cuartos impolutos (¡bien por ellos!, seguro que ahora estarán super orgullosos de si mismos jaja).
Entrando ya en materia, esta historia relata un accidente peculiar, que en un principio quedó en una tonteria, pero podría haber pasado a males mayores.
Resulta que en mi habitación estabamos ocho personas repartidos en cuatro literas, siendo un servidor poseedor de la cama inferior de una de ellas. Para divertirnos aun más se nos ocurrió pegar las literas unas con otras, sin dejar espacios entre ellas y así poder sentarnos todos para comentar anécdotas del campamento como el gran pedo que soltó uno de nosotros el primer día que un profesor entró en la habitación para despertarnos.
Una de las noches en las literas, los dueños de las camas superiores decidieron divertirse de una forma diferente: acojonando a aquellos que ocupabamos las camas inferiores, dando saltos y moviendo aquel entramado de madera chirriante asegurado con cinta aislante.
Fue tal mi congoja por aquellos estruendos que sin pensarmelo me quité de enmedio, sentandome en la cama justo a mi siniestra, lo que hizo que su dueño intenara encarecidamente echarme de ella hasta que por fin se convenció de lo contrario: mi litera se partió literalmente por la mitad, y la cama de arriba se convirtió en la cama de abajo, dejandonos a todos boquiabiertos.
El chico que saltaba encima de mí se quedó paralizado pensando que yo aún seguía alli dentro, y si no llega a ser por mi cabezonería, miedo o ángel de la guarda, así habría sido.

sábado, 13 de junio de 2009

El mal de la bicicleta

Es curiosa la suerte que nos depara el destino; a unos nos hace fuertes, ágiles y competentes mientras que otros somos víctimas de la corrupción callejera o simples objetos manejados como títeres por el azar.
El siguiente relato tratará de hacer comprender no cuán peligrosas son las calles por las que vivimos, sino de cómo a una simple persona se le castiga repetidas veces para que aprenda que lo que intenta no es lo que está escrito para él.
Sobre el año 1993 me mudé a un nuevo barrio más tranquilo, donde sigo residiendo en veranos y navidades y fue allí el sitio en el que entre anécdotas cómicas y otras desastrosas me crié.
En ese barrio conocí a los que fueron mis amigos durante más de diez años, a los que veía día sí y día no, y como cabe esperar, siempre pasan mil historias que podría ponerme a relatar, pero me voy a centrar hoy sólamente en uno de esos amigos.
Cuando conocí a este chico era simplemente uno más de la pandilla; como a todos nos pasaba, cada uno teníamos una debilidad objeto de mofa por el grupo, pero sin llegar a tratar el tema con malicia; en su caso todo el mundo apreciaba que el pobre chaval estaba un poco sobrado de kilos (no mucho, pero había que sacarle alguna pega).
Este personaje, a parte de ser un poco mayor que los demás en edad y tamaño, era un amante del deporte, en concreto de la bicicleta; le podías preguntar por cualquier ciclista y cualquier etapa y se lo sabía todo al pie de la letra (aunque igual se lo inventaba y nosotros nunca lo comprobabamos jaja).
Es curioso como lo que más te gusta puede ser lo que no estés preparado para seguir; en su caso se trataba del ciclismo. En el primer año que residí en aquella zona cercana a la playa nos encontrabamos mi hermana, mi amigo "el entrado en carnes" y yo en la puerta de mi casa como cualquier dia pasando la tarde ensuciando las aceras con las cáscaras de pipas y las bicicletas tiradas en la calle. A lo largo de la tarde se acercó un viandante muy simpático que se sentó a hablar con nosotros; poco a poco nos fuimos dando cuenta de que aquel tipo tan simpático tenía algo sospechoso, y a medida que nos hablaba de su vida se nos aclaraban más las dudas de que no era trigo limpio.
Fue entonces cuando llegó el momento en que le pidió la bicicleta a mi amigo (al ser la más nueva y buena), quien tras negarse más de diez vecez acabo cediendo por pesadez; como era de esperar, vimos como aquel chaval subió por completo la cuesta de mi calle pero en vez de darse la vuelta y bajarla desapareció mientras tomaba la cruva.
Desconsolado por su pérdida, este chico le contó a sus padres lo ocurrido, y era tal la tristeza que desprendía que no tardaron más de un mes en comprarle otra.
Esta segunda bicicleta último modelo con cambios automáticos y freno de disco era la envidia de todo aquel que la veía; tan llamativa era que una noche alguien que se había fijado en ella entró en su casa y como si de un caramelo en la boca de un niño se tratase, desapareció.
Este pobre gafe no podía dar crédito de sus dos grandes pérdidas, cada vez más era objeto de burla en la pandilla, y esperando el entendimiento de sus padres pidió una tercera bicicleta por su cumpleaños.
La tercera bicicleta era más normalita, esperando no sobresaltar entre las demás, aunque igual de frágil; tanto era así que un día como otro cualquiera con más de diez bicicletas tiradas en la acera y ocupando parte de la calle, un coche que iba con demasiada prisa pasó sin contemplaciones por encima de una de ellas mientras todos estabamos despistados jugando con un balón.
Cuando nos acercamos corriendo a ver qué había pasado exactamente vimos que la bicicleta, ahora con forma de escultura artística, pertenecía de nuevo a nuestro gafado compañero; inevitáblemente todos nos echamos al suelo llorando de risa.
Es increible la cabezonería del ser humano, que después de demostrarte repetidas veces que algo no está hecho para uno mismo en vez de menguar ese deseo y darnos por vencidos hace que crezca y que nos obsesionemos hasta conseguirlo.
Supimos de este amigo que sus padres le dieron una última oportunidad cuando llegaron las fechas de pascua de ese mismo año. Todos esperabamos que por una vez el pobre tuviera algo más de suerte, y que aquella bicicleta llegase algun día a quedarse oxidada por el desuso, pero sin embargo esos no eran los planes del cómico destino; una tarde sentados en la calle como otra cualquiera mis amigos y yo reusamos el asistir a una excursion a la montaña con las bicicletas, a la que asistieron sólo la mitad de nosotros.
En esa excursion siempre se seguía la misma rutina: subida infernal hasta el pico más alto seguido de una bajada empinada y rapidísima por un estrecho camino de piedras creado por antiguos cortafuegos. Nunca le había pasado nada serio a ninguno de nosotros en aquella escapada hasta que esa misma tarde vimos llegar a lo que venía siendo una persona sin cara, solo arañazos y sangre abundante en la boca (el gafe) quien sin llegar a pararse del todo en dirección a su casa nos dijo: mi ultima bicicleta se quedo en el monte hecha una mierda tras la ostia que me he pegado, ¡que le den por culo al ciclismo!

jueves, 23 de abril de 2009

Rafting en California...

Hace cosa de un par de días soñé que estaba caminando por una ciudad que no había visto en mi vida, y era tal la magnitud de su belleza que me desperté pidiendo un lápiz a gritos para poder dibujarla. Se que os estareis preguntando "¿y que relación puede tener eso con hacer rafting fuera de España?", pues sinceramente no tiene ninguna, pero simplemente era un pequeño aperitivo para que os vayais haciendo a la idea de qué tipo de persona es la que se sitúa detrás de cada relato.
Como ya he comentado en la historia de los negratas, fui a California un verano a aprender inglés en una familia que me acogía durante un mes entero.
El siguiente día a nuestra llegada habían preparado una barbacoa en una increible casa americana que tenía prácticamente todo lo que a un adolescente se le pueda pasar por la cabeza comprar para su jardín: cancha de baloncesto, cama elástica, mesa de ping pong, piscina con cascada, máquinas recreativas..., en fín, una lista repleta de pasatiempos que ayudarían a que nos conocieramos los unos con los otros.
Cuando llegue a aquella casa, esperaba que estuvieran allí todos mis nuevos compañeros de viaje españoles, y en especial el único que realmente conocía de Málaga; como no ví más que dos coches en la entrada pensé que fuí de los primeros en llegar, hasta que me encontré con mi amigo en el enorme jardín pero con una curiosidad: el tío se encontraba vestido con una camiseta de propaganda, unos pantalones de pijama y unas zapatillas.
Mi primera reacción fue la de pensar "que tío mas grande que se viene aquí super cómodo a conocer a la gente, que dios", hasta que caí en la cuenta de que le había tocado vivir en aquella mansión.
Por suerte para mí, mi familia de acogida y la suya se llevaban bien, así que de vez en cuando nos escapábamos a realizar actividades juntos tales como ir a la bolera, centros comerciales, hacer waterboard (como surf pero enganchado a una lancha motora) o lo más divertido a lo que pudimos ir a hacer: rafting.
Para quien no esté familiarizado con este deporte quiero explicaros por encima en que consiste: se trata de una pequeña balsa en la que se encuentran seis personas sentadas (tres en cada lado) como principales remos y una séptima con mucha más experiencia que hacía de timón y guía, y el único objetivo es bajar la totalidad del río en el mejor estado físico posible.
Una vez allí nos colocaron por tamaño a ambos lados de la balsa para compensar las fuerzas, y mi amigo y yo nos encontrabamos sentados en segunda fila, uno a cada lado, con nuestras respectivas madres delante y nuetras dos hermanas detrás; la guía era una chica jóven que parecía que sabía lo que hacía, y hecho esto nos pusimos en marcha.
Al principio para cogerle el truco a remar de forma unitaria nos encontrabamos en una planicie del río, pensando por un momento que todo iba a ser así y que aquello iba a ser el mayor sufrimiento no por esfuerzo, sino por aburrimiento. Cuando empezamos a atravesar pequeñas bajaditas con piedras a los lados y la cosa iba cogiendo velocidad nos empezamos a emocionar con aquel deporte.
Tras unos treinta minutos remando, tirándonos al agua para refrescarnos y bajando rampitas pequeñas llegamos a un recóndito espacio lleno de balsas como la nuestra que se encontraban haciendo círculos evitando seguir adelante.
Resulta que en el camino habían dos sorpresas: dos bajadas tan profundas que se debían hacer tan sólo de una en una balsa, con los pasajeros sentados en el suelo en posición fetal y los remos en vertical para no hacerlos chocar con las grandes rocas de los lados. Eso sí que tenía emoción, y la pura realidad es que a todos se nos notaban dos grandes pelotas en la garganta subidas desde la entrepierna (incluso a las mujeres), pero si habíamos ido hasta allí no era para dar un rodeo y bajar el trecho a pie sosteniendo la balsa como hacían la mitad de los grupos; una vez examinada la bajada con detenimiento, nos dispusimos a ello y tomamos rumbo al estrecho recoveco por el que había que atravesar las rocas cogiendo la mayor velocidad que nuestros brazos alcanzaban.
Estando en la sinuosa bajada sentíamos cómo golpeábamos lateralmente las rocas a una velocidad de vértigo, y tras unos veinte segundos agónicos llenos de pura adrenalina llegar a tocar de nuevo el estado de planicie acuática hizo que de la emoción todos nos levantásemos para celebrar nuestro triunfo gritando con alegría.
El mal trago había pasado, todos nos sentíamos como unos auténticos héroes triunfantes, pero no habían pasado ni diez minutos más cuando llegamos a una nueva retención de balsas con la consiguiente bajada aún más peligrosa que la anterior...
Era tan importante la pendiente y tan complicado el recorrido de bajada que tuvimos que estudiar muy a fondo la manera de aproximarnos a ella. Una vez preparados y con alrededor de doscientas personas observando desde sus balsas o estando en tierra firme fuimos directos hacia el peligro y con decisión pensando "¡esta gente se va a enterar de que casta estan hechos los españoles!".
Entramos frenéticamente en aquel tobogán de piedra, siendo tanto el frenesí que nos fuimos directos contra la roca más grande del camino, frenándonos en seco y haciendo que los pasajeros traseros chocasen con nosotros y nosotros con los delanteros hasta estampar literalmente la cara contra la fría piedra. Lo siguiente que recuerdo es a nuestra monitora con una fractura a la altura de la rodilla intentando agarrarme para no seguir golpeándome con las rocas de la cascada... Cuando mi amigo y yo nos dimos cuenta del ridículo que habíamos hecho ante tanta espectación y estando con el cuerpo magullado y dolorido aunque intacto, nos echamos a reir como posesos a la vez que escuchabamos a la gente alrededor diciendo "is not funny!" jajaja.

lunes, 6 de abril de 2009

Viaje a Tarifa...

Dice un tal Murphy que cuando algo sale mal no te hundas, porque siempre puede ir a peor. A pesar de ser este personaje el causante de todas las desgracias que nos ocurren en nuestra rutina diaria, en esta frase tan profunda creo que se merece una ovación del público al conseguir animarnos incluso cuando pensamos que no podemos estar más jodidos, y es que siempre siempre siempre se puede ir a peor (y si eres de los que piensas que has tocado fondo como yo solía hacer consuelate pensando que todo lo que venga sólo sera para mejorar las cosas).
Esta es la historia de un viaje a las playas de Tarifa, donde todos rondábamos los dieciocho años en mi grupo de amigos, implicando esto las ganas de juerga por ser mayores de edad y la euforia de aquellos que habían conseguido sacarse el carnet de conducir.
Yo no fui de los primeros en conseguirlo (para que sacar el carnet y que te toque conducir un día de borrachera cuando ya tienes amigos que pringuen ¿no? jeje), y de mis amigos que ya lo tenían destacaban dos: uno con un coche bastante viejo e inseguro y con demasiada potencia (un Mazda) y otro con un nuevo y recien conseguido Toyota Corolla impecable, reluciente.
El conductor del nuevo coche también era novicio en esto de tener carnet, y como era de esperar, conducía como una viejecita esperando tener un accidente en cada esquina.
Llegado el espantoso calor de verano a la zona de la costa, decidimos darnos un capricho y viajar a Tarifa, una zona inmensa de playas y buen ambiente juvenil; sólo había un pequeño inconveniente: teníamos que convencer al conductor novel para que accediese a llevar su propio coche, ya que no cabíamos todos en el Mazda, llevando éste tan sólo tres días con el vehículo en su poder y estando sus padres de viaje en el extranjero, con lo que se les debería ocultar lo de viajar.
Tras muchas discusiones y palabrerías, este conductor decidió que llevaría su coche siempre y cuando fuera otra persona la que lo condujese, con lo que se ofreció su propia novia que tenía algo más de experiencia con el carnet.
Durante todo el viaje, los ocupantes del Mazda que nos encontrabamos situados justo detrás del Toyota, íbamos riendo y gastando bromas con la cara que podían poner los padres de nuestro amigo si su coche llegaba con algún arañazo en su primera semana. Cuando nos estabamos acercando a nuestro destino, nos dimos cuenta de que era tal la proximidad a la costa africana que hasta se podían sintonizar sus radios, y así fuimos unos minutos con la música árabe a toda ostia bailando y haciendo el imbecil dentro del coche mientras supe que en el coche delantero sólo se escuchaba: "vete más despacio", "cuidado con el coche delantero".
No más de veinte minutos después nos encontrabamos parados en una recta de poca velocidad con nuestros dos vehículos estampados entre sí; resulta que en aquella recta, el turismo que iba por delante de nuestro primer coche había frenado en seco tras realizar una maniobra prohibida de giro, haciendo frenar también por completo al Toyota y lo mismo con el Mazda.
La pega fue que el impresionante Toyota, con su nuevo sistema de frenado ABS había conseguido parar sin ningún peligro tras unos quince metros, evitando el contacto frontal con el coche más proximo, pero sin embargo el Mazda sin ABS, ni AIR-BAG, ni pastillas de freno en condiciones, fue directo contra el coche de nuestro amigo aun habiendo mantenido una alta distancia de seguridad; a los ocupantes de este último coche nos dió tiempo a repetir más de tres veces "no frena, nos la pegamos" mientras veíamos al coche deslizarse por la gravilla del asfalto.
Tras comprobar que todos nos encontrabamos en perfectas condiciones físicas, y sin estar orgulloso por ello, otro amigo y yo comenzamos a reir a carcajadas pensando en los padres del conductor novato (por lo visto se llama "risa post-traumática), cuando aún se encontraban los dos coches tan unidos entre ellos que no se sabía dónde empezaba uno y acababa el otro (sólo imaginaos la cara que pondríais si os ocurre esto en vuestra primera semana con carnet y coche jaja).
Todos observabamos espectantes el momento de fragmentación de aquel amasijo de hierro como si de la operación de separación entre dos hermanas siameses se tratase.
Cuando se produjo el movimiento del coche delantero todos nos quedamos boquiabiertos: la parte delantera del Mazda más que a un capó se parecía a un acordeón y sin embargo la parte trasera del Toyota estaba...¡impecable!, tan sólo tenía un pequeño rasguño imposible de percibir a más de un metro de distancia.
Como también dice Murphy, si algo puede salir mal, saldrá mal, pero en este caso me alegro de que así fuera, ya que de aquel accidente sacamos la conclusión de que podíamos confirmar que el Toyota Corolla era el coche más seguro del mundo, y más importante aún: si llegamos a tener un accidente serio con el Mazda seguramente esta historia no os habría llegado escrita mediante un blog, sino por medio de periódicos o necrológicas, ya que yo, como todos los ocupantes del vehículo, habríamos perecido inútilmente en el choque y de una anécdota graciosa pasaríamos a una catástrofe.

sábado, 4 de abril de 2009

American Niggers...

En mi primer viaje al continente de norte américa me cercioré de numerosos aspectos de la vida sobre el mundo en general y sobre mí mismo en particular.
La primera lección que me dió la vida es que si viajas por primera vez a un país donde sólo te pueden hablar en un idioma "estudiado durante años" sin ningún tipo de ayuda externa estas muy jodido.
En mi caso viajábamos un grupo de entre veinte y treinta chavales, todos sobre unos catorce o quince años de edad, con el fin de convivir un mes entero con una familia de acogida la cual no tenía ni el mínimo ápice de conocimiento del lenguaje castellano.
Cuando llegas definitivamente al lugar de recogida tras largas horas de aviones y autobuses (Málaga-Madrid, Madrid-Philadelphia, Philadelphia-Sacramento), con la mejor cara posible teniéndola desencajada por el viaje, tienes que decidir qué hacer al conocer a la familia: estrechar la mano (demasiado frío), abrazar (demasiado pegajoso) o dar dos besos (de esto no tenían ni puta idea), y tras pensarlo varias veces te decides a esperar su reacción, con lo que el saludo se queda en una escena de cuatro personas de pie que se conocen de forma ridícula sin ningún contacto físico, tan sólo un leve levantamiento de la cabeza amablemente y varios segundos la mar de incómodos.
De lo primero que te das cuenta al comenzar el trato con la familia es de que no tienes ni la más mínima idea de qué cojones te estarán intentando decir, con lo que sólo tienes en mente a toda la familia de tu profesor de inglés reunida; para más inri, yo tuve la gran suerte de que me tocó una "madre" gangosa, es decir, si ya es dificil hablar con un gangoso en castellano, imagináoslo en inglés y por primera vez (¡ña ña ñaña ña!), algo imposible .
Al llegar a casa haces uso de algunas de tus frases preparadas para quitarte de enmedio: "i'm so tired, i'm going to sleep", y así poder asimilar la nueva estancia.
Cuando pasan los días te das cuenta de que le vas cogiendo el truquillo a eso de la comunicación; igual al principio es más mímica que inglés, pero satisface por igual el poder entenderse.
Podría contar un montón de anécdotas del viaje a Sacramento, así que simplemente relataré la primera que se me ha venido en mente. En este viaje la cosa funcionaba así: por las mañanas acudíamos a "clases" con los demás compañeros españoles (entre comillas debido a que allí sólo hacíamos el paripé), después de almorzar siempre tenían organizado un pequeño viaje o actividad y de tarde-noche volvíamos a casa para estar con la familia.
Esta historia tiene lugar a la vuelta de uno de esos viajes para realizar actividades (creo recordar que se trataba de jugar al minigolf, pero a quién le importa ¿no? jaja), en la que tres chicos españoles y yo nos encontrabamos en un coche conducido por un americano (bastante palurdo el pobre joven).
Como era habitual poníamos la música que se nos antojaba, y siempre le decíamos al conductor que la subiera más y más hasta reirnos de ver cómo sufrían de lo alta que estaba; en esa misma tarde, con la música a toda ostia y parados en un semáforo nos quedamos perplejos cuando escuchamos un ruido más molesto aún que el nuetro propio que se acerca por nuestro costado hasta quedarse pegado a menos de un metro: era el típico coche de negratas superfumados que llevaban puesto hiphop americano distorsionado por el alto volumen, quienes se nos quedan mirando en plan desafiante.
En el asiento del copiloto se encontraba el más chulito de nosotros, un chaval que hacía boxeo, el cual apretó el botón de bajar la ventanilla del coche a la vez que nos preguntaba irónicamente: ¿qué pasará si bajo la ventanilla?; la primera reacción de los negratas fue la de preguntarle abiertamente "have you got a problem?" (¿tienes algún problema?), y acojonado aunque sonriendo volvió a accionar el mecanismo de la ventana pero esta vez para subirla.
El conductor pardillo que sabía mejor que nadie dónde nos estabamos metiendo pisó el acelerador a fondo nada más cambiar al verde el semáforo para dejar al "niggercar" detrás y llegar lo antes posible a la iglesia donde dábamos clase (en efecto, dabamos clase en una iglesia, que triste); la pena fue que el carrazo de los morenos tenía infinitamente más potencia que el nuestro, así que fueron detrás nuestra el resto del camino hasta llegar al aparcamiento, donde bloquearon la salida de nuestro coche con el suyo nada más estacionar, a la vez que salían un monton de gente desde dentro de aquel vehículo maldito con demasiados kilos de músculos y poca cara de amigos.
Fue el momento en que todos nosotros nos convertimos al catolicismo de forma directa rogándole a Dios por una salida sin llegar a verter nuestra sangre en el suelo de aquella capilla; acojonados, desde el interior del coche, vimos como nuestras plegarias salvaron la vida del conductor pardillo que intentaba persuadir a la pandilla de salvajes, consiguiendo que estos siguieran su propio camino después de estar amenazándonos unos angustiosos instantes.
A la semana siguiente nos enteramos que se trataba de una banda armada de afroamericanos relacionada con casos de extorsión, robos e incluso casos de homicídios sin resolver, que junto con el francotirador loco que andaba suelto por aquella época en Sacramento, hicieron de nuestro viaje un entretenido y agradable paseo por la ciudad, sabiendo que desde aquel día todos los ocupantes de nuestro vehículos habíamos vuelto a nacer.

viernes, 20 de marzo de 2009

El desmayo...

Hace cosa de un par de años mi vida iba sobre ruedas: empezaba el veranito, mis estudios estaban dando su fruto, tenía una lista repleta de amigos, acababa de empezar una relación con una chica y hasta llegué a comprarme un perro con ella en un arrebato de locura, quien ahora se dedica básicamente a traerme todo tipo de objetos que se encuentra en su camino (el perro, no ella jaja), es el conocido como "coco" o en sus orígenes "trescincuenta" por lo que ya os podeis imaginar.
Después de mantener mil y una conversaciones con esta chica nos dimos cuenta de algo absurdo: yo, un tipo corriente con apenas veintidós años, no me había hecho un análisis de sangre en toda mi vida como homo sapien, debido a mi gran temor por las jeringuillas, agujas o tambien conocidas como herramientas de la muerte.
Tras varios días dándole vueltas al tema, mi chica me llega a convencer de que saber cómo estas en tu interior es una cosa vital (me engañaron como a un bobo jajaj), así que deposité mi confianza en ella y le prometí acudir al hospital al día siguiente para realizarme las pruebas.
No se si os habreis hecho un análisis de sangre alguna vez, pero yo os quiero relatar mi punto de vista en cuanto al tema: primero tienes que madrugar sabiendo que un universitario siempre se acuesta a las tantas de la madrugada porque hay un horario definido donde sólo se hacen los análisis por la mañana; después, para más inri, tienes que ir en ayunas para no alterar el resultado de los análisis; más tarde llegas a una sala de espera sabiendo que al otro lado de la puerta en cualquier momento algún novicio en medicina saldrá a anunciarte que tiene permiso para atravesarte la vena con una aguja gorda para permitir un mayor fluido de la sangre y una vez allí, como si de un adicto a la heroína se tratara, te atan una goma al brazo y te dan golpecitos en la vena para hacer que resalte sobre la piel.
Yo soy tan tan listo, que el primer día que intenté cumplir mi promesa me desperté, recogí las tarjetas del seguro médico, me monté en el coche y una vez alli seguí la rutina de comerme una gominola de la bolsa eterna que ya se estaban poniendo rancias. Cuando mi novia presenció aquel instante se echó las manos a la cabeza y me dijo: eres increible, te vas a hacer unos análisis y te comes una gominola. Al darme cuenta me eché a reir y volvimos de nuevo a casa a continuar con las horas de sueño.
Nuevamente, al día siguiente hicimos otro nuevo intento, pero esta vez sin gominolas de por medio, y llegamos al hospital tan temprano que los viejitos de la zona aun seguían durmiendo. Nada más llegar me preguntan por mis razones en el hospital y sin ningún problema le explique que quería hacerme un análisis de sangre; lo primero que me replicaron fue: -¿tienes la receta del médico? -no señora, vengo por voluntad propia, -¿pero te encuentras mal? -no otra vez, pero resulta que nunca me he hecho uno de estos y quiero saber si todo va bien, -¿de verdad que quieres hacerte un análisis por voluntad propia? -así es, contesté mientras veía como aquella enfermera me miraba como si de un retrasado mental se tratase y yo miraba a mi novia pensando "¡te mato!".
Tras esta conversación sin importancia para el lector del blog, me dieron la buena noticia de que no había nadie esperando para pincharse, osea que ni si quiera tenía tiempo de mentalizarme (¡yuhuuuu!); sin más entré y como una niña de cinco años le dije a la enfermera: -señorita, le tengo pánico a las agujas, quien muy amablemente me apartó la cara y sin que me diera cuenta me contestó: -ya hemos terminado corazón. ¿Y ya está?, ¿tanto pánico para esto?, buah, si hace falta mañana mismo me hago otro.
Salí con la cabeza bien alta de aquel lugar orgullosísimo de mi mismo y en la entrada principal ví el letrero de "Urgencias". Como amí siempre me pasa algo, le propuse a mi novia ir a echarme un vistazo a unos gánglios cerca del estómago que dolían a rabiar, y ella gustosamente aceptó a acompañarme (porque no podía irse sin mí ya que yo era quien tenía el coche jaja). Una vez allí nos sentamos en la gran sala de espera repleta de gente enferma mientras yo seguía con mi algonocito en el brazo enseñándolo ogrulloso como señal de victoria.
Los minutos pasaban, el aburrimiento se apoderaba de mi y un mareo repentino pasó por mi cabeza sintiendo un calor insoportable; miré a la puerta de entrada y ví de forma muy borrosa el caminar de la gente que salía, y sin ningun temor le dije a mi chica: -me estoy mareando un poquito.
Lo siguiente que recuerdo fue estar en el suelo boca arriba con un enfermero levantandome las piernas y otros dándome ostias en la cara; al reaccionar me montaron en una silla de ruedas y me metieron en una habitación repleta de gérmenes a descansar un rato. Ya sé lo que estareis pensando: ¿cómo un tio grande, fuerte y musculoso como yo puede desmayarse con un pinchacito?, pues sí amigos míos, hasta los que vuelan más alto tienen que bajar alguna vez a tocar tierra.
En aquella confusión me había quedado incomunicado con mi niña y al no tener el móvil encima no pude preguntarle qué pasó exactamente. Cuando salí y la ví con cara asustadiza le di un abrazo fortísimo y de regreso a casa me contó que justo antes de desmayarme me ofreció un chicle, yo le dije que sí, y al intentar metermelo en la boca pensó que yo hacía el tonto porque la tenía cerrada,empecé a escurrirme por mi asiento hacia el suelo mientras ella intentaba sujetarme aparatosamente hasta llegar a darme un cogotazo con la cerámica. Se que ella lo pasó muy mal, así que desde aquí le mando un besazo y le doy las gracias como siempre lo haré por saber estar ahí para cuidarme.

domingo, 15 de marzo de 2009

Preguntas ¿sin respuestas?

Con frecuencia se me plantean dudas que aunque no existenciales me rondan la cabeza hasta hacerla estallar. Hoy ponemos sobre la mesa alguna de esas cuestiones y sugerimos algunas respuestas…

¿A qué sabe el cristal? ¿Por qué alguna gente huele a cebolla cuando suda? ¿Por qué a los zurdos les reservan la tercera fila en las clases de mi facultad mientras yo (que no veo un pijo, aún estudiando en Sevilla) me tengo que ir a la última fila? ¿Es que ser zurdo supone estar cegato? ¿Por qué nadie ayudó a Woody Allen a poner un título a “Vicky, Cristina, Barcelona”? ¿Tiene amigos Woody Allen? Y los padres, ¿de dónde vienen? ¿También la cigüeña? Si el Renault Scenic es un monovolumen, ¿el Clio es un mediovolumen? ¿y el Smart qué es? ¿Por qué teniendo tan tremendo patrimonio lingüístico, nuestras dos palabras más internacionales (fiesta y siesta) sólo varían en una letra? ¿Por qué cuando pensamos no nos suda la cabeza?

Preguntas absurdas requieren respuestas penosas...

El cristal, al no tener sabor, podemos afirmar contundentemente que sabe a agua, al igual que el plástico amarillo, los libros-guías sobre países y los dvds… También es aplicable a la famosa pregunta “¿a qué huelen las cosas que no huelen?” evidentemente, a agua. Sobre las preguntas siguientes, mejor dejo caer otras preguntas: ¿Cómo estamos tan seguros de que son las personas las que huelen a cebolla y no al revés? ¿Por qué no regalan gafas a los zurdos y que se sienten donde puedan? ¿Es que a Penélope se le ha olvidado su español? Si no es así, ¿va a ser verdad que Woody se ha quedado sin amigos?

Lo de los padres es inquietante… de cualquier modo, ¿para qué querríamos un monovolumen sin padres? ¿Usaríamos entonces ya por fin la palabra mediovolumen?

En cuanto a nuestra riqueza lingüística es fácil, los españoles somos así de vagos. Cuando tenemos que estar de pie queremos sentarnos, cuando tenemos que estar sentados queremos estar tumbados… ¡Si por ahorrarnos sudores innecesarios bajo el sol de verano nos ahorramos hasta el pensar!

Bueno, siempre nos quedará evitar quebraderos, aislarnos, comernos una papa caliente para salir del atolladero, darnos cuenta de lo mal que sienta semejante pedrada caliente en el estómago y esperar al siguiente fin de semana para pedirnos otra aun más caliente y más cargada de mayonesa...

lunes, 9 de marzo de 2009

Carta de presentación

¡Hola a tod@ los seguidores/as que siguen este exitoso blog!
Mi muy más mejor amigo ya ha hecho una breve reseña a modo de introducción sobre mi, lo cual agradezco, aunque me encuentro en mi derecho y deber de ¡Defenderme ante semejante ofensa! (recojo tu guante señor P)
Aunque es cierto (creedme, era bastante cierto) que tenía el labio como Buba gump, también es cierto que, además del labio, conseguí desarrollar otras cosas. Si, básicamente lo que es mi integridad como persona.
Tras largas horas de meditación a medio metro del espejo (para que ambos, yo y mi labio, cupiésemos), decidí que no volvería a beber más entre borracheras. Lo que viene a ser una especie de no comer entre comidas o no hacer un precalentamiento (cuando comes entre comidas ya estás llevando a cabo una "comida" y cuando estás haciendo un precalentamiento ya estás "calentando", ¡no existen semejantes fenómenos!). En conclusión, sólo habré bebido cuando me veais de resaca, lo cual es lógico; pero nunca habré bebido cuando no esté de resaca, lo cual dice algo muy positivo sobre mi, o bebo en condiciones... ¡o la puta al rio!
ainss... que maravillosos días han sido aquellos en los que básicamente toda preocupación era con quién hacías botellón, algunos de nuestros amigos eran siempre evitados, vease BIG L. Es más, achaco mi ansia por beber rápido a este personaje (GRAN personaje). Era como criarse con un herman@ obes@, o comías rápido.. ¡o la puta al río!
Aunque estos párrafos no me dejan en muy buen lugar, he de aclarar, que fueron años de convivencia con el creador de este blog... pringamos todos... ¡o la puta al rio!

El labio...

Para celebrar la incoporación de un colaborador al blog me gustaría que supierais qué tipo de persona es la que va a escribir historias, chistes o idioteces a partir de ahora.
Esta persona de sexo varón es la típica que durante el día ayuda a viejecitas a cruzar la calle y le suelta un par de monedas a los menos agraciados siempre que le es posible, o simplemente amenaza con llamar a la policía porque los perros sueltos de algunas señoras le persiguen ladrando mientras se va a correr.
Pero todo el mundo tiene un lado oculto, la verdad es que nunca sabes cómo reacciona la gente a la hora de ingerir bebidas alcohólicas, siendo ésta el tipo de persona que cambia radicalmente.
Para que os hagais una idea del tipo de lado oculto de mi colaborador os diré que una noche cualquiera saliendo de fiesta bebimos más de la cuenta (cosa que suele pasar amenudo) y los menos perjudicados tenemos que cuidar de los que más; tanto es así que en la cola de entrada de un pub de Málaga seguíamos la rutina de siempre: empujarnos como sardinas enlatadas intentando poner la mejor cara posible para que los porteros no se percaten de nuestro estado (algo imposible) y más cuando uno de nosotros se pone a pegarle mordiscos en la capucha al desconocido que estaba justo delante (¡ese es mi colaborador!jaja).
Tras un forcejeo por el cabreo más que lógico de aquel desconocido conseguimos entrar dentro del pub, pero lo que no sabíamos es que dentro acabaría apareciendo un personaje de metro y medio que decía provenir de la Cruz Verde (un barrio muy majo de Málaga como os podeis imaginar) y que sin venir a cuento le soltaría una caricia de puño cerrado en el gran labio de mi amigo que sangraría a borbotones antes de salir por patas.
Mi amigo no paraba de repetir: "¿pero qué es lo que ha pasado?" sin enterarse por la tremenda cogorza a lo largo de todo el camino a casa. Al día siguiente le conte todo lo que había pasado y después de reirse con el labio partido me dijo: quiero colaborar en tu blog para contar este tipo de historias y cagarme a gusto en los muertos de aquel enano jajaj.

viernes, 20 de febrero de 2009

El vómito...

En la cabeza de todo estudiante universitario que empieza a estudiar una carrera siempre está la misma cosa presente: la fiesta.
Resulta que despues de llevar toda tu vida encerrado en casa con los padres "estudiando" para aprobar en el colegio tiene una consecuencia lógica: el conocido "desfase universitario". Ya no tienes horarios, no existe la presión directa de los padres, a duras penas hay presión de estudios en los primeros años y la única cita a la que no falta nadie es a la fiesta.
Pues esta historia tiene lugar en la última salida de mi primer año con los compañeros de la residencia; la cosa empezó como siempre: primero unas cervezas con unas bravas en las brasas (un antro al que a todos nos han llevao engañados alguna vez y del que surgen leyendas como que se usa el cuchillo del jamón pa limpiar el filo del suelo de las puertas... menuda imaginación jajaj), después con el alcohol empezando a hacer efecto en nuestro organismo nos dirigimos a los bares donde el hecho de salir cada fin de semana ha dado lugar a camareros conocidos y consiguientes copas baratas, y por último terminar de dejarte el hígado en el "Casa Blanca" que es como se llamaba por aquella época, más conocido ahora como "el Doblon", siendo ahí de donde se sale perjudicado de forma bestial dada la gran calidad del alcohol servido en el local (puaaaj), y de ahi para la residencia a dormir (si es que no has conseguido a ninguna pájara a lo largo de toda la noche); pero en este caso ninguno de nosotros teniamos ganas de irnos a la cama, ya que al día siguiente tendríamos que despedirnos para volver a nuestras respectivas casas, con nuestros respectivos padres y nuestras respectivas costumbres aburridas.
Nos reunimos todos en los sofás comunitarios de la residencia para seguir la fiesta aunque la gente empezó a abandonar o en el mejor de los casos a quedarse dormida; fue entonces cuando se nos ocurrió la genial idea de mover el sofá con nuestro amigo medio en coma por los efectos del sueño y el alcohol, dejándolo puerta por puerta de cada habitación, llamando y esperando desde lejos ver la cara de la persona que abre la puerta y se encuentra con aquello (ajjaja).
Cuando lo repetimos varias veces, de las incontenibles risas nuestro amigo se acabó despertando, así que para seguir la fiesta sólo se nos ocurrió una última cosa: joder a aquellos que se fueron a dormir llamando a la puerta de forma agresiva y nada mas escuchar la apertura del cerrojo entrar todos del tirón gritando a la habitación. Así que fuimos a la puerta del que primero se fue a dormir de todos, que para mantener su identidad diré que se trata del "puto pank", donde entre 10 y 15 personas estaban preparadas para la gran intromisión de su actual morada; yo que estaba colocado de los primeros junto con otro compañero llamé a la habitación a puñetazos y patadas sin obtener en un principio respuesta, y nada más escuchar que la puerta se abria entramos todos gritando percatándonos de una gran sorpresa que nos acechaba: el suelo estaba cubierto de vómito y olía un pestazo inmundo y para colmo uno de nosotros tropezó con una zapatilla que giró innumerables veces encima de aquella papilla salpicando a todo aquel que estaba cerca con lo que se formó un angosto tapón entre los que tratábamos de salir y los que aun quedaban por entrar, un desastre.
Al día siguiente supimos que nuestro amigo se excusó ante sus padres con una "ingestión de comida en mal estado" jajajajajajajaj.

lunes, 2 de febrero de 2009

La primera trampa...

A lo largo de la vida de todo ser humano mediocre van surgiendo una serie de obstáculos que tenemos que superar para fortalecer nuestro sistema de defensa ante la sociedad, algunos se esfuerzan para obtener el máximo rendimiento y otros (la gran mayoría) intentan optar por la vía fácil: el engaño.
Esta es la historia de cómo una persona inteligente y muy capaz se deja influenciar por otra muy vaga y que creía que no había que esforzarse estudiando más de lo necesario para aprobar, el tipico niño imbecil que se creía más listo que los demás (es decir, yo).
Para que comprendais la historia de estos dos personajes, teneis que saber que desde un principio ambos estuvieron en la misma clase, consiguiendo grandes resultados, pero que con el paso del tiempo uno empezo a tener que esforzarse estudiando para seguir la línea de grandes notas y el otro optó por aprender el arte de copiar. Este segundo pequeñuelo consideró que no estaba lo suficientemente preparado para un examen de tecnología, y al ser este tan sencillo, pensó que un suspenso en aquella asignatura sería objeto de mofa general. Para su primera vez escribió en un papel de unos 10x10cm de tamaño las respuestas del examen con un tamaño de letra casi ilegible de lo diminuto que era, rematando el "papel de ayuda al examen" con cinta adhesiva (sin saber muy bien por qué, pensando que es lo que hacían los expertos en el campo). A la hora del la prueba, este chico se metió en el bolsillo aquel trozo de papel, y durante una larga hora de nervios, sudores y desesperación consiguió echar mano de él sin despertar sospecha alguna, lo que le fatídicamente le llevaría por el camino del arte de copiar.
Pasados unos años, el primer chico que aun estudiaba hasta reventar para cada examen veía como el otro obtenía los mismos resultados sin tener que esforzarse tanto, pero pensando que él mismo no sería capaz de copiar.
Llegado otro examen de evidente dificultad superior, el joven y legal alumno se vió acorralado entre los minutos previos a la hora de la prueba y el gran temario (lo que sin duda nos ha pasado a todos en algún momento). Después de meditarlo durante un rato, éste decide pedir consejo al chico al que había visto copiar más de una vez, para saber cómo tenia que escribir y dónde; trás varias advertencias del segundo chico que le indicaban que nunca sabes cómo vas a reaccionar en el momento de copiar, le enseño una vieja técnica de copia: "la hoja entre la carpeta y la mesa"; consiste en escribir lo más al borde posible de una hoja que simplemente tenía que ir haciendo asomar con una mano mientras se hace que se escribe con la otra.
El chico nervio entró en la clase y se sentó junto al consejero en un costado de la clase; una vez repartido el examen los nervios se apoderaron del novicio que cada vez llamaba más la atención sin poder controlarlo; pasaron unos cuantos minutos en los que se podía observar cómo la desesperación de aquel chico le llevó a echar mano de la famosa "chuleta", siendo tan torpe sacándola que tiró la carpeta al suelo con la hoja anexa y el profesor, como el resto de alumnos, presenció la escena y exclamo: "Por favor, ¿me puedes decir qué es eso que tienes ahi?", a lo que inexplicablemente el alumno respondió suspirando "oh oh..."
El castigo para el alumno no fue que le suspendieran aquel examen con un cero y una llamada a sus padres, sino que durante el resto de años que le quedaban en el colegio los crueles niños se mofarían constantemente de él repitiendo el grito de "oh oh..." durante las clases.

sábado, 24 de enero de 2009

El brasileño...

En los largos años de mi vida sólo puedo decir que tenga dos grandes pasiones que destacan sobre las demás: ver películas y comer. De ahí que durante mi primer año en la universidad asistiera tres veces por semana al cine y que sea muy habitual que asista con mis amigos a restaurantes de buffet libre.
Mi perdición fue conocer el restaurante brasileño; recuerdo que me hablaron de él como un lugar en el que si ibas una vez ya no preferirías ir a ningún otro restaurante de "come todo lo que puedas" a no ser que fuese otro brasileño que estuviese mas rico.
En este restaurante es en el único sitio en el que he puesto a prueba la capacidad de expansión de mi espacio estomacal; la mayoría de mis amigos veían lo de comer hasta reventarte como una tonteria, ¿para qué ese malestar innecesario tras un manjar? pensareis, pero mi cuerpo cuando empieza a comer es una máquina de no parar hasta tocar fondo. De mi grupo de catadores carnívoros, sólo había uno tan imbécil como yo como para retarme a ser la persona que más comiera de la mesa, con el pequeño matiz de que esta persona superaba los cien kilogramos de peso y yo a penas pasaba los sesentaycinco...
En mi vida sólo he vomitado dos veces por comer hasta reventar, y como estareis pensando, las dos fueron por haber comido con mi amigo en el maldito brasileño, aunque eso sí, siempre salía victorioso de aquel restaurante.
Centrandome en la pequeña anécdota, un día estabamos sentados cuatro amigos en el brasileño, como tantas veces hemos hecho, pero con la salvedad de que esta vez era yo quien tenía que pagar aquella cena en compensación de un favor que ahora no viene al caso, cosa que me iba a costar mínimo quince euros por cabeza.
Mientras engullíamos la comida, alguien comentó que había oido que si en un restaurante al terminar la cena pedías la hoja de reclamaciones normalmente no te cobraban la comida, pero nadie llegó a pensar que aquello tuviese alguna lógica.
Resulta que aquel día en el restaurante del monton enorme de gente que lo ocupaba, la carne que llegaba a nuestra mesa era escasa y en ocasiones estaba fría, así que comenzamos a tontear con la idea de pedir la hoja de reclamaciones. Entre risas decidimos que si en la próxima ronda no cambiaba el servicio nos quejaríamos al encargado, y así fue: llamamos la atención de la camarera más próxima a nuestra mesa para exigirle aquella hoja, y con los ojos húmedos y la piel blanco leche la chica nos pidió que la perdonásemos, que era su primer día de trabajo y que nos traería lo que nos hiciera falta; después de explicarle que el problema no tenía nada que ver con su eficiencia llamó al encargado, quien nos rogó que no la escribiesemos, prometiendo un excelente servicio en nuestra siguiente comida, así que acabamos retractándonos de la idea de escribir el papel.
Pedimos la cuenta al mismo encargado y dándonos las gracias nos entrego aquel papel donde ponía: "Cuatro cubiertos - 15€". Después de todo acabaron invitandonos a cenar a tres de nosotros, con lo que la invitación a mis tres amigos me salió lo más barata posible.
Moraleja: si quieres comida gratis sólo tienes que escupir en el plato y decir que la salsa especial del menú está en malas condiciones para tener una queja sólida.

lunes, 12 de enero de 2009

La pista de hielo...

En uno de los viajes que he hecho en mi vida alrededor del mundo, me fui con un grupo de personas a la costa oeste de Norte América, a Sacramento, durante un mes para aprender inglés conviviendo con una familia y dando clases por las mañanas.
En ese perriodo también realizabamos excursiones por los alrededores tales como viajes a San Francisco a visitar Alcatraz, ir a un parque de atracciones o subir al pico de una montaña a bañarte en una piscina de agua caliente.
Esto me ocurrió en este último lugar, era un sitio curioso ya que a la vez que podías bañarte en un jacuzzi o en una piscina y a menos de 20 metros patinar sobre una pista de hielo.
Para entender bien la anécdota he de decir que yo había estado patinando e incluso jugando al hockey en la federación malagueña, con lo que tenía los aires de buen patinador muy subidos (aunque en realidad en hielo no había patinado más de dos veces).
Resulta que despues de pegarnos el chapuzón en la piscina, los veinte o treinta compañeros de viaje nos dirigimos hacia la pista de hielo a colocarnos los patines y demás prendas para el frío; una vez en la pista me dí cuenta de que nadie, excepto dos o tres chavales mas pequeños que andaban por allí, tenía idea alguna de dar mas de dos pasos seguidos sin llegar a caerse, y yo, con los aires por las nubes y vacilando a todos mis amigos, empece a hacer el idiota por la pista.
De mi grupo únicamente había un chico asturiano que parecía saber defenderse en el hielo, y yo mas chulo que un ocho le reté a hacer las tipicas chorradas para ver quién se la pegaba primero.
Tras varios saltos y consiguientes caidas sin importancia, habíamos creado la espectación de todos los españoles, los cuales estaban atentos a cada parida que se nos ocurría. Mi amigo asturiano fue el siguiente en realizar un movimiento: se fue corriendo por toda la pista para coger velocidad mientras nosotros nos quedabamos esperando, y al llegar justo donde estabamos frenó en seco aunque de la forma clásica, con los pies cruzados. Al ver esa chorrada le dije a mi amigo que yo podía hacer lo mismo pero que llegando al final clavaría la franada con los dos pies en paralelo incando las cuchillas en el hielo (cosa que en hockey nos habían enseñado a hacer, pero que nunca había intentado en ese terreno), con lo que me dispuse a coger carrerilla y salí lanzado a bordear la pista.
Mientras iba cogiendo cada vez más velocidad, veía como las miradas de los presentes se fijaban en mí, y apreciando sus caras podía imaginar lo que estarían pensando todos por dentro: ¡vaya ostia se va a pegar este imbecil!; cuando quedaban unos veinte metros para llegar al punto donde se encontraban todos, recé todo lo que pude y más, y con un giro de cadera puse las cuchillas en paralelo y las inqué en el hielo de golpe...
Lo único que recuerdo a continuación fue recuperar el conocimiento estando tirado en el frío suelo mientras un barullo de gente me rodeaba y el monitor de vigilancia que en principio se encontraba en la otra punta de la pista estaba ahora arrodillado a mi lado moviendome la cabeza y preguntandome: "Are you okay?".
Por lo que me contaron luego mis amigos, tras incar las cuchillas en el hielo me fuí de bruces al suelo, y al pegar con la cabeza en el suelo me había quedado inconsciente (¡jajajja, vaya ostia!)

sábado, 3 de enero de 2009

El incidente en la obra...

Esta historia la escuché del marido de mi prima. Parece ser que en la empresa en la que él trabaja hay un personaje muy descuidado que no debe ser de los que mejor huela en el mundo por lo que me cuenta, y que además tiene la costumbre de llevar la garganta atascada, con lo que siempre anda carraspeando para intentar aliviarse, pero sin llegar a desacerse del tapón.
Resulta que otro compañero de trabajo muy simpático y bajito (un poca cosa), tenía que quedar con el molesto personaje para resolver unos problemas de una obra en la que estaban interviniendo; aquel día estaba nublado, el típico día fastidioso malagueño, y hacía mucho viento removiendo el polvoriento suelo del solar.
Estaban nuestros dos protagonistas en pie debatiendo sobre algún asunto, cuando el tipo alto y desagradable empieza a carraspear de nuevo; sin darle mas importancia el personaje bajito siguió comentando la obra dando alguna de sus opiniones para resolver el problema mientras el otro seguía y seguía revolviendo en su garganta cada vez con más entusiasmo; tanto fue el entusiasmo que le puso en aliviarse, que en uno de los esfuerzos se le escapó un escupitajo cargadito de flemas con tanta mala suerte, que con la racha de viento y a la vez estar el tipo bajito hablando, éste fue a parar directamente a la boca del segundo, el cual se lo tragó antes de darse cuenta del incidente.
Tras este desafortunado hecho, los dos protagonistas siguieron con la conversación como si nada hubiera ocurrido; el desafortunado tragador llamó horas más tarde a quien me contó esta historia entre palabras de angustia, definiendo el sabor del esputo como: "una bolita de alcanfor". (JajAJjjAJjaJAjaja!)

viernes, 2 de enero de 2009

El esquimal malagueño...

La historia que os voy a contar a continucación es una de las miles de anécdotas que han tenido ocasión en nuestro grupo de amigos en Málaga.
Cuando eramos algo más enanos, hace siete u ocho años, empezamos a hacer escapadas a Sierra Nevada para practicar snowboarding.
Al ser aun unos pequeñajos, y debido a que al mejor vehículo que aspirábamos entre todo el grupo era a una zip refrigerada por agua (más bien conocida como "zí refriherao por agua" entre los kinkis) teníamos que asistir a estas excursiones mediante la organización de una empresa de viajes llamada "Querkus".
Lo bueno y malo que tenía ir a la sierra de esta forma era que no teníamos que preocuparnos por nada, ya que ellos nos llevaban, nos prestaban el equipo, atendían cualquier problema y nos traían de vuelta, sin embargo la zona donde debíamos esperar para salir y para nuestra recogida a la vuelta era demasiado... conflictiva por decirlo así, y al salir el autobus a las siete o siete y media, teníamos que despertarnos antes de las seis para prepararnos y acudir al punto acordado.
Lo más molesto de ir a la sierra siempre es el equipo tan pesado con el que tienes que cargar en todo momento: botas de nieve, pantalones impermeables, camiseta térmica, sudadera de abrigo, chaquetón protector, guantes de nieve, bufanda o braga para el cuello, gafas de snowboard, gorro de lana y por último la mochila con bebida, comida y ropa seca, en fin, que tras caminar con todo el equipo dos pasos ya estabas sudando.
La cuestión es que durante la semana, en clase o por las tardes, fuimos organizando una de estas escapadas a las que se apuntaba bastante gente, no sólo uno o dos. Aquel día debíamos ser más de la cuenta, y no se cual fue el motivo por el que lo hicimos, pero al llegar el día previo a la excursión, cancelamos la salida para posponerla al siguiente fin de semana.
La cosa es que en mi grupo, como imagino que pasará en la mayoría, se trazan o cancelan los planes de la misma forma: el que lo decide llama a uno, este al siguiente y así hasta que todos están al tanto de la noticia (o por lo menos eso creíamos aquella vez). Resulta que por algún motivo todos creiamos haber llamado a quien nos tocaba, dejando a uno de nosotros al margen de la cancelación.
Para quien no lo sepa, en Málaga es muy normal que no haga apenas frío hasta muy entrado el invierno, cosa que no se daba en nuestra historia (es decir, hacía un calor de cojones). A las seis y media de la mañana del supuesto día de salida suena el timbre en la casa de uno de los que cancelaron el viaje; su madre, asustada por la hora, se acercó al telefonillo y preguntó de qué se trataba: el chaval al que no le habían avisado había ido andando algo más de un kilometro con el equipo puesto a pleno sol hasta llegar a donde siempre quedabamos para salir hacia el autobús, había despertado a toda la familia de mi otro amigo todo para escuchar un "¡pero tío que coño haces, si al final ninguno va a ir a la sierra!".
Y con las mismas con las que vino y con el cuerpo más sudado que un luchador de sumo, este pobre hombre tuvo que subir esta vez cuesta arriba la enorme cuesta kilométrica que le llevaba a su casa. (¡Que grande eres!)